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La Mañana Historias del crimen

Los Destripadores de Chicago: la secta satánica de asesinos, violadores y caníbales seriales obsesionada con los senos

Robin Gecht, Edward Spreitzer, Andrew Kokoraleis y Thomas Kokoraleis conformaron una macabra y atroz banda criminal.

A principios de la década de 1980, Edward Spreitzer se sentía perdido en la vida. Era muy joven, tenía tan solo 19 años, pero no tenía estudios, ni trabajo, ni un hogar donde vivir. Había cumplido una condena por robo y no quería volver a la cárcel. Sin embargo, sus opciones eran limitadas. Aceptaba cualquier trabajo que conseguía, pero ninguno de ellos era bien pago ni, mucho menos, estable. Si seguía así iba a tener que volver a delinquir. Solo necesitaba una oportunidad... y alguien íba a dársela.

Fue en una de sus tantas búsquedas laborales cuando conoció a Robin Gecht, un carpintero y electricista que necesitaba obreros para un trabajo. El hombre de 27 años, un respetado padre de familia, se apiadó de Spreitzer y lo empleó, a pesar de sus antecedentes penales y su casi nula experiencia en el rubro de la construcción. Hicieron aquella primera obra juntos, y, como todo salió bien, volvió a llamarlo para otra. Y luego para otra. Y otra.

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Cuando quiso acordarse, Edward tenía un oficio. Y todo gracias a Robin. Lo que todavía le faltaba era un lugar donde vivir. La paga era digna, pero a duras penas le alcanzaba para un alquiler. Entonces, demostrando una increíble generosidad, Gecht invitó al joven a vivir con él y su familia, su esposa Rose Mary y sus tres hijos pequeños. Spreitzer, por supuesto, dijo que sí.

La que no estaba tan contenta era Rose Mary. No conocía ni se sentía cómoda con un extraño en su casa. Además, tampoco era que les sobraba el dinero. Al final de cuentas, los ingresos de su marido no eran tan altos y tenían tres bocas que alimentar, además de las suyas. ¡Si por eso tenía que trabajar de camarera en los turnos nocturnos! Pero Robin, como siempre, terminó por convencerla. Él quería poder darle una mano a un joven a quien nadie había ayudado jamás, y a ella, como devota cristiana que era, le parecía lo correcto después de todo. Tampoco puso demasiadas objeciones luego, cuando otros dos muchachos que trabajaban para su esposo, Andrew y Thomas Kokoraleis, pasaron también algunas noches bajo su techo.

Edward y los hermanos Kokoraleis amaban a su jefe. No solo estaban en deuda con él, sino que lo admiraban como nunca habían admirado a nadie. No podían creer la suerte que habían tenido de que sus caminos se cruzaran. Querían complacerlo y aprender todo de él. Querían ser como él. Incluso después de esa noche, en la que les confesó aquel secreto. Inesperado. Y oscuro. Muy oscuro. Robin Gecht era un adorador del Diablo.

Al principio pensaron que no hablaba en serio. Nunca habían visto un satanista en su vida, pero él definitivamente no parecía uno. Se dieron cuenta que no mentía cuando los llevó a su lugar oculto. Íntimo. Una habitación a la que llamaba “La Capilla”.

Otra noche, con los chicos ya durmiendo y Rose Mary en plena jornada laboral, los cuatro subieron al altillo de la casa. Uno que estaba siempre cerrado con llave y al que solo él podía acceder. Adentro, los jóvenes se encontraron con un pequeño cuarto que tenía cruces rojas y negras pintadas en las paredes y un altar sobre el cual se posaba una misteriosa caja, envuelta en una tela bordó. “Esa es la Caja de Trofeos”, les dijo, sin explicarles nada más. Faltaba tiempo para que se enteraran de qué se trataba. Primero, tenían que adentrarse en las artes oscuras.

