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La neuquina que viajó a África para recuperar sus raíces y construir aulas

Ana Lucila Monteiro se propuso conocer la tierra de donde emigraron sus abuelos. A través de una organización, fue a comunidades rurales de Mozambique para construir aulas.

Por Ailín Trepiana - trepianaa@lmneuquen.com

“De chiquita no me gustaban mis raíces. Me sentía muy diferente al resto por mi color de piel”. Es lo primero que dice Ana Lucila Monteiro para empezar a contar el viaje de voluntariado que hizo a África, donde fue a construir aulas para dos comunidades rurales de Mozambique.

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Ella es arquitecta, tiene 28 años y se reconoce neuquina. Aunque ahora reside en Buenos Aires, vivió en Neuquén desde los dos años y este fue su lugar de crianza. El 5 de marzo, apenas quince días antes de que se decrete la cuarentena obligatoria por la pandemia del coronavirus, pisó suelo argentino luego de estar un mes y medio a unos 9.180 kilómetros.

El destino no fue azar sino un intento por recuperar al menos una partecita de la cultura africana que heredó de sus abuelos y bisabuelos paternos, y de la cual renegó durante parte de su infancia. “Nunca sufrí bullying, era una cuestión mía, por mis rasgos y porque sentía que tenía la piel más oscura que el resto, pero jamás sufrí un comentario racista”, aclara durante la entrevista con LMN.

Su abuelo paterno era oriundo de Cabo Verde y, aunque su abuela nació en La Plata, sus bisabuelos fueron inmigrantes africanos. “Uno de los pocos recuerdos que tengo con mi abuelo fue compartir fotos de África, ahí creo que me hizo el click de querer conocer y querer saber de dónde vine”, cuenta.

Su oportunidad llegaría 17 años después y tras conocer a la organización Somos el Mundo, que ofrece dos tipos de voluntariados: uno en comunidades rurales de Chaco y otro en África.

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Se postuló en el programa a mediados del año 2019 y, luego de pasar por entrevistas y ser admitida, con su equipo empezaron a hacer diversas actividades para recaudar fondos, que serían destinados para la construcción de las aulas en las comunidades, donde no cuentan con ningún tipo de servicio. Además, previo al viaje se capacitaron para el trabajo que iban a desarrollar y recibieron un taller para aprender changana, la lengua de esas comunidades. También aprendió portugués, lengua oficial de varios estados africanos.

El trabajo del grupo, conformado por 13 voluntarios más el coordinador de la organización, estuvo centrado en comunidades rurales, alejadas de las grandes urbes, y donde no hay electricidad, gas, red de agua ni cloacas.

Se bañaban con palanganas de agua mientras miraban las estrellas ya que los baños, casi al descubierto, apenas tenían paredes de hojas o caña. El agua se recolecta de un aljibe y se cocina al fuego, con un pozo en la tierra. Dormían sobre el piso de cemento, a veces tapadas con redes para evitar los mosquitos, en medio de un clima tropical en el que se hacían sentir las altas temperaturas.

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Pero hay veces que, en algunos aspectos, las fronteras pueden ser invisibles y no es necesario alejarse mucho para observar que acá mismo, quizás al lado nuestro, se sufren las mismas necesidades que en esos territorios a miles de kilómetros.

A pesar del gran cambio que vivió de un día para el otro, la joven neuquina también notó puntos en común con la realidad de muchos ciudadanos argentinos. “Hay muchas similitudes. El hecho de que tengan caminar kilómetros para llegar a la escuela, la infraestructura, la falta de agua”, enumeró Ana.

La construcción de las aulas

Según cuenta Ana, la posibilidad de acceder a la educación a partir de la construcción de las aulas es para las comunidades sinónimo de “ascenso social”. Si bien son varias las manos argentinas que acuden para su construcción, el principal faltante que tienen no es la mano de obra sino el capital económico para hacerlas.

“Para poder votar en Mozambique, hay que registrarse. Cuando el gobierno fue a buscar a la gente para que participen de las elecciones, la comunidad les dijo que no porque desde que se independizaron, ellos nunca vieron ninguna mejora en su comunidad”, relató la joven arquitecta.

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Así, con el dinero recaudado a partir de las actividades (venta de empanadas, budines, ropa y ferias), compraron los materiales necesarios que luego eran trasladados por ellos mismos al lugar, donde la jornada empezaba a las 5 de la mañana y terminaba doce horas después. “Las aulas las hacíamos con ladrillos de cemento y arena (blocos), también las armaduras con hierros, chapas, clavos, cemento, piedra”, contó.

No era requisito ser arquitecta para participar, pero su profesión le vino muy bien, no precisamente para trasladar sus conocimientos sino para aprender sobre esas formas de construcción distintas a las que le dio su carrera en la Universidad de Buenos Aires (UBA).

La primera semana estuvieron en Manjacaze, una pequeña ciudad al sur de Mozambique, donde compraron los materiales y los trasladaron. Luego, fueron cuatro días a la comunidad Timanhane donde sólo restaba construir el techo de dos aulas ya construidas por otros voluntarios, mientras que en Vumanjane pasaron dos semanas y construyeron dos aulas desde cero.

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Enseñanzas

“Es algo que nunca terminás de aprender, volvés a tu forma de vida y es como ‘Wow… ¿realmente necesito todo lo que tengo? ¿es realmente fundamental?’”, reflexiona Ana, quien porta la clara idea de que “siempre, tengamos la profesión que tengamos, podemos hacer algo para aportar a la sociedad”.

“Creo que lo que buscaba era eso, alimentar lo profesional y lo personal”, asegura, aunque le quedó pendiente conocer Cabo Verde, el lugar de nacimiento de su familia. “Yo no llegué a ir al lugar de donde venían mis abuelos, porque era muy caro. Tuve que elegir y opté por el voluntariado porque además de conocer lugares iba a poder conocer la cultura y vivirla, y eso era lo que más me interesaba”, dice ahora, orgullosa por su origen.

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