"Los actores somos un gremio difícil y muchas veces egoísta"
Especial
"Los actores suelen ir más por la conveniencia que por las convicciones, y al menos para mí esta fue la primera vez en la que pusieron en primer plano sus convicciones a costa de la conveniencia. De Florencia Peña a Leonargo Sbaraglia y Pablo Echarri, todos superpopulares y muchísimos más, la mayoría sin ser militantes partidarios", dice el actor, que empezó a trabajar a comienzos de la década del 80 en teatro -primero independiente, luego en el San Martín y el Cervantes-, hizo un camino desde abajo en cine, de extra a bolo, de bolo a personaje secundario, de secundario a central y de ahí a protagonista.
Cuando yo empecé a estudiar, principios de los 80, se hacían cinco películas al año a lo sumo. Y entre esas cinco estaban las de (Alberto) Olmedo y (Jorge) Porcel, que ya sabemos que tenían un contenido deplorable. Y en paralelo convivía Quebracho (Ricardo Wullicher) o Adolfo Aristarain. Pero no había más. Pasamos de 5 a 200 películas por año en la última década y no sólo por mérito, sino porque hubo una política de Estado.
Militante: "El arte y la política van de la mano. Todo ciudadano debería comprometerse y defender sus ideas".
Muchos actores apoyan esa política y algunos la critican...
La gran gran mayoría la apoyamos. Y hay una crítica despiadada e infundada que es política, porque sacando lo ideológico, hay una objetividad de logros y no verla es de necios: o alguien cree que, supongamos, (Damián) Szifrón podría haber llegado a hacer Relatos salvajes si no lo ayudaban a hacer En el fondo del mar. (Juan José) Campanella tampoco. Cada uno puede pensar como quiera, pero lo que no me banco es la estigmatización: es una falacia que este gobierno haya dejado afuera a actores o productores por razones ideológicas.
Superman criollo: "Nafta Súper es el jefe de una pandilla de inadaptados que les roba a los ricos para darles a los pobres".
¿Sentís el compromiso político como una necesidad por ser público?
Yo creo que el arte y la política van de la mano. Y que el hombre y la política van de la mano. Todo ciudadano debería comprometerse y defender sus ideas. No hablo de partidismo, eh. En mi caso yo siempre he sido así y si no fuera actor, lo haría igual. Lo que pasa es que para el actor es una gran contradicción y un dilema, porque quienes nos proveen trabajo tienen una mirada completamente ajena a la nuestra.
Kryptonita cuenta la historia de unos superhéroes muy distintos a los que nos dio Hollywood, ¿hay una metáfora ahí de la actualidad?
Sí. La metáfora es que los superhéroes son un cuento chino. O yanqui. Los verdaderos superhéroes son aquellas personas que salen a enfrentar a un sistema capitalista desigual y no a defenderlo. Y en ese sentido es una gran metáfora política. No partidaria, ojo, política en el sentido de que es ideológica. Y puede traspolarse a entender qué se defiende cuando se defiende el statu quo.
Tu personaje es Nafta Súper, el Superman argentino.
Claro, pero en este caso no es un millonario que lucha contra los supuestos malos... Acá es el jefe de la pandilla de inadaptados que viven en Isidro Casanova y les roban a los ricos para darles a los pobres. No defienden el sistema establecido, sino que lo combaten porque ven la injusticia de ese orden en el que les toca vivir. Y se enfrentan a los poderes fácticos de turno, desde el gobernante hasta el puntero del barrio.
-Estás por debutar como director con Pistoleros, una historia de bandoleros que va en este sentido también...
Sí, son los hermanos Vázquez, los últimos bandoleros que durante la dictadura de Onganía le afanaban a los grandes terratenientes y empresarios en el norte y después distribuían el botín. Se va a grabar en el norte y es ir al rescate de historias de nuestro país. Eso es nuevo acá. En Neuquén también están haciendo una de bandoleros para la TDA. Logramos romper la lógica de Buenos Aires como productora de las ficciones para todo el país. Una cosa ridícula, pero que fue siempre así y que costó mucho romper.
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