Durante meses, Gecht leyó a los jóvenes pasajes de la Biblia Satánica de Anton LaVey, como también de otros libros vinculados al ocultismo y lo demoníaco. Les enseñó todo lo que pudo, y les reveló sus intenciones: quería invocar a un demonio. Pero para eso, era necesario dar un paso muy importante. Uno que todos debían estar dispuestos a dar si pretendían seguir en el camino que habían comenzado a emprender. Para contactar a las fuerzas del infierno y obtener grandes poderes a cambio, debían complacer al Príncipe de las Tinieblas. Y debían hacerlo llevando a cabo una serie de... actos.

Sacrificios. Rituales. Humanos.

Spreitzer y los Kokoraleis no estaban del todo seguros a qué se refería su jefe, pero cuando éste les preguntó si íban a comprometerse en su causa, ellos le dijeron que sí. No querían ni podían defraudarlo. En ese momento, Gecht decidió que sus iniciados ya estaban listos. Era hora de “alimentar” al Diablo.

Los atroces crímenes de los Destripadores de Chicago

La primera víctima de la improvisada secta fue una prostituta de 26 años llamada Linda Sutton. La banda la secuestró la noche del 23 de mayo de 1981, a bordo de una camioneta roja propiedad del carpintero-electricista. La amordazaron y se la llevaron a la habitación de un motel que tenían alquilada de antemano. Allí, la esposaron a una cama, la violaron, golpearon y torturaron. Luego, una vez fuera del establecimiento, Gecht le ordenó a Spreitzer que le cortara uno de sus pechos. El joven obedeció: amputó el seno izquierdo de Sutton cuando aún estaba viva y se lo entregó a su jefe. Después, el líder y sus acólitos apuñalaron en repetidas ocasiones a la mujer hasta la muerte. Descartaron su cadáver en un baldío cercano al motel y se fueron directo hacia “La Capilla”. Allí, Robin colocó el pecho diseccionado en el altar y procedió a recitar un ritual satánico. Se masturbó sobre el mismo y ordenó a los demás a que también lo hicieran. Cuando todos eyacularon, cortó en pequeños trozos el seno. Le dio uno a cada uno e indicó que debían comérselo. Los cuatro obedecieron. Cuando terminaron, tomó lo que quedaba de la mama de la víctima, abrió la misteriosa “Caja de Trofeos” y lo guardó adentro de la misma.

El siguiente ataque tardó un año en ocurrir. Durante todo ese lapso de tiempo, Gecht y sus empleados se dedicaron a trabajar en cuanta obra en construcción fueran contratados, pero también a seguir estudiando textos satánicos y ocultistas por las noches. Hasta que, en un determinado momento, Robin decidió que era tiempo de volver al ruedo. Les dijo a sus seguidores que, para que el Diablo los protegiera y tuvieran la oportiunidad de invocarlo, era neceario realizar los sacrificios rituales con mayor regularidad. Quizás se había convencido de su total impunidad: nadie los había relacionado de ninguna manera con el crimen de Sutton. O, tal vez, su sed de sangre, violencia y perversión simplemente había vuelto a surgir.

Lo cierto es que la mañana del sábado 15 de mayo de 1982, los cuatro salieron en su camioneta y a plena luz del día en busca de una nueva víctima. Merodearon por los suburbios de Chicago un buen rato hasta que, por fin, Gecht eligió una. Se trataba de una chica de 21 años llamada Lorraine Borowski, quien estaba a punto de abrir el local de la inmobiliaria Remax donde trabajaba como recepcionista. Al ver que no había nadie más en las inmediaciones, los hombres se bajaron de la camioneta y subieron a Lorraine a la fuerza. Otra vez, se la llevaron a un motel, donde ya tenían alquiladas de antemano varias habitaciones contiguas. Allí, al igual que con Linda, la violaron en grupo para luego torturarla, mutilarla y asesinarla. Luego, se dirigieron a “La Capilla”, donde repitieron el ritual masturbatorio y caníbal con uno de sus pechos.

A pesar de que la desaparición y búsqueda de Borowski fue inmediata (sus zapatos y llave fueron encontrados en la puerta del local de Remax el mismo día de su abducción), los restos de la joven fueron encontrados recién cuatro meses después, en un área descuidada de un cementerio local. La autopsia reveló que Lorraine había sido ultimada con un hacha, y que su seno izquierdo había sido cortado de cuajo mediante la utilización de un alambre cuando todavía estaba viva.

