La portera que se ganó el corazón de Mariano Moreno

Un ACV isquémico le quiso torcer su voluntad laboriosa, pero con ayuda médica y mucha fe siguió adelante. Fue personal de maestranza en la histórica escuela y se destacó por su gran servicio social para contener a los niños.

Por Fabián cares - Especial

Esta es la historia de Elena, una mujer que pasó más de 30 años con el guardapolvo de portera y que nació un 12 de septiembre de 1947 en Villa San Demetrio, en la zona rural de Las Lajas. Sus padres, Ana Riffo y Arturo Fuentes, le inculcaron valores de trabajo como un arma de defensa para el futuro.

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Una capacitación de corte y confección que quedó inconclusa y algunos avatares vividos la obligaron en 1975 a buscar nuevos horizontes. Mariano Moreno le abrió las puertas ese año. Allí construyó con el tiempo una familia y llevó adelante una vida signada por el sacrificio permanente pero acompañada por una constante alegría reflejada en los “faroles celestes” de sus ojos.

La vida biológica le dio cuatro hijos y la laboral, cientos del corazón. Muchos ya hombres y mujeres con familias que la recuerdan siempre con cariño y gratitud por todas las atenciones brindadas en su época escolar. “Muchas veces voy caminando por la calle y algunas personas me reconocen y me saludan y se acuerdan de mi paso por la escuela, cuando les servía la leche, la comida o cuando alguna vez los aconsejaba. La verdad, es lindo recibir amor después de tantos años”, se emociona Elena. “Siempre los traté bien a los chicos porque no sabía qué iban a ser de grandes y hoy con felicidad veo que muchos de ellos son profesionales médicos, profesores, técnicos y algunos fueron y son funcionarios públicos, y en broma muchas veces les digo que aún les cabe un reto”, dice con una sonrisa.

Haydeé Achares, Elcira Julia Plá, Ángel Laveilhe, Rubén Zavala y Mercedes Ortiz de Recalde fueron algunos de los directores que recordó con mucho cariño. Entre los maestros nombró a Pedro Cortez, Ramón Vergara, Julio Vallejos, Edgardo Pedemonte, Estela Pérez, Rosina Cirilo y Aurora Clavería. “De todos me acuerdo siempre muy bien porque todos me trataron con cariño y respeto, y muchas veces se arremangaban y nos ayudaban a limpiar y a ordenar los salones de clases”, comentó.

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La historia

En la historia de vida de la Escuela 135 cada alumno, maestro, profesor, director y compañero de trabajo conserva un recuerdo de Elena. Una mujer servicial, vital y alegre que trabajó 30 años ahí y cuyo sueldo se lo pagaba una cooperadora. Elena cumplió la mayor parte de sus funciones en tiempos en los que el establecimiento cumplía su rol educativo en jornadas completas. Por largos años tuvo a su cargo la limpieza completa del edificio escolar, la preparación del desayuno, el almuerzo y la merienda de la gran cantidad de alumnos que pasaban casi todo el día en el colegio. En este lugar puso de manifiesto todo el compromiso laboral para vencer y doblegar las múltiples complicaciones en el funcionamiento, entre ellas, la difícil tarea de cocinar la comida en cocinas a leña. En épocas invernales debían mantener continuamente con leña varias estufas diseminadas en la galería y en las aulas, ya que no había gas. Otra de las difíciles tareas tenía que ver con cocinar el pan en un horno de barro ubicado en cercanías del tanque de agua, desde donde también debían trasladar el agua en baldes para la elaboración de las distintas comidas y refrigerios. Cumpliendo estas actividades, con sacrificio pero con mucho amor, fueron pasando los años y así el camino de la vida la llevó a continuar su trabajo como auxiliar de servicio en las instalaciones del CPEM Nº 37, como encargada del sector de invernáculos, donde finalmente se acogió a los beneficios de la jubilación.

En el 2018 la salud le jugó una mala pasada. Un ACV isquémico la sorprendió en su terreno donde tiene una huerta y algunos animales. Se sintió mal, se fue caminando como pudo a su casa y nunca recordó cómo llegó al hospital. Los rastros que le dejó el accidente fueron notables y le mellaron muy fuerte el cuerpo y el ánimo. Una vez más sacó fuerzas que aún no sabe de dónde pero como buena creyente dijo que Dios puso su mano en su cuerpo y en su corazón. También reconoció el acompañamiento y contención profesional y afectivo que le brindó la doctora Claudia Costilla, junto al respaldo de su familia. “Fueron momentos muy duros. Muchas veces me sentía muy débil, lloraba mucho y no tenía ganas de nada. Gracias a Dios eso quedó atrás y hoy quiero pintar la vida con mejores colores”, dice con esperanza una renovada Elena.

En 1985 se desempeñó como concejal, acompañando a Osvaldo Ricardo “Calipo” Funes, que fue el primer intendente del pueblo. En esos años estaba todo por hacer y hasta allí llegó Elena para echar una mano junto a otros hombres y mujeres del pueblo. Pero su vocación y servicio la puso en favor del crecimiento y desarrollo de una de las instituciones educativas más importantes de Mariano Moreno.

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