La Salteña derrocha solidaridad donde falta el agua

María Luisa Justiniano Vive con ocho hijos, cuatro familias inmigrantes a las que ayuda y 19 perros callejeros en una casilla en el barrio 2 de Mayo.

Nació hace 49 años en General Mosconi, al norte de la provincia de Salta. Hace 7 llegó a Neuquén en busca de trabajo.

Vive en una humilde casilla con una conexión de luz precaria, hecha con cables de teléfono, y sin agua de red.

ANA LAURA CALDUCCI
calduccia@lmneuquen.com.ar

Neuquén
Se llama María Luisa Justiniano, pero muchos la conocen como "la Salteña". Desde su humilde casa al final de la calle Casimiro Gómez ayuda a los que recién llegan a la ciudad. A todos los que, como ella, vinieron desde otros puntos del país a buscar trabajo y un futuro mejor.

Además, sus brazos alcanzan para cuidar de sus 10 hijos –que tienen entre 16 y 32 años–, sus 11 nietos, algún vecino que está pasando un mal momento y una tropa de 19 perros callejeros que encontraron calor en la generosidad de su hogar.

Con el aguatero del camión me peleo para que me deje 10 litros más de agua, porque para nosotros el agua vale más que el oro".

María Luisa llegó desde la localidad salteña de General Mosconi a Neuquén hace siete años "con las manos vacías y un bolsito", como ella misma cuenta.

Trabajó de muchas cosas, desde limpiar casas hasta cocinar tortas, y deambuló junto a su familia de una vivienda alquilada a otra. A mediados del 2013, levantó una casilla donde termina la toma 2 de Mayo, a un paso del cruce entre Casimiro Gómez y la Autovía Norte.

Allí vive con una conexión de luz precaria, hecha con cables de teléfono, y sin agua de red. Recibe el agua del camión que contrata el Municipio, que pasa de lunes a sábados.

"En verano es un sufrimiento porque tenemos autorización hasta 500 litros por casa y acá somos seis personas más otras cuatro familias que recibí", comentó.

Explicó que sus huéspedes están viviendo ahí porque "no tienen dónde alquilar y cada familia tiene unos dos chicos más o menos, así que somos muchos". Ella los ayuda porque pasó por las mismas dificultades y sabe lo que es empezar de cero.

"Me peleo con el aguatero muchas veces para que me deje 10 litros más, siempre le pido 10 litros más y después más y así lo que consiga. Peleo litro a litro porque para nosotros el agua vale más que el oro", contó.

También junta dinero para comprar agua en botellas para los bebés. "Lo que estamos tomando los demás es agua estancada", observó. Como el agua no alcanza para limpiar la ropa de todos, les piden prestado el lavarropas a unos amigos que viven en el barrio San Lorenzo.

Como a María Luisa ya la conocen en el barrio, muchos le hacen llegar elementos de abrigo. "Me dejan porque saben que acá recibo gente, entonces la separo y le doy a los que necesitan, para que no tengan que levantarla del basural", precisó.

Aunque se hizo conocida por su hospitalidad, ella insiste en que todos los neuquinos "son muy solidarios". Recalcó que "a mí me gusta estar metida, por eso ayudo, pero así como yo hay muchos más".

"En mi familia somos bastantes, tengo mi marido, Orlando, y ocho de mis hijos que viven acá, pero yo siempre digo que donde comen dos comen más", indicó.

Al numeroso grupo humano que siempre hay en la casa se suman 19 perros que comen del basural y van allí a dormir. La heterogénea jauría incluye un dogo alemán y un galgo.

Además, cuida con esmero una pequeña huerta, una mancha de verde en el suelo arenoso del patio.

Todos los días, el viento la tapa con tierra. Todos los días, ella limpia hoja por hoja.

El año pasado pudo terminar la escuela primaria en un centro de educación para adultos (ver aparte). María Luisa es una persona perseverante que, pese a las carencias, supo convertirse en un faro para los que llegan de lejos a la ciudad cargados de esperanzas, con las manos vacías y un bolsito.

EJEMPLO
Cumplió su sueño: terminar la primaria

Hace poco más de un mes, María Luisa Justiniano recibió el certificado por terminar la primaria en el Centro de Educación para Adultos (CEPA) 145, que funciona en la asociación civil Escuelita Solidaria, en la toma 7 de Mayo.

Hasta esa asociación llegó un día para pedir útiles escolares para algunos de sus hijos y se enteró de que podía cumplir uno de sus sueños: terminar la escuela primaria. "Yo pensaba que nunca podía llenar ese espacio vacío que tenía. Esto que logré es un ejemplo para mis hijos", dice.

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