Pocos días después de cometido su segundo y brutal femicidio, el grupo salió de cacería nuevamente a bordo de su infame camioneta roja, el 29 de mayo de ese mismo año. Esa noche, Gecht divisó caminando sola y a la vera de una ruta a Shui Mak, una inmigrante de Hong Kong de 30 años que acababa de bajarse enojada del auto de su hermano, con quien se había peleado. Una presa demasiado fácil. La metieron en el vehículo y la violaron, torturaron, mutilaron y asesinaron allí mismo. Repitieron el ritual en el ático y descartaron el cuerpo en un campo. Fue encontrado recién en septiembre.

El siguiente crimen significó un antes y un después en el caso. El 13 de junio de 1982, Angel York, una joven prostituta de 18 años, fue abducida y atacada dentro de la camioneta, al igual que había pasado con Mak. Pero a diferencia de las veces anteriores, en el momento en que el cuchillo iba a llevar a cabo su sangriento trabajo habitual, Angel comenzó a pedir clemencia desesperadamente. Esto excitó a Gecht, quien, en ese momento, le propuso algo a su víctima: si ella se amputaba su propio seno, la dejarían con vida. Aterrorizada pero dispuesta a seguir en este mundo, York se llevó el filo a su parte íntima. Pero antes de que pudiera lastimarse, Robin le arrebató el arma y la cortó él mismo con frenesí. Luego, se masturbó sobre su herida y empujó a la joven fuera de la camioneta en movimiento. Creía que estaba muerta. Pero Angel solo estaba desmayada.

La joven sobreviviente, que tuvo la fortuna de ser rescatada y llevada al hospital, le contó todo lo que pudo a la Policía. Detalló lo que los cuatro hombres le habían hecho, e indicó que había sido en el interior de una camioneta roja. La información que brindó no era mucha, pero sí suficiente para que las autoridades tomaran dimensión de con quiénes estaban lidiando. No era ni uno ni dos. Eran cuatro los sádicos que tenían que encontrar. Cuatro que, pronto, volverían a violar, torturar, mutilar, matar... y comer.

El 28 de agosto de 1982, otra joven prostituta de 18 años llamada Sandra Delaware fue secuestrada. Su cadáver fue encontrado tan solo seis horas después de su muerte. Al ver sus manos atadas detrás de la espalda, las heridas de arma blanca, los signos de estrangulamiento debajo del corpiño que llevaba atado al cuello, los restos de semen y la falta del pecho izquierdo en su cuerpo, los investigadores supieron que los Destripadores de Chicago (como ellos mismos comenzaron a llamarlos) habían atacado de nuevo.

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Pero no eran solo depredadores de prostitutas, como creían. Los detectives lo confirmaron tan solo días después cuando Rose Beck Davis, una ejecutiva de marketing de 30 años, fue secuestrada en la vía pública. Su cuerpo fue encontrado en un callejón el 8 de septiembre. Estaba mutilado igual que todos los demás y mostraba signos de violación, estrangulamiento (había sido ahorcada con una media) y heridas de arma blanca. Además, había sido ultimada con golpes de hacha en el rostro. El femicidio de Davis generó verdadero terror en todo Chicago. A partir del mismo, la gente supo que cualquier mujer, de cualquier raza, origen y clase social, podía ser presa de los misteriosos y salvajes asesinos seriales.

Lo que nadie sabía, ni siquiera los fieles seguidores de Gecht, era que el género masculino también podía ser alimento para el Diablo. El 6 de octubre de 1982, el líder sorprendió a sus acólitos al subirse a la camioneta con un rifle. No era el tipo de arma que solían usar para sus rituales. Spreitzer condujo por varias zonas de la ciudad, cuando su jefe les anunció que la primera persona que viera por la calle iba a morir. Fue entonces cuando divisó a dos hombres charlando cerca de una cabina telefónica. Le pidió a su ladero que redujera la velocidad, sacó el caño de su escopeta por una de las ventanillas y les disparó varias veces. Producto del atentado, un hombre de 28 años llamadao Rafael Tirado falleció, mientras que su acompañante resultó gravemente herido.

