La vida está en otra parte

Resulta difícil convencerse de que el futuro ya es menos previsible que antes del anuncio del aislamiento.

No podemos pensar en el futuro”, me escribió un amigo en un mensaje de Whatsapp mientras continuamos nuestro “exilio en casa” del que hablaba Albert Camus en su libro La peste, publicado en 1947 y tan vigente en la actualidad. No podemos pensar en el futuro y se nos derrumba el sentido. Aún más, vivimos en un incierto presente mientras, luego de cumplir con nuestro home office, proyectamos y desplegamos infinidad de actividades y quehaceres que en otra situación ni se nos ocurriría pensar y realizar. Una posibilidad que puede darse la clase media pero no esas familias que viven en una situación de total precariedad y que muy lejos están de tener agua potable para lavarse las manos y mucho menos de acceder al tan buscado alcohol en gel.

Resulta difícil convencerse de que el futuro ya es menos previsible que antes de aquel viernes 20 de marzo cuando se anunció el aislamiento social obligatorio. Ese futuro que está suspendido, que nos mantiene suspendidos en esa incertidumbre sobre lo que vendrá o cómo será el día después; y no me refiero a cómo se ordenará el mundo, sino a lo más mundano y cotidiano de nuestras vidas: el barrio donde vivo, las reuniones con amigos, la tribuna un domingo de partido.

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“Vivimos entregados al miedo”, dijo días atrás el escritor Martín Caparrós. Y es raro vivir así, enfrentados a la finitud de una muerte posible o de un contagio. Me viene a la mente aquella frase del poeta surrealista francés André Breton: “La vida está en otra parte”. Hoy, lo está. Acaso uno se tranquiliza al pensar que tarde o temprano esto terminará, volveremos a salir de nuestras casas porque las pandemias pasadas tuvieron su punto final.

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