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Los crímenes del "Hijo de Sam": la secta y el "pánico satánico" que dispararon la teoría más siniestra

Tras el estreno de una miniserie que aporta una nueva narrativa acerca de uno de los asesinos seriales más famosos, repasamos la historia del culto conocido como "El Proceso" y de la histeria colectiva en torno al ocultismo.

Los asesinatos del “Hijo de Sam”, también conocido como el “Asesino del Calibre .44”, uno de los “serial killers” más famosos de la historia, volvieron a captar la atención pública la semana pasada con el estreno de “Los Hijos de Sam: Un Descenso a la Oscuridad” (“Sons of Sam: A Descent Into Darkness”), la nueva miniserie documental de Netflix dirigida por Josh Zeman. En ella, no solo se repasa el caso, que terminó con la detención y condena a prisión perpetua de David Berkowitz. Más bien, se detalla la impactante teoría de Maury Terry, un periodista que investigó a fondo los crímenes sucedidos en Nueva York entre 1976 y 1977 por los que el presunto autor material fue puesto tras las rejas.

La utilización de la palabra “presunto” no es arbitraria ni caprichosa. De acuerdo a las conclusiones de la investigación expuestas en el documental, Berkowitz mató, pero no es ningún “asesino en serie”. No: según Terry, Berkowitz no actuó solo, sino que lo hizo junto a otros miembros como él de (prepárense) un culto satánico dedicado a esparcir el caos y vinculado al mundo de la pornografía infantil y el cine snuff (NdR: filmación de asesinatos reales).

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La teoría, que a priori suena conspirativa y descabellada (y no podemos descartar que, en efecto, lo sea), se fundamenta en distintos indicios e hipótesis surgidos a partir de algunas evidencias. No la desarrollaremos en profundidad porque para eso está la miniserie, pero quienes la hayan visto o la vean, además de sacar sus propias conclusiones, sabrán que David Berkowitz habría formado parte de un grupo de adoradores del Diablo conocido como “Los Niños” (“The Children”, en inglés), un supuesto desprendimiento de una secta religiosa surgida en Inglaterra en los años '60. En esta nota, nos centraremos en esa secta en particular y en el llamado “pánico satánico”, un fenómeno que la misma contribuyó a generar al mismo tiempo del cual fue víctima, fundamental para pensar el caso del “Hijo de Sam” a casi 45 años del primer asesinato.

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David Berkowitz.

David Berkowitz.

El Proceso: Dios, el Diablo, Manson, Sam... y el apocalipsis

La historia de la Iglesia del Proceso del Juicio Final (“The Process Church of the Final Judgement”, tal cual su nombre original en inglés), más conocida como “El Proceso” (“The Process”) a secas, comienza con otro culto religioso, uno de los más famosos del mundo: la Cienciología. Más precisamente en 1962, en la sede londinense de la iglesia creada por el escritor de ciencia ficción L. Ron Hubbard, el lugar donde se conocieron Mary Ann MacLean y Robert Moore. Allí, ambos se enamoraron mientras trabajaban como auditores, como se conoce a los miembros de la Cienciología que, mediante el uso de un artefacto llamado E-Metro, hacen un análisis de las vidas presentes y pasadas de las personas con el objetivo de “limpiarlas” de influencias negativas. Tardaron poco en convertirse en excelentes auditores, al igual que en abandonar la la fe en esa iglesia. MacLean tenía algunas ideas propias y quería explotarlas, y Moore la acompañó. Eso sí: se llevaron consigo uno de esos aparatos que tan bien sabían usar.

Con un E-Metro en su poder, la pareja fundó en 1963 un grupo bautizado como Análisis de Compulsiones, dedicado a métodos terapéuticos similares a los utilizados por la Cienciología y basándose en ideas del psicólogo Alfred Adler. Ese mismo año, Robert se cambió el apellido a “de Grimston”, siguiendo la sugerencia de que llevara uno más “distinguido” y solemne realizada por Mary Anne, con quien rápidamente se casó.

