La paz en el Día de la Madre
Todos los Días de la Madre son atípicos, alegres, ligeramente melancólicos. Son los días de los abrazos, de la buena onda, los del encuentro en familia con madres que están, con las jóvenes y con las viejas, con las que permanecen en el recuerdo para siempre.
Se notan los Día de la Madre los domingos, desde temprano. Hay otro clima en las calles, hay otros gestos en los comercios, hay amabilidad en los que despachan regalos y flores, hay sonrisas y saludos constantes, sinceros, contagiosos. Hay una tregua en las redes sociales a la hora de mostrarse o quejarse. Hay una regla de juego tácita que todos aceptan sin discusión porque no es cualquier día, sino el Día de la Madre.
Es cierto que es un cliché decir que todos los días deberían ser como los que se les dedican a las mamás para recordarlas, cargarlas de mimos y abrazos, festejarlas y agradecerles, pero en realidad esos días deberían mantenerse a lo largo de todo el calendario no solo para disfrutar a las madres, sino también para adoptar definitivamente esas reglas de convivencia que se viven en los domingos como los de hoy donde, por un momento, quedan afuera las angustias, las peleas, las grietas y tantas otras miserias personales.
Deberían ser todos los días tan festivos como los de la Navidad o el Año Nuevo, más allá de lo que pasa.
En tiempos de incertidumbre y zozobra, de crisis económica y enfrentamientos políticos como los que se viven en la Argentina, el Día de la Madre es más que eso. Es un bálsamo o un refugio, un oasis, una puerta abierta a otra dimensión, aunque dure apenas 24 horas. Aunque cuando se cierre, vuelva la vida de todos los días.
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