Octubre, al menos para mí, siempre fue sinónimo de Oktoberfest, la tradicional fiesta de la cerveza surgida en la lejana ciudad alemana de Múnich, y que en mi Córdoba natal se replica en Villa General Belgrano. Por estos lares, Aluminé tendrá su festival que año tras año va creciendo y poniendo un sello distinto a la tierra del rafting.
Pero mientras navegamos entre cebada y lúpulo, la espuma va subiendo en otros puntos de la realidad, muy lejos de una fría jarra de cerveza. Y es que aunque las autoridades se cansan de destacar los buenos números de la realidad económica, los que aparecen en un ticket de supermercado, el surtidor de la estación o una factura de servicios –solo por decir que la televisión por cable aumentó entre 700 y 1000 pesos este mes– reflejan la otra cara de la moneda, cada vez más débil ante una escalada inflacionaria que se nota a diario.
Y así también lo marca la triste realidad de los índices de la pobreza y la indigencia. Las mágicas fórmulas que prometió la política económica de ayer y de hoy no funcionan y no parece haber una solución a este problema, que al mismo tiempo se repite –con otro impacto– en el resto del mundo.
La espuma también sube en las arenas políticas, donde todos están con todos, o todos se pelean con todos. Mientras el histeriqueo sigue en algunos candidatos que no se definen si van o no en la contienda interna, hubo sorpresas por algunas coaliciones impensadas, a pesar de los discursos que impulsan un gran frente.
Ni que hablar de la espuma rebasada en los vasos de los que preparan su viaje a tierras cataríes, a los que la AFIP los sorprendió con el monotributo más bajo. ¡Salud!
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