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Hábiles y carismáticos como eran, los de Grimston lograron conformar un grupo de fieles seguidores, en su mayoría jóvenes provenientes de familias con un buen pasar económico. Poco a poco, sus ideas y enfoque fueron cobrando un tinte cada vez más espiritual, hasta llegar a convertirse, en 1966, en un culto religioso con todas las letras: la Iglesia del Proceso del Juicio Final. La parte del “Proceso” de su nombre refería a los procesos terapéuticos para la iluminación de sus miembros, inspirados en la Cienciología, mientras que la parte del “Juicio Final” estaba relacionada con la base filosófica que los de Grimston habían delineado: que el fin del mundo estaba cerca y que Jesucristo y Satán unirían fuerzas para llevar adelante, justamente, el Juicio Final.

Las creencias principales profesadas por El Proceso terminaron de delimitarse y cobrar fuerza tras el éxodo de la secta. Sintiéndose no queridos y hasta perseguidos en su tierra natal, los “procesanos” dejaron Inglaterra y se radicaron en las Islas Bahamas. Allí, varios aseguraron haberse puesto en contacto, por intermedio de sus líderes (por supuesto), con ciertos “seres” que les indicaron que debían trasladarse a México. Y así lo hicieron.

Una vez en el país azteca, el matrimonio de Grimston y sus fieles viajaron hasta llegar a un pequeño pueblo de la Península de Yucatán llamado Xtul. Cuando supieron que, en maya, el nombre del lugar significaba “el fin”, los integrantes de la secta lo tomaron como una señal y decidieron establecerse allí. Pero no se quedaron mucho tiempo: al mes de estar viviendo bajo el techo de una fábrica abandonada en medio de la naturaleza, un feroz huracán azotó las costas cercanas. El fenómeno climático destruyó casi todo a su paso, pero ninguno de los miembros del culto resultó herido. Mary Anne, que desde siempre fue la autoridad máxima (por encima de Robert de Grimston, a quien el mencionado Maury Terry y tanto otros siempre creyeron como tal), convenció a todos de que el huracán era una prueba de que el apocalipsis estaba cerca y que, por ende, debían prepararse y predicarlo con más fuerza. Decidieron entonces regresar a Londres, donde planearían y ejecutarían su futura expansión.

Desde fines de 1966 y durante todo 1967, El Proceso comenzó a operar como una iglesia abierta al público y con un marcado interés por captar cada vez más fieles. La experiencia en México, fundamental y fructífera para el culto, trajo a la organización un orden jerárquico que mantendría hasta su final.

Mary Anne MacLean era la “Oráculo” y Robert de Grimston el “Maestro”, y juntos eran llamados “los Omega”. Como tales, eran tratados por sus seguidores como semi-dioses y, a diferencia de los demás, vivían separados de la comunidad y casi como reyes, gastando la mayoría de los ingresos en su estilo de vida. Debajo de ellos, se encontraban los miembros más antiguos y adeptos, ordenados también de forma escalonada: primero estaban los “maestros”, después los “sacerdotes” y, finalmente, los “profetas”. Los integrantes “rasos” eran llamados “mensajeros” y su tarea principal, además de participar en los rituales y actividades internos de la iglesia, era, justamente, predicar el mensaje de la secta y sumar nuevos fieles. Algo que hicieron, y con bastante éxito durante esa primera época.

Ayudados por la apertura mental y búsqueda de experimentación y conocimiento interno, oculto y esotérico propias de los años sesenta, como también por el uso de una imagen impactante y atractiva (para algunos, claro), los procesanos lograron captar a una interesante y creciente base de jóvenes entusiastas. Los miembros del Proceso vestían ropas y capas con capucha negras y violeta, con grandes y plateados crucifijos colgando de sus cuellos, mientras “evangelizaban” en la vía pública acompañados por imponentes perros ovejeros alemanes. Para 1968, y de ahí en adelante, no solo fueron vistos en las calles de Londres: la secta logró popularizarse al punto de abrir distintas sedes en ciudades de Estados Unidos, Canadá y Europa.

