La planchadora que superó las barreras de la discriminación

Rosa Rodríguez. No pudo ir a la escuela porque tenía labio leporino. Desde chica comenzó a trabajar con una plancha de hierro.

Fabián Cares

Especial

Nació y creció en la Sección Chacras de la Colonia Agrícola y Pastoril del Valle del Covunco.

Sus padres la sometieron a una cirugía de corrección de labio leporino, pero después no permitieron más operaciones porque tenían miedo.

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Cuando mis hermanos llegaban de la escuela yo agarraba sus cuadernos porque quería estudiar", dijo Rosa Rodríguez, planchadora

Muchas veces en el camino de la vida las debilidades se convierten en fortalezas. El dolor en carne propia también saca a relucir unas tremendas ganas de continuar hacia adelante. De la crueldad y la discriminación por alguna discapacidad también surgen espíritus de lucha inquebrantables que permiten modelar los sueños de superación y caminar con firmeza y seguridad hacia la realidad de una vida tranquila, en paz y sin culpas ajenas por pagar.

Este es el testimonio de Enriqueta Rosa Rodríguez, Rosa para todos y Tita para su familia, que ha atravesado sus 77 años de vida rompiendo las barreras de la discriminación.

A Rosa, una marca de nacimiento en la cara le condicionó su vida de pequeña. Fue la triste víctima por parte de aquellos que tenían la obligación de impartirle la educación. En plena edad escolar, sintió la crueldad en primera persona. Por sufrir de labio leporino (fisura de labio y paladar) le cerraron las puertas a la posibilidad de estudiar, así que más por instinto de superación que por otra cosa, comenzó a desarrollar otras alas para volar y poder enfrentar y ganarse la vida. A los 13 años comenzó a forjar el oficio que le permitiría sembrar y cosechar su futuro y el de su familia: fue planchadora a domicilio y las casas del barrio militar de Covunco Centro fueron los lugares en donde pudo desempeñar esta noble tarea por más de 50 años.

Su labio leporino fue una marca que la sufrió en carne propia y hoy, a la distancia, estremece pensar el dolor que habrá sentido en su alma y su corazón, y cómo pudo rearmarse para seguir adelante en su vida.

La herida y los prejuicios de un director de escuela de la época la privaron de un derecho tan valioso para un niño como lo es la educación. Una brutal discriminación que le cortó los sueños de escribir y leer su propio nombre o hacer esos garabatos que marcan la niñez con algo tan simple pero tan enorme en su significado como un “mamá me mima” en un cuaderno de hojas dobladas y escritas con un lápiz gastado.

Esa privación de educación, el conformismo, la aceptación y el respeto por las autoridades de antaño no dieron lugar a mayores reclamos de sus padres, y Rosa se quedó con las manos y el alma vacías de vivir la magia de los salones de clases, los juegos de los recreos, la vida en la escuela.

Ella se quedó sin todo eso a su corta edad y de pronto se vio en la calle vendiendo verduras producidas en la chacra de sus padres y también ofreciendo leche de vaca en botellas por las calles del barrio militar.

A los 13 años ya estaba trabajando de planchadora. “Fue muy triste saber que en la escuela del barrio (Escuela 36 de Covunco) no me quisieron recibir porque el director dijo que no iba a aprender y mucho menos leer bien y que los demás chicos se iban a reír de mí por el labio leporino”, relató Rosa.

Rosa atravesó así su niñez, hasta que a los 13 años encontró su primer trabajo en el barrio militar como empleada doméstica y en algunos casos hacía de niñera de los hijos de sus patrones. Pronto acuñó un oficio que hasta hoy la distingue y se la recuerda, el de ser planchadora de casa en casa en el barrio militar, usando para ello una plancha de hierro que le regaló su madre.

"La empecé a llevar a mi trabajo porque antes la luz venía de la Usina de Covunco y muchas veces se cortaba, así que yo a la plancha de hierro le ponía brasas que había en las estufas de la casa y lograba planchar la ropa”, recuerda.

Muchos patrones y los hijos de ellos que alguna vez recibieron el cuidado y el amor de Rosa permanentemente la recuerdan y la reconocen a través de las redes sociales. Le valoran el prodigioso dominio del arte de planchar la ropa. La pulcritud, dejar las marcas de las pinzas y eliminar hasta la última arruga de cualquier prenda y después el correcto doblado que le daba un toque imponente a las pilas de ropa.

La vida, el destino, la naturaleza, los designios de Dios fueron testigos de que su única hija engendrada en su vientre naciera sin vida y nuevamente le cortara los sueños. Después fue y es madre del corazón de Carolina y Roberto, quienes le han dado cinco nietos y seis bisnietos.

Rosa es un ejemplo de lucha y superación frente a la adversidad, pero a la vez es también un ejemplo en primera persona de cómo la discriminación puede llegar a postergar el desarrollo de una persona.

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