Ayer se celebró el Día del Niño, o de las Infancias o de las Niñeces o de cualquier combinación de palabras en busca de no caer en estereotipos o encasillamientos gramaticales que pudieran perjudicar a quienes transitan la primera etapa de su vida.
Por supuesto que a través de las redes sociales no faltó la polémica sobre cuál debería ser la forma correcta de llamar a este día. La discusión fue interminable. ¿Infancia, niño; niña, niñez, niñeces? ¿Cuál es la correcta?
Gabriela Mistral, poeta y pedagoga chilena, sostenía en la Primera Convención Internacional de Maestros, en 1927, una frase contundente sobre lo que debería ser la infancia, más allá de la palabra: “La infancia servida abundante y hasta excesivamente por el Estado, debería ser la única forma de lujo -vale decir, de derroche- que una colectividad honesta se diera, para su propia honra y su propio goce. La infancia se merece cualquier privilegio”, indicó en aquel encuentro de especialistas realizado en Buenos Aires. Tal petición nunca se cumplió. O, si se cumplió alguna vez, fue a medias y después volvió a la normalidad, y luego empeoró.
El último informe de UNICEF Argentina publicado el 10 el agosto sostiene que, en el país, más de un millón de niñas, niños y adolescentes dejó de comer alguna comida en el día por falta de dinero, que uno de cada tres hogares no puede cubrir sus gastos corrientes y que el 50 por ciento no puede solventar la compra de libros y útiles escolares. En materia social y de salud, las cifras son iguales de alarmantes.
Las estadísticas –inapelables- deberían poner fin a las discusiones estériles. Lo que cambia la realidad de las personas no son las palabras, sino las acciones. Y, fundamentalmente, las acciones de los gobiernos.
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