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Robert de Grimston, como su mote de maestro lo indicaba, era el encargado de plasmar la filosofía y fe de la pseudo-religión que había creado junto a su esposa. Para ello, se valía de uno de sus mayores talentos y poderes: la escritura. Todos los textos utilizados para profesar la doctrina, y la mayoría de los utilizados para difundirla, fueron escritos por él. Algunos de ellos fueron publicados en libros, siendo “The Gods and their People” (“Los Dioses y su Gente”), “Exit” (“Salida”), “The Gods on War” (“Los Dioses en la Guerra”) y “Humanity is the Devil” (“La Humanidad es el Diablo”) los más conocidos. Otros, en la revista que vendían los “mensajeros” y con la que intentaban atraer curiosos y posibles futuros miembros. Bautizada primero como “The Common Market” (“El Mercado Común”) y luego rebautizada, simplemente, como “The Process”, la publicación contaba con un diseño gráfico refinado y cautivante que, junto a la prosa de su (sub) líder, los temas místicos y filosóficos que abordaban y el aura misteriosa y oscura que exhudaba el grupo, generaba curiosidad y hasta fascinación en quienes se cruzaban con ella.

Básicamente, El Proceso profesaba la existencia de cuatro divinidades: Jehovah, Lucifer, Satán y Cristo (siendo este último el enviado de los tres anteriores). Para el culto, no se trataba de entidades literales, sino de la representación de distintas dimensiones de la personalidad de todos los seres humanos. Jehovah simbolizaba la fuerza, Lucifer la sabiduría, Satán la separación y Cristo la unidad. Para de Grimston, ninguna de estas dimensiones era maligna. Lo maligno, a lo sumo, era el camino destructivo que la humanidad venía construyendo en su conjunto, y por el cual sería juzgada y condenada. Como escribió en “The Gods and their People”: “Cristo dijo: 'ama a tu enemigo'. El enemigo de Cristo era Satán y el enemigo de Satán era Cristo. A través del amor la enemistad es destruida. A través del amor, Santo y Pecador destruyen la enemistad que existe entre ellos. A través del amor, Cristo y Satán han destruido su enemistad y vendrán juntos al Fin. Cristo a juzgar, Satán a ejecutar el Juicio”.

Antiguos miembros del Proceso, al igual que el sociólogo estadounidense William Bainbridge (quien se infiltró en una de las sedes norteamericanas del culto y publicó un libro sobre su funcionamiento), afirmaron en distintas oportuidades que, como tantos otros religiosos y no religiosos criados en la posguerra de la Bomba Atómica, creían que el fin del mundo no estaba lejos. Sin embargo, aseguraron que siempre interpretaron los escritos de de Grimston de manera metafórica, tal cual era su intención. De todas formas, gran parte de la prensa y el público (por no decir prácticamente todos) no tardó en tildarlos de satanistas y de tejer oscuras conjeturas y leyendas urbanas en torno a ellos.

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Todo comenzó, como también expone la miniserie de Netflix que disparó esta nota, con Charles Manson. Vincent Bugliosi, fiscal del juicio por los sangrientos crímenes cometidos por La Familia, interrogó a Manson acerca de su presunto vínculo con Robert de Grimston. Bugliosi sabía que una de las casas en la que el clan vivió cuando residía en la zona de Haight-Ashbury en San Francisco estaba al lado de una de las sedes del Proceso. También, estaba convencido de que el “Helter Skelter”, la guerra racial que Manson profetizaba y buscaba incitar para desencadenar el fin de la civilización occidental, había sido inspirado en las ideas apocalípticas del culto surgido en Gran Bretaña. Cuando le tocó contestar, Manson respondió de acuerdo a las expectativas del fiscal. Sin dudarlo, aseguró que él y de Grimston eran “uno solo”.

De ahí en adelante, la Iglesia del Proceso del Juicio Final fue asociada a lo siniestro, a lo diabólico, a lo conspirativo. No ayudó a contrarrestar esa imagen el hecho de que algunos de sus integrantes visitaran a Manson en la cárcel, ni mucho menos que se publicara un texto escrito por él en uno de los números de su revista. Pero tampoco importó demasiado. El vínculo con el autor intelectual de algunos de los crímenes que más conmocionaron a los Estados Unidos en su historia ya estaba construido y cualquier cosa que hicieran, dijeran o escribieran sería tomado por sus opositores como un claro indicio de sus aparentemente evidentes intenciones malignas. Como lo hizo Ed Sanders, autor del libro “La Familia”, quien instaló la idea de que El Proceso cumplía un rol central en la organización de una presunta red satánica-criminal subterránea que operaba a lo largo de toda Norteamérica. Y como lo haría luego Maury Terry en su investigación sobre los asesinatos del “Hijo de Sam”.

