Las historias son historias
Tuve la osadía de escribir la historia de una mujer que tuvo 23 hijos. Y digo osadía porque en tiempos de poca comprensión de texto, ausencia casi total de lectura y una necesidad imperiosa de opinar y juzgar es realmente una osadía abordar un tema como este.
Todo comenzó cuando me enteré del caso que ocurrió a principios del siglo pasado en Pilo Lil, un remoto paraje de Neuquén. Me contacté con uno de los hijos de esta mujer (el número 22) y él aceptó contarme esta historia que, a priori, me parecía interesante.
Mi entrevistado me habló de su sacrificada madre, de su padre y de sus numerosos hermanos y de cómo vivió la familia, y la historia quedó plasmada en una crónica, sin análisis ni opinión. Simplemente contando la historia.
Nunca me hubiera imaginado que aquel relato desataría una guerra de comentarios a favor y en contra, fundamentalmente por el rol que tuvo esta madre, las supuestas injusticias que se cometieron contra ella y las críticas por “romantizar” este tipo de situaciones en tiempos que se lucha por los derechos de las mujeres. Por supuesto que hubo otras posturas contrarias resaltando el valor de la protagonista y del amor que brindó para criar ese familión. En ese contexto se desató una gran guerra de comentarios y se abrió una grieta enorme, de esas que hoy se ven en todas las noticias. Y se mezcló el feminismo, el aborto, las posturas pro vida y hasta los derechos de los niños.
Creo que las historias son como son y es inútil analizarlas con ojos del presente sin conocer el contexto en el que ocurrieron.
Son hechos que pasaron hace mucho y que vale la pena conocerlos. Sólo los protagonistas podrán evaluar cuánta injusticia, tristeza o alegría marcaron su pasado y sus vidas.
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