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La terrible Peste Negra: la pandemia que casi borra del mapa a Europa

Más de la mitad de la población de Europa murió en la Edad Media en la pandemia más grande de todos los tiempos. 50 millones de muertos y un renacer.

No hay precisiones numéricas aunque los historiadores concluyen en un número contundente: 50 millones. Casi el 65% de Europa murió en la Edad Media a causa de la pandemia más grande de todos los tiempos, la “peste negra” o la “peste bubónica”. Cincuenta millones de personas perdieron la vida, muchas de un día para el otro, varias atrapadas en la sorpresa de una enfermedad fulminante y otras intentando huir, sin darse cuenta de que en ese escape llevaban a la mismísima peste en sus equipajes.

Era una gripe, sí, pero de una virulencia que hizo detonar a todo un continente y también a una parte de Asia, donde se originó. Y que, paradójicamente, le permitió a Europa renacer con fuerza -quizá de esos tiempos viene aquello de “toda crisis representa una oportunidad”-, jerarquizando a su históricamente oprimida mano de obra, levantando la cantidad y la calidad del consumo, y promoviendo nuevos negocios, entre otros cambios.

Aunque hoy suene a humor negro, los europeos que sobrevivieron sacaron una buena tajada de esta suerte de “purga humana”. Y no había entonces laboratorios ni teorías conspirativas que permitieran pensar en algún científico loco e inescrupuloso preparando una bacteria para matar a la humanidad. Nada de eso. Aquella peste fue 100% natural y sus vehículos principales fueron seres parasitarios, absolutamente insignificantes: las pulgas. Ellas se encargaron de acompañar y chupar la sangre de las ratas, que le dieron vida a la enfermedad, y luego se las pasaron a las personas, quienes se encargaron de hacer el resto.

Fue 1346 el año en que aquella bacteria desconocida comenzó a desparramarse desde la península de Crimea (Ucrania, que por entonces estaba bajo el mando de los mongoles) hacia Occidente. Pero recién en 1896 se supo exactamente de qué se trataba, cuando el médico suizo (bacteriólogo, para más precisión) Alexandre Yersin explicó en su investigación qué era esta infección. En su honor, en 1970 la peste negra tuvo nombre científico: “Yersinia Pestis”.

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Curiosamente, y volviendo a los tiempos medievales, la mayoría la atribuyó a la ira de Dios. El Supremo, enojado con su pecadora creación -el ser humano-, mandó su furia en formato de peste para recordarles a todos de quién era el poder. Una parábola no tan diferente al Arca de Noé, que en el Génesis se describe como una acción divina, el diluvio universal, cuando literalmente el viejo Noé construyó su embarcación para salvar a la especie humana (él, su esposa, hijos y parejas) y a varias otras de animales, de una muerte segura porque el mundo sería inundado debido a una intensa lluvia que caería 40 días y 40 noches consecutivas. Según la Biblia, la orden fue de Dios, quien luego prometió que nunca volvería a exterminar al hombre. Aun así, en la Edad Media la gente estaba convencida de que era un castigo del creador: tiene lógica haber desconocido aquella promesa considerando que la Biblia se masificó con la imprenta de Gutenberg a mediados del 1400, o sea 100 años después de que la peste negra azotara Europa.

También se creyó que esta infección podía provenir por la contaminación del aire (“miasmas”) producida por la materia orgánica en descomposición y que entraba en las personas a través de las vías respiratorias o el por contacto de la piel. Algunos, incluso, pensaron que podía tratarse de una conjunción planetaria, por eclipses u otras razones astrológicas; y también hubo espacio para suponer que las erupciones volcánicas y los terremotos liberaron gases y efluvios tóxicos y, al cabo, mortales. Pero el tiempo y las investigaciones científicas aclararon el panorama y dejaron asentado que no era ni más ni menos que un caso de “zoonosis”, o sea una enfermedad que los animales transmiten a los humanos. Las ratas negras eran las que la tenían y las pulgas su principal transporte.