Del “pánico satánico” al refugio de mascotas

En 1987, Terrry publicó “The Ultimate Evil: An Investigation of America's Most Dangerous Satanic Cult” (“El Último Mal: Una Investigación sobre el Culto Satánico Más Peligroso de América”, en español), el libro que lo haría conocido y que lo convertiría en el protagonista de la recientemente estrenada miniserie de Netflix. Motivado por esclarecer la ola de crímenes adjudicada a David Berkowitz, a quien nunca contempló como el único responsable, el periodista se dedica en sus páginas a demostrar, mediante las herramientas que tuvo a su alcance y a tono con la teoría de Sanders, que la Iglesia del Proceso del Juicio Final no solo estaba detrás de los ataques y homicidios, sino que también lo estaba en muchísimos otros a lo largo de Estados Unidos y, por qué no, del mundo. Como el mencionado Sanders, Terry estaba convencido de que El Proceso era la punta de lanza de una gran conspiración satánica clandestina dedicada a realizar sacrificios rituales humanos en honor al Diablo, con la intención de desatar el terror y el caos en la sociedad para así, quizás, precipitar el apocalipsis.

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Desde la conmoción que generaron las ideas y macabros actos del Clan Manson, pasando por la provocativa creación de la Iglesia de Satán de Anton LaVey, el surgimiento y fortalecimiento de distintas ramas de fundamentalismo cristiano y el éxito e impacto cultural de la película “El Exorcista” (basada en la novela homónima de William Blatty que, a su vez, se basaba en un caso real sucedido en 1949), el ocultismo, lo satánico y lo maligno se arraigaron fuertemente en el inconsciente colectivo. Difícil es, no obstante, determinar el origen de la noción de una red de adoradores del demonio infiltrada en la sociedad en busca de sangre inocente para oscuros propósitos. Pero esa fue la noción que comenzó a cobrar fuerza en Norteamérica a finales de los '70, que se consolidó a principios de los '80 y que se expandió hasta entrados los '90.

Es necesario referirnos a dos hitos que popularizaron esta perspectiva, anteriores a la publicación del libro de Terry, aunque posteriores a la del citado libro de Sanders.

El primero de ellos fue la edición en 1980 de otro libro: “Michelle Remembers” (“Michelle Recuerda”), escrito por Michelle Smith y su esposo y psiquiatra Lawrence Pazder. En sus páginas, Smith narra los (presuntos) abusos sexuales de los que fue víctima durante su infancia en el marco de distintos rituales satánicos, los cuales tenía reprimidos en su subconsciente y logró rememorar gracias a distintas técnicas utilizadas por su entonces terapeuta y luego esposo. Con los años, tanto los métodos psicológicos de Pazder como los testimonios de Smith fueron completamente desacreditados. Pero en su momento, el libro se convirtió en un suceso comercial y cultural que, además de acuñar el término “abuso ritual satánico” que se volvería moneda corriente durante esa época, se utilizó como referencia autorizada en los sucesivas y cada vez más recurrentes denuncias de satanismo. Hoy en día, “Michelle Remembers” es considerado el emblema que desencadenó la histeria colectiva conocida como “Pánico Satánico”.

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El segundo fue el “Caso McMartin”, el más largo, costoso y escandaloso juicio penal de la historia estadounidense. A partir de la denuncia, en 1983, de una mujer que aseguraba que su hijo había sido abusado sexualmente en la Guadería Infantil McMartin (ubicada en California), y mediante la negligente intervención de una psicoterapeuta sin licencia de polémicos métodos, se acusó a siete personas de haber llevado a cabo al menos 321 actos de abuso infantil contra 48 niños en el marco de rituales satánicos realizados en “túneles subterráneos”. Además, durante la investigación, el juicio y su sensacionalista cobertura mediática, se llegó a decir que la familia que regenteaba el establecimiento producía pornografía infantil, que había sacrificado a un bebé y que hasta algunos de sus integrantes “podían volar”. Para 1990, cuando se llegó a un veredicto, ninguno de los acusados fue hallado culpable, por falta de evidencia. En cambio, las vidas de todos ellos quedaron arruinadas. La guardería fue destruida y cerrada, varios pasaron años en la cárcel por habérseles dictado la prisión preventiva, y todos fueron condenados mediática y socialmente mucho antes de que el juez dictara su sentencia. “Dije un montón de cosas que no pasaron. Mentí. Cada vez que les daba una respuesta que no les gustaba, volvían a preguntarme sobre lo mismo y me incentivaban a que les contestara lo que estaban buscando. En ese momento, me sentía incómodo y un poco avergonzado de estar siendo deshonesto, pero al mismo tiempo, siendo el tipo de persona que era, cualquier cosa que mis padres quisieran que hiciera, yo la hacía”, confesó en 2005 Kyle Zipolo, uno de los menores que testificaron haber sido víctimas de los supuestos abusos rituales satánicos, revelando así la presión a la que, como otros chicos, fue sometido por sus padres y por los investigadores.

