La Sirena tiene un judoca que saca a los pibes de la pantalla
Tiene 62 años y desde 1969 practica el judo. Prepara su tercer viaje a Japón para visitar Kodokan, la escuela madre de la disciplina en el mundo.
Da clases en el salón del barrio La Sirena a unos 50 alumnos de entre 4 y 69 años.
Sofía Sandoval
Neuquén.- Horacio Chandía quiso aprender judo para pelearse en el colegio. Cuando sonaba el timbre de salisa, solía arreglar cualquier asunto a las trompadas, por lo que se interesó en la visita de un judoca francés con el solo fin de mejorar sus golpes. No se imaginaba que aprender técnicas de lucha lo llevaría a ponerles fin a las peleas para siempre.
“El judo te equilibra cuerpo y mente”, dice Horacio, 48 años después de aquel día en que tuvo su primer contacto con el deporte, a los 14 años. En ese lapso, el hombre llegó a convertirse en séptimo dan, que son los escalones del judo en que se miden los expertos. Así, se transformó en el judoca mejor graduado de la Patagonia.
El atleta no sabía que “judo” significa "camino hacia la suavidad" y que, más allá de los mitos que lo califican como un deporte violento, se trata en realidad de un arte marcial en el que se procura la autodefensa y la superación personal. Eso es lo que transmite Horacio ahora en las clases que dicta desde hace 30 años en el barrio La Sirena, donde vive desde la infancia.
“Lo primero que hay que aprender es a saber caer”, señala el hombre, y aclara que, para las caídas, los dojos se equipan con colchonetas de alta densidad que buscan amortiguar el peso del cuerpo, que se quintuplica con la fuerza de la toma que lo derriba. Así, el estudiante aprende de su propia debilidad para fortalecerse y lograr, más adelante, reducir y trasladar a sus rivales sin lastimarlos.
Horacio da clases a unos 50 alumnos de entre 4 y 69 años. “Hay de todo, incluso les enseño a chicos ciegos, autistas o con retraso madurativo, porque el judo es un deporte inclusivo”, explica, y agrega que las necesidades de sus alumnos lo llevan a formarse y a leer a toda hora para saber cómo transmitirles mejor esos conocimientos.
Aunque muchos se inclinen por la disciplina con el único objetivo de sumar un nuevo hobby, el judoca hace hincapié en la importancia de transmitir valores.
“Hoy vemos a los chicos muy metidos con la tecnología, y este deporte los hace olvidarse de todo y conectarse con ellos mismos por un rato”, detalla.
Admite que, como ocurre con otros deportes, el judo permite a los jóvenes canalizar su energía en causas positivas. “Es una forma más de sacar a los pibes de la calle”, dice, y por sus ojos pasan algunos recuerdos que lo llenan de orgullo, porque él fue testigo directo del caso de chicos que abandonaban las drogas y el alcohol para incorporar hábitos más saludables.
“El respeto hacia los compañeros y hacia los mayores es uno de los principales temas que transmite el judo”, detalla, y recuerda el lema que le enseñó su maestro: "jita kyoei", que significa "ayuda y prosperidad mutua". “Quiere decir que siempre necesitamos de alguien al lado para progresar, pero no sólo en el judo, sino en todos los órdenes de la vida”, indica.
El judo te equilibra cuerpo y mente. Lo primero que hay que aprender es a saber caer”.Horacio Chandía
En la piel
Cuando a Horacio le dijeron que el judo era una llave, no se imaginaba qué puertas podría abrir. Lo comprendió tiempo después, tras ofrecer clases en casi todos los barrios de Neuquén con la escuela municipal, convertirse en árbitro y viajar por toda América, ser reconocido por el Congreso de la Nación y el Concejo Deliberante o colgarse cientos de medallas. “Conocí 22 países gracias al judo, algo que como empleado común nunca hubiera logrado”, explica.
El judo también fue una llave para destrabar momentos complicados. Cuando un hombre lo asaltó para llevarse su auto, Horacio dejó de pensar y actuó sólo por su instinto, marcado por años de disciplina marcial. Nunca pudo saber qué hizo o si el delincuente estaba armado; apenas recuerda el posterior temblequeo de sus piernas y que logró reducirlo sin lastimarlo.
Por eso, Horacio lleva el judo casi como una parte de su piel. Según dice, no puede irse a veranear sin llevarse su judogui en el equipaje, porque en todos los lugares que visita lo invitan a dictar seminarios. Así, logró formar una gran familia que no sabe de fronteras, idiomas ni tamaños corporales.
Horacio les transmitió el amor por el deporte a sus cuatro hijos, que aún se ponen el judogui para caer sobre las colchonetas de La Sirena.
Él, con sus 62 años, mira a los japoneses de 90 años que siguen practicando tomas y se convence un poco más de que quiere ser judoca para siempre.
"La Peque Paretto es un ejemplo"
"El judo te enseña que el más débil puede vencer al más fuerte”, asegura Horacio Chandía sobre el deporte que tiene como máximo referente en Argentina a una chica de un metro y medio de altura.
“Paula Paretto es un ejemplo de que todo está en tu mente y de que podés lograr lo que sea”, dice el judoca sobre la Peque, que en los Juegos Olímpicos de Río 2016 conquistó la medalla de oro en judo de hasta 48 kilos.
Cada vez que visita Neuquén, Chandía recibe a Paula Paretto, que además se recibió de médica en 2014.
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