Por Esteban D’Aranno. Director de LU5 Radio Neuquén
Siempre se dice que la radio no se ve. Que lo que la distingue como medio es la magia que se genera al tener que imaginar el oyente esa imagen. La imagen del conductor, del locutor, del personaje que parodia el humorista, del entrevistado y hasta de los oyentes que dejan sus mensajes de audio. Siempre fue así para la audiencia, pero no para quienes hacemos la radio.
Los productores, los operadores, los conductores, los columnistas, los movileros, los administrativos, los vendedores… todos nos vemos. Nos vemos entre nosotros. Nos vemos todos los días, Nos saludamos todos los días. Nos hacemos una broma. Nos mostramos las sonrisas. Nos contamos nuestras preocupaciones cara a cara. Pero hace un año y medio que eso no ocurre. O sólo ocurre con un puñado de gente que nunca dejó de ir. Y eso es algo para lo que no estábamos preparados.
Por la pandemia, la radio una vez más, tuvo que reinventarse. Pero esta vez no pasaba por el formato, sino por la manera de interactuar. Muchos, para quienes la radio era su casa, tuvieron que hacer radio desde sus casas. La audiencia, además de conocer su voz, pudo conocer su “sonido ambiente”, “la cortina musical” que acompaña a cada uno en sus hogares. El ladrido de su mascota, el ruido de un auto pasando por el frente, el beep de un microondas, la risa de una hija o de un hijo, y hasta el taladro del vecino al que se le ocurrió hacer una refacción justo en el horario del programa.
Al principio esos sonidos incomodaban a los que estaban al aire, se percibían como una desprolijidad, pero con el correr del tiempo, todos caímos en la cuenta que estaban muy lejos de serlo. Esos sonidos nos unían y nos identificaban con la audiencia. Porque los oyentes también estaban en sus casas trabajando, estudiando y, al mismo tiempo, escuchando la radio. Era la banda sonora de la pandemia.
No seremos los mismos cuando esto pase. ¿Cómo será ese cambio? No sabemos.
Pero el desafío no fue sólo para el que tuvo que quedar en su hogar, sino para los que sí o sí debían estar en la radio. Para operadores, locutores y especialmente los productores, la labor fue mayúscula. Tuvieron que coordinar a quienes estaban en sus casas. Se transformaron en verdaderos directores de orquesta a distancia, indicando de manera de remota qué es lo que cada integrante del equipo debía hacer, llamando a los entrevistados, y a la vez, lidiando con los inconvenientes tecnológicos (o de comunicación) que se presentaban.
El desafío técnico tuvo distintas etapas. En la inicial, quienes estaban en sus casas salían por teléfono, pero luego de un tiempo de realizar diversas pruebas y de aprender sobre la marcha, se logró que conductores y columnistas desde sus hogares, tuvieran un sonido muy similar a quienes estaban en el estudio. A tal punto que los oyentes muchas veces no lo distinguieran.
Los periodistas estamos acostumbrados a vivir sucesos que luego serán recordados, ya que nuestra función es básicamente contarlo que está pasando, pero esto que nos está pasando sólo ocurre una vez cada 100 años. Es la primera vez que lo vivimos y, probablemente, no lo volvamos a vivir en el resto de nuestras vidas. Por eso, nos interpela como ningún otro hecho. No hay duda que la pandemia nos marcó para siempre y que los que hacemos la radio, al igual que toda la población, no seremos los mismos cuando esto pase. La radio tampoco.
El desafío fue para todos. Algunos en sus casas, otros en la radio.
¿Cómo será ese cambio? No lo sabemos. Lo descubriremos a medida que lo transitemos. Pero por lo pronto aprendimos que podemos sonar juntos a pesar de estas espacialmente separados. Y esta tecnología que ahora usamos para que los que hacen la radio puedan salir desde sus casas, seguramente la aprovecharemos para hacer coberturas especiales o transmisiones desde lugares remotos. Quizás ganemos en poder sumar habitualmente al aire columnistas que se encuentren en otras provincias o países, sin perder calidad de audio.
Mientras tanto nos queda la satisfacción de saber que una vez más, y a pesar de la pandemia, LU5 se convirtió en el aire de todos. Y lo seguirá siendo el día en que volvamos a encontrarnos en la radio: los que la hacemos y los que la escuchamos. No seremos los mismos los que volvamos a encontrarnos todos juntos en Fotheringham 445, para saludarnos personalmente, hacernos una broma, mostrarnos las sonrisas y contarnos nuestras preocupaciones cara a cara, alrededor del estudio. Un estudio que tampoco será más el mismo. Porque ahora se llama “Carlos Augusto Graziosi”.
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