“La teoría conspirativa era que se estaban llevando a cabo sacrificios humanos a lo largo de todo Estados Unidos. Algunos afirmaban que decenas de miles de personas morían por año producto de los mismos. Y que los responsables nunca podrían ser atrapados porque los stanistas se habían inflitrado en las fuerzas de seguridad y los medios de comunicación, para poder actuar con impunidad. Estaban en todos lados. Podían hasta regentear las guarderías a las que mandabas a tus hijos y realizar rituales satánicos con ellos mientras estabas en el trabajo. Y estos rituales eran tan malos que, si habías sido víctima de alguno de ellos, la mente humana los reprimía para que no tuvieras recuerdos como una forma de mecanismo de defensa”, explicó en una entrevista Joseph Laycock, profesor asociado de estudios religiosos de la Universidad del Estado de Texas, respecto a cómo funcionaba la histeria colectiva en torno al “pánico satánico”. “Satanismo en las guarderías, en el heavy metal, en David Berkowitz... Todo se mezclaba y se convertía en algo que no era real, pero que podía sentirse como totalmente real”, concluyó Laycock, en referencia a una época en la que se registraron más de 12.000 acusaciones de abusos sexuales relacionados con rituales satánicos, de acuerdo a una encuesta realizada en 1993 por el Centro Nacional de Abuso y Negligencia Infantil de Estados Unidos.

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Como pudieron o podrán ver en el documental dirigido por Josh Zeman, la teoría de Terry parte de los muchos indicios relacionados con el ocultismo y el satanismo hallados durante su investigación de los asesinatos atribuidos a Berkowitz. A partir de ellos y de algunos testimonios, el periodista da cuenta de la supuesta existencia de un grupo llamado “Los Niños”, perteneciente a o derivado de (no queda claro) la Iglesia del Proceso del Juicio Final. No aporta evidencias consistentes que prueben un vínculo real entre la secta que nos ocupa y “Los Niños” (de haber este grupo existido realmente). No se ocupa de investigar en profundidad al Proceso ni de averiguar que sucedió con el culto luego de su disolución, como tampoco de rastrear ni de entrevistar a sus integrantes, varios de ellos fáciles de identificar y ubicar. Solo se deja llevar por el testimonio de sus informantes y las similitudes que encuentra entre sus discursos y ciertas interpretaciones de los textos de de Grimston.

Lo cierto es que para 1974, dos años antes del primer asesinato atribuido al “Hijo de Sam” y trece antes de que Terry publicara su libro, la Iglesia del Proceso del Juicio Final se había disuelto en paralelo al matrimonio de sus líderes. La relación de la pareja se había desgastado tanto a nivel espiritual como íntimo. Por un lado, y probablemente para evitar más controversias tras el caso Manson, MacLean insistía con que debían concluir con su etapa “satánica” para pasar a otra fundamentalmente “cristiana”, mientras que de Grimston no estaba de acuerdo. Por el otro, de Grimston se había enamorado de una joven discípula llamada Morgana y MacLean, que había promovido orgías dentro del culto a la vez que designaba matrimonios por “mandato divino” entre los integrantes, no pudo tolerar esa relación.

