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La Mañana escuela

Los Agundez: maestros de maestros

A 107 años del natalicio de doña Victoria Schiel de Agundez, nuestro sencillo homenaje a un linaje de maestros declarados ciudadanos ilustres.

En la evocación de la historia territoriana y provincial neuquino, siempre fue nuestro interés resaltar la labor de aquellos jóvenes docentes, egresados de las viejas escuelas normales nacionales que soñara Sarmiento, que arribaban a estas tierras en grandes “oleadas pedagógicas”.

Todos los recuerdos de los maestros me los proporcionaron sus hijos hace muchos años: don Estanislao Rufino Agundez nació en San Luis el 13 de noviembre de 1908, y falleció el 9 de julio de 1992. Su padre era español de Santervaz del Campo, Castilla la Vieja, y su madre argentina.

Chupino era su sobrenombre porque cuando era chico, recordó su hija, no podía pronunciar Rufino y decía Chupino Elao. Cuando tenía 3 años perdió a su mamá y a los 7 años a su papá: por esta razón sus hermanos mayores se hicieron cargo de él, ya que la mayoría eran docentes, y fueron nombrados para trabajar en Bariloche. Por esta razón don Rufino fue visitando Río Negro hasta que fue a estudiar magisterio a Viedma y a vivir en Carmen de Patagones, donde se recibió de Maestro Normal Nacional.

En 1934, cuando obtuvo el título, regresó a Bariloche y comenzó a trabajar en la Escuela 248 de Península San Pedro. Allí vivió en la casa de unos alemanes que no hablaban castellano: eso le sirvió para aprender el idioma germano.

Cuando fue maestro del cuartel cercano a Bariloche, tuvo un alumno soldado mapuche, de apellido Cayupán, a quien don Rufino enseñó a leer y escribir: como contraprestación el alumno le enseñó la lengua mapuche.

Formó su familia con otra maestra, Victoria Margarita Schiel, una joven nacida en Buenos Aires el 4 de julio de 1915 y fallecida el 23 de abril de 2003.

Cuando a los 20 años fue a trabajar como maestra a Bariloche y hospedarse en una pensión, conoció a don Agundez, con el que se casó en la década del ’40. De esta unión nacieron Elda Beatriz, maestra, directora de escuela jubilada, y Carlos, locutor y periodista de radio y televisión. Vivieron en Bariloche hasta 1944, cuando fueron trasladados a Plaza Huincul.

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“Tapados por la tierra del desierto” memoraba Elda entre su bagaje de recuerdos, “vivíamos en un galpón con divisiones de madera, mis padres iban caminando a la escuela, y en muchas ocasiones el sendero había sido borrado por el viento”. Era tan fuerte que una mañana se levantaron y encontraron todo el aparador y a su hija tapados con tierra”. No tenían agua, solo había un poco llevada por aguateros. La hija se enfermó y debido a eso los trasladaron a la Escuela 101 de Colonia Valentina, cuando era directora la señora de Pita, y el vicedirector David Salazar.

Escuela 101 de Colonia Valentina.

Allí hizo su carrera este matrimonio de docentes: no los amedrentó el clima ni las condiciones edilicias.

Fueron maestros y personal directivo. Vivían en una chacra alquilada que tenía una casa precaria de adobe, con agujeros por donde pasaban insectos y lauchas, sin agua ni luz, con cocina económica, sol de noche para alumbrarse, estufas de vela.

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Maestros multifunción.

Doña Victoria, Vicky, había aprendido a tocar el piano en su juventud en Buenos Aires. Por esta razón, y ante la carencia de profesores de música, ella tocaba el himno, marchas, folklore.

El matrimonio estaba muy involucrado con la comunidad a la que pertenecía la Escuela: y como no había enfermeros aprendieron a colocar inyecciones con la que ayudaron a salvar muchas vidas.

Para poder mantener a su familia, don Rufino trabajó en tres turnos: por la mañana, daba clases en la escuela Nº 60 de Plottier. Elda nos contó que iba en moto con un colega, el recordado Juan Carlos Roca, por la tarde daba clases en la escuela 101 y en el turno vespertino era maestro de grado en el cuartel.

Cuando su auto se rompió, aprendió a andar en bicicleta para ir a su trabajo.

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La hija mayor del matrimonio.

Elda Beatriz realizó la escuela primaria en la escuela 101: lo propio hizo su hermano Carlos.

El colegio secundario lo cursó en la vieja escuela Gral. San Martín: egresó en 1960 como Maestra Normal Nacional. Ejerció como docente suplente en su querida 101: luego fue titular en la escuela 106 de Colonia Inglesa. Volvió a la 101 y luego, en 1969, continuó su carrera en la escuela 118: allí estuvo 27 años como maestra de grado, vicedirectora y directora por concurso, en donde la encontró la jubilación.

Recordemos y homenajeemos a estos maestros que realizaban todas las tareas que eran motivo de orgullo: aguantaban las inclemencias del tiempo y las precarias condiciones de vida sin que ello enturbiase su trabajo; solo importaba la educación de los niños.

Paradigmas de valores de amor, de solidaridad, respeto. El Concejo Deliberante les rindió sentido homenaje y una calle del Barrio Santa Genoveva lleva sus nombres.

Hoy un sencillo homenaje, sus recuerdos honran la tarea pedagógica y son un espejo para que las nuevas generaciones se miren y aprendan sobre una tarea hecha con esfuerzo y pedagogía, pero por sobre todas las cosas con amor y pasión.

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