Hasta 1353 Europa no se liberó de este duro trance que trajo muerte y desolación. La historia indica que unos 80 años antes, en la Península de Crimea, los mongoles les habían dado terrenos a comerciantes genoveses. El intercambio de mercancías fue fluido durante más de medio siglo hasta que disputas religiosas llevaron a que en 1343 los italianos cristianos fuesen echados de casi toda la zona a excepción de Caffa, que resistió tres años. En ese momento, 1346, cuando se disparó la pandemia, los mongoles quisieron invadir ese último bastión genovés pero la peste los invadió a ellos. Les salían manchas moradas en la piel (de ahí lo de “peste negra”), se les inflamaban los ganglios y les aparecían “bubones” que les deformaban las ingles, el cuello y las axilas (de ahí lo de “peste bubónica”). Los soldados se enfermaban y morían de manera veloz e inesperada. ¿Qué hicieron los mongoles? Cargaron las catapultas con los cuerpos de sus muertos y se los empezaron a revolear a los que resistían al otro lado de los muros, convencidos de que los cadáveres llevarían consigo la peste y eliminarían al enemigo. Y el enemigo, efectivamente, empezó a tener síntomas aunque no por la descomposición de los cuerpos que volaban por el aire –los muertos no contagiaban- sino por las ratas que se colaban por las hendijas de los murallones. Y con ellas, claro, las pulgas.

La peste comenzó a tomar fuerza muros adentro de Caffa y los genoveses sobrevivientes subieron a sus embarcaciones y empezaron a escapar de la trampa mortal. Cargaron en sus barcos las mercancías que pudieron y en aquellas bodegas también se colaron roedores apestados. Y en las ropas de los viajantes, las pulgas. Infección asegurada. El efecto de muerte en dominó fue casi tan acelerado como el brote pandémico en toda Europa. Las víctimas principales, los grandes puertos: Génova, Venecia, Marsella, Mallorca... El mar era la ruta desde donde llegaban los primeros casos a cada lugar y la dispersión terrestre fue feroz. El concepto de cuarentena no existía y el miedo podía más, y ahí radicó el secreto de la amplificación de la peste porque el “corramos y sálvese quien pueda” terminó siendo “corramos y, sin darnos cuenta, contagiemos al que está sano”. Así, dos de cada tres europeos murieron.

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Arriba los de abajo

Las muertes dejaron un vacío que obligó a reformular la vida de entonces. La mano de obra empezó a faltar y había que producir para recuperar la dinámica socio-económica. También quedaron en el camino muchos terratenientes y nobles, porque, está claro, una peste de esta naturaleza no distingue ricos de pobres. Pero estos últimos, antes, ahora y siempre, son los “peones”. Y la post pandemia obligó a los dueños a pagar mucho mejor para tener producción en su tierra porque, si no, ese trabajador conseguía fácil otras ofertas laborales. Entonces, el jornalero asalariado creció en su estatus económico y comenzó a permitirse una vida mucho más atractiva que la que tenía antes de la peste negra. Su nivel, esencialmente, fue el que creció a punto tal que muchos se animaron a cambiar de vereda y transformarse en productores y comerciantes. Tomar y comer dejó de ser una simple necesidad para convertirse en un placer mundano, por lo que empezaron a aparecer los bares y restaurantes (tabernas) que ofrecían comidas, cervezas y vinos artesanales, y de una buena calidad que antes no llegaba a las clases bajas. La concepción social comenzaba a cambiar mientras la Edad Media encaraba su último siglo de existencia.

Incluso, ante los terrenos abandonados, porque sus propietarios huyeron o murieron, muchos campesinos que antes vivían de su jornal ocuparon esos lugares vacíos y la economía rural tomó un fuerte impulso. No se trataba de pocos dueños para muchas tierras, sino de muchos nuevos dueños-obreros. La reactivación se fue dando de forma natural durante los siguientes años y también, en cierto modo, acortaron los tiempos de la Edad Media no sin que antes los monarcas, atentos a la caída de sus economías y a la nueva escala social, pensaran una manera de que sus reinados siguiesen siendo los que gobernaban a la plebe. Por lo que profundizaron su poder con decisiones vinculadas a nuevas guerras, pero no sólo para saciar su afán de conquista: se trataba también de una inmejorable excusa para cobrar mayores impuestos. Recaudar para las luchas era, en definitiva, recaudar para la corona.