Tras el divorcio, Mary Anne, desde siempre la verdadera líder, dio por finalizada la experiencia del Proceso y creó la Iglesia de la Fundación del Milenio, llevándose consigo a la gran mayoría de los ex procesanos. Con el tiempo, la misma cambiaría su nombre a La Fe de la Fundación del Milenio y luego a La Fe de la Fundación de Dios, aunque sus fieles se referirían a ella simplemente como “La Fundación”. Este nuevo culto, que creía en la Santa Trinidad y predicaba la segunda llegada de Jesucristo, se mantuvo hasta 1982, cuando MacLean se trasladó a Utah y lo reconvirtió en... un refugio de mascotas. Más allá de la imagen impactante y atemorizante que los perros les brindaban, los miembros del Proceso profesaron desde siempre un profundo amor por los animales, por lo que este nuevo paso fue sentido por muchos de los que habían quedado como el adecuado para dar. “Trataban mucho mejor a los perros que a los propios hijos que tenían producto de los matrimonios arreglados por Mary Anne”, dijo en ese sentido una ex procesana, muchos años después, en el documental “Simpathy for the Devil? The True Story of The Process Church of the Final Judgment”, derribando el mito de que El Proceso pudiera estar detrás de los sacrificios de ovejeros alemanes reportados por Terry. Finalmente, en 1993, La Fundación se convirtió en la Sociedad de los Mejores Amigos de los Animales y eliminó para siempre todos los vestigios y referencias religiosas que le quedaban.

En cuanto a Robert de Grimston, el antiguo “Maestro”, junto a Morgana y los pocos que lo siguieron, intentó mantener “El Proceso” acorde a su filosofía clásica, algo que no pudo hacer por mucho tiempo. Falto de fieles y, sobre todo, de recursos económicos, de Grimston abandonó el proyecto en 1979 y se retiró del liderazgo espiritual para siempre. Se insertó en el mercado laboral y llegó a convertirse en un ejecutivo de una empresa de telecomunicaciones. Dejó de ser una figura pública, pero a diferencia de lo que Terry y otros dijeron sobre él, no se desvaneció de la faz de la Tierra ni pasó a ningún tipo de clandestinidad. Para 1990 al menos, según un artículo de R.N. Taylor publicado en la antología “Apocalypse Culture”, su nombre figuraba en la guía telefónica y podía ser fácilmente contactado. Actualmente, se desconoce si sigue con vida. Mary Anne MacLean, por su parte, falleció en 2005.

El Diablo metió la cola

¿Y entonces qué? ¿Toda la teoría de Maury Terry es una paranoia conspirativa que se cae a pedazos? Es difícil dar una respuesta cien por ciento certera. Y lo es, simplemente, por la ineludible cuota de misterio que el caso y todas sus implicancias expuestas en la miniserie de Netflix mantienen. Uno que, probablemente, mantengan eternamente.

Realmente cuesta creer, después de todo lo escrito, que haya existido una red satánica terrorista clandestina como la que Terry afirmaba que había. Lo mismo que El Proceso tuviera un rol preponderante en algo como eso. Por otro lado, y ante la exhaustiva investigación de los crímenes del “Hijo de Sam” que el periodista hizo y que el documental muestra, también es complicado no tener dudas respecto a la versión oficial de que los asesinatos fueron cometidos por una sola persona. Sin embargo, ¿pudo Berkowitz, al final de cuentas, haber actuado en solitario, tal cual siempre aseguró la Policía, el FBI y los psicólogos que lo analizaron? Por supuesto. Y en este mismo sentido, ¿pudieron los crímenes haber sido obra de un grupo de satanistas relacionados de alguna manera con El Proceso? ¡Por qué no!

El quid de la cuestión es que, por más que pueda hasta probarse (y no se puede del todo) que la secta creada por los de Grimston jamás tuvo ningún tipo de participación en ningún tipo de crimen ni práctica ocultista, ¿quién puede ratificar del todo que el grupo “Los Niños”, de haber existido, no estuviera conformado por miembros o ex miembros del Proceso, o por personas que hubieran hecho una propia interpretación de su doctrina, como quizás lo hizo en su momento Charles Manson? O también, ¿quién puede confirmar fehacientemente que Berkowitz dijo la verdad cuando habló de su pertenencia a este grupo o que, en realidad, se lo inventó todo, como cuando dijo que el perro de su vecino le había ordenado matar?

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En definitiva, quizás nunca sepamos qué pasó del todo, en toda su complejidad. Tal vez, lo único que saquemos en limpio de esta historia de sectas, crímenes, conspiraciones e histerias colectivas sea la manifestación de un verdadero clima de época. El resultado de un tiempo oscuro y violento signado por el miedo y la desconfianza. Una era en y de la que, mejor, echarle la culpa al Diablo.

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