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Las increíbles hazañas de Houdini, el maestro del escapismo

Un día como hoy moría de forma abrupta Harry Houdini, el mago que sorprendió al mundo con sus escapes de esposas, cadenas y camisas de fuerza. Llegó a burlar a carceleros e inventó una temible "Cámara de Tortura China".

Con tan sólo siete años, el joven Erik Weisz conoció de primera mano la potencial letalidad del agua. Tras sufrir un accidente en un río de Wisconsin, estuvo a punto de morir ahogado. Y muchos dicen que fue entonces cuando nació Harry Houdini. Fue ese día, cuando Erik sintió la presión del agua aplastando su cabeza, cuando los pulmones ya sin oxígeno estaban a punto de estallar, cuando la alarma del peligro inminente le erizó toda la piel.

Sus biógrafos afirman que fue esa obsesión por la muerte la que forjó su carrera como el escapista más famoso de todos los tiempos. En cada truco, en cada presentación, desafiaba los límites de su propio cuerpo para realizar hazañas imposibles, en donde el peligro reinaba de manera omnipresente y el público se dividía entre el alivio de verlo salir airoso y el morbo inconfesable de ver que, por esta vez, el truco fallaba.

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Antes de ser Harry Houdini, Erik era sólo un niño nacido en Budapest, que en ese entonces formaba parte del Imperio Austrohúngaro. Hijo de un rabino, a los cuatro años viajó junto a sus padres y sus seis hermanos a Estados Unidos, donde su padre había sido designado a una nueva congregación.

Para generar nuevos ingresos para su familia, a los ocho años comenzó a trabajar. Salía por las calles de Appleton, Wisconsin, a lustrar zapatos y vender diarios. Muy pronto encontró su vocación: su padre lo llevó a ver a un mago viajero, que encendió la luz de una idea en la mente de Erik. Con tan sólo nueve años, formó un pequeño circo junto a sus amigos. En 1883 hizo su primera actuación como trapecista y contorsionista. Usó el apodo de “El príncipe del aire”.

Sus ansias por triunfar en el mundo del espectáculo lo llevaron a alejarse de su casa. Vagó durante un año con in circo ambulante, pero regresó con su familia cuando los Weisz se instalaron en Nueva York. Allí combinaba sus horas de trabajo para contribuir en el hogar con lo que realmente lo apasionaba: el estudio de la magia y una ardua rutina de atletismo y natación que le resultarían muy valiosas después, cuando iniciara sus famosos trucos.

A los 13 años se topó con un libro que describía los trucos de Robert-Houdin, considerado el padre de la magia moderna. Su fascinación fue tal que creó su propio seudónimo con ese apellido, agregando el sufijo “i” que significa, “parecido a”.

Aunque algunos atribuyen sus hazañas a una habilidad física sobrehumana, lo cierto es que Houdini tenía una rutina disciplinada de entrenamiento. Al atletismo y la natación sumaba prácticas extremas, como la inmersión en bañeras de agua con hielo para aguantar la respiración, lo que le daba más tiempo para desarrollar luego sus escapes.

Durante una gira por Europa, Harry se hizo llamar “el rey de las esposas”, ya que lograba desarmar cualquier cerradura que lo apresara. Para ganar más espectacularidad, nunca revelaba sus trucos y eso sembró la semilla de una serie de leyendas. Algunos afirman que durante su infancia había sido aprendiz de cerrajero. Otros dicen que simplemente combinaba sus habilidades de contorsión con ganzúas y pinzas que escondía entre sus ropas. Y hay quienes creen que el mago tragaba las llaves de las esposas y luego las regurgitaba.

Houdini fue, además, un maestro de la publicidad. Cada vez que llegaba a un pueblo nuevo, citaba a un grupo de periodistas para que lo acompañaran a un calabozo. Convencía a los policías de que lo apresaran y luego sorprendía a todos al salir de la celda por sus propios medios. Sus actos inexplicables motivaban la presencia del público, que acudía en masa al teatro a ver sus actuaciones.

Quizás su acto más conocido fue “La metamorfosis”. Harry era atado, introducido dentro de un saco y, además, ingresado a un baúl que se cerraba y se trababa con candados. Su asistente se paraba entonces arriba del baúl y el acto se cubría con una cortina. En apenas tres segundos, la cortina caía para mostrar la magia: el ilusionista estaba libre arriba del baúl, y abría la tapa para mostrar a su asistente atada y encerrada dentro.

Se dice que Houdini realizó este acto más de diez mil veces, sin dejar de causar sorpresa. Y en muchas de esas presentaciones, su asistente era Bess, una joven a la que había elegido por su baja estatura, que le permitía ingresar sin problemas al baúl. Más tarde, el mago y su asistente se convirtieron en marido y mujer, compañeros inseparables hasta la muerte de Harry.

Con el tiempo, el escapista buscaba incrementar sus retos y se sometí a desafíos cada vez más difíciles. Invitaba a los fabricantes de esposas y candados a que probaran sus inventos con él, y lograba burlarlos. Escapaba de baúles, cajas, bidones inmensos, jaulas y hasta ataúdes. A la vista de todos, huía de las camisas de fuerza. También consiguió que lo arrojaran desde un puente, atado, a un río de agua helada.

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En 1912, inventó la “Cámara de Tortura China”. Houdini era sumergido en un acuario enorme, colgando boca abajo desde los pies. Los espectadores veían por última vez al mago aterrado y golpeando el cristal, y la cortina subía. El público debía aguantar con él la respiración por interminables minutos, pero nadie lo conseguía. El tiempo pasaba y la desesperación iba en aumento. Dos ayudantes del mago blandían hachas para agregar más dificultad a la prueba. Y luego, por fin, la cortina caía y el escapista aparecía, ya libre, fuera del acuario.

La muerte de su madre significó un duro golpe en la vida de Houdini. Transformó su dolor en una cruzada en contra del espiritismo y solía desenmascarar a los médiums y publicar artículos en revistas en donde criticaba sus trucos y la psicología del engaño. Para demostrar su poca efectividad, creó un código que revelaría a su esposa diez años después de muerto, algo que nunca sucedió.

En octubre de 1926, Houdini ya era una leyenda viviente. Había viajado a Montreal y descansaba después de una de sus actuaciones. Un grupo de estudiantes universitarios lo abordaron y le preguntaron si podían darle golpes en el abdomen, para comprobar si su resistencia física era tan cierta como afirmaban sus fanáticos. El mago aceptó el desafío sin miedo pero, antes de alistarse, recibió de lleno el primer puñetazo en el estómago.

A ese golpe le siguieron otros más. Los estudiantes, sin saberlo, estaban rompiendo su apéndice, que ya llevaba varios días inflamado. Su apendicitis se transformó entonces en una peritonitis. Pero Houdini resistió el dolor y la fiebre, y siguió actuando por varios días más. Durante un espectáculo, y mientras intentaba hacer un escape, sufrió un desmayo y fue hospitalizado.

Harry lograba escapar de las sogas más apretadas y de las cerraduras más sofisticadas. De las camisas de fuerza, las hachas, el agua helada y los candados. Huía hasta de las cárceles. Pero no pudo escapar de esta afección que parecía estar encerrada dentro de su cuerpo. “Estoy cansado de luchar, creo que esta cosa me va a vencer”, le confesó a su hermano desde el hospital.

El 31 de octubre de 1926, Houdini murió y una multitud de dos mil personas le dio el último adiós al ilusionista, encerrado en un ataúd. Esta vez, no. El truco había fallado. No había más escapatoria.

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