Como era difícil hallar explicaciones científicas, el refugio ante determinados traumas, como éste que vivió Europa, fue la religión. El pensamiento más fuerte seguía siendo que semejante condena que había caído sobre el mundo se debía a un enojo de Dios y, como alguna vez dijo Freud, “quien no tenga psicoanálisis, deberá tener religión o milicia”. No sin llevar agua para su molino, el famoso médico austríaco que hizo hablar a los sueños puso en negro sobre blanco que todo trauma que afecte al ser humano necesita ser sublimado o controlado de alguna manera. El tema es que lo dijo muchísimos años después de aquella peste, por lo que en los tiempos inmediatos posteriores al final de la brutal pandemia del siglo XIV, la religiosidad tomó un rol dominante.

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Para el hombre medieval, todo pasaba por las manos y la voluntad de Dios. Era en una suerte de juicio divino: él castigaba y los que transitaban la tierra eran los culpables. Esto hizo crecer la construcción de iglesias y templos religiosos adonde la gente iba a pedir perdón y redención para sus almas pecadoras; para no revivir el infierno en vida que había significado la peste pero mucho más para no terminar ardiendo en el infierno una vez muerto. Hubo literatura y teorías respecto a consejos para tener un paso hacia el más allá que incluyese la salvación. Cómo morir parecía más importante que vivir, porque el mensaje era que hacer una buena limpieza de la culpa aseguraba la eternidad.

Y en el medio de todo, respirar, caminar, disfrutar. Vivir. Comer y beber, en algunos estratos sociales como nunca antes. Y también aprovechar integralmente situaciones que se vinculaban al placer y a la necesidad, como por ejemplo la prostitución, a la que muchos hombres recurrieron buscando gratificación sexual y muchas mujeres abrazaron en busca de subsistencia, posiblemente porque sus padres o sus esposos, quienes les brindaban el pan de cada día, ya no estaban porque habían muerto por la peste.

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La “Yersinia Pestis” era una bacteria que tardaba unos 20 días en incubar y mostrar sus primeros síntomas, y muy poquitos más en matar. A veces, horas. Una enfermedad que alteraba el sistema linfático inflamando nódulos y propiciando la aparición de esos bubones horribles y sus apestosas supuraciones, con fiebres altísimas, escalofríos, delirios. Todo esto en los casos en los que la agonía se extendía quizás hasta una semana. Si la bacteria se metía en la sangre, hacía aparecer los manchones negros en el cuerpo, y si atacaba los pulmones, generaba una tos que, además, contaminaba el aire. En cualquiera de estos últimos dos casos, la muerte era casi inmediata.

El mundo actual, con la misma cantidad de metros cuadrados pero con una población superior en varios miles de millones al Medioevo, sufre una pandemia cuyo mayor peligro es la incertidumbre. El hombre medieval ignoraba todo comparado con lo que ignoramos hoy, por eso ahora sólo aceptamos respuestas urgentes. La certeza de que la vacuna más temprano que tarde saldrá debería ser una ventaja respecto a casi 700 años atrás, pero la propia evolución del ser humano se convirtió es una trampa que le altera la psiquis más que el organismo.

La redención, quizá, ya no esté en arrodillarse frente a una imagen santa, sino en mirarse al espejo, el que devuelve lo que somos y permite repensarnos. El coronavirus también está dejando oportunidades para mejorar y el ejercicio, mientras esperamos que pase la tormenta, es saber hallarlas. En la Europa medieval fueron seis años de pandemia y 50 millones de vidas perdidas antes de que el sol volviera a salir; y antes de que el continente se recuperara y aprovechara, a pesar de inmenso su dolor, la oportunidad de seguir viviendo.

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