Pero no volvieron a la casa tras ese crimen. Después de todo, y a pesar de haberse cobrado otra vida humana, todavía no tenían nada qué comer en nombre de Satán. Así que continuaron de cacería. Sin saber que su perdición estaba a la vuelta de una esquina.

La caída de la macabra secta

Esa misma noche, Gecht y los suyos volvieron a merodear por las zonas rojas de Chicago. Necesitaban una mujer para saciar su sed de violencia, y un seno para entregarle al Señor Oscuro. Así que decidieron que otra prostituta sería un objetivo fácil. Tan sencillo, que una de ellas se les acercó por sus propios medios, sin que ellos tuvieran que hacer nada.

Cuando la camioneta se paseaba lentamente por una calle desolada de ese sector de la ciudad, una trabajadora sexual de 20 años llamada Beverly Washington se aproximó, con la intención de conseguir un cliente. En vez de eso, se encontró con el caño del rifle de Robin Gecht, que la apuntaba. El carpintero le ordenó que ingresara a la parte de atrás del vehículo, y la joven obedeció. Una vez adentro, la desnudó, esposó y violó. Cuando terminó, le dio un puñado de pastillas y le dijo que se las tomara. Beverly lo hizo. Tras unos minutos, todo empezó a oscurecerse para la chica. Lo último que vio antes de quedar inconsciente fue a su violador sosteniendo un cuchillo.

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Cuando despertó, antes de tiempo y probablemente por el dolor, se sentía agonizante. Distinguió a otro de los hombres alejándose de ella semidesnudo. Acababa de ser violada otra vez. Todavía no sabía que había sido abusada sexualmente por todo el grupo, ni que su pecho izquierdo había sido amputado. Aún no estaba muerta, pero sentía que no faltaba tanto para estarlo. Más cuando fue arrojada en un basurero. Pero, por suerte para ella, un hombre que buscaba materiales reciclables entre los residuos la vio. Rápidamente, llamó al 911 y logró que Washington fuera llevada al hospital. Le salvó la vida.

Al día siguiente, dos detectives fueron a visitarla. Habían sido alertados acerca de la magnitud y sordidez de sus heridas, por lo que sabían que se trataba de un nuevo ataque de los Destripadores. Cuando los policías entraron a su habitación, se sorprendieron por lo rápido que la joven se había recuperado. Beverly estaba consciente... y quería hablar. Les contó todos los detalles del ataque (que expusimos líneas atrás) y describió a su atacante principal: un hombre blanco con bigote y pelo castaño peinado hacia atrás, de unos 25 años, que llevaba una camisa de franela y botas de trabajo con punta cuadrada. También logró dar una descripción más acabada de la camioneta a la que la habían obligado a subirse. Les dijo que era roja, de la marca Dodge, que tenía los vidrios polarizados, alfombras en su interior y que unas plumas azules y blancas colgaban del espejo retrovisor.

Con estos nuevos y reveladores datos, la Policía buscó el vehículo por toda la ciudad. El 20 de octubre, por fin, lograron encontrarlo. Un par de oficiales a bordo de un patrullero divisó en la ruta una camioneta que se ajustaba a la descripción que tenían. La detuvieron y vieron que al volante había un joven pelirrojo que lucía nervioso: era Edward Spreitzer. No se parecía al identikit que tenían del atacante de Beverly. Sin embargo, lo que sí era idéntico era el colgante de plumas del espejo retrovisor y todo lo demás en esa van. Los efectivos dialogaron unos minutos con Spreitzer, quien notablemente asustado, les dijo que la misma era propiedad de su jefe, con quien estaba yendo a encontrarse. Un tal Robin Gecht. Entonces, los policías le pidieron que los guiara hacia él. Querían hacerle unas preguntas.

Cuando llegaron a destino, Spreitzer entró a un departamento en construcción. Minutos después, otro hombre salió y se dirigió hacia ellos. Uno con los mismos rasgos y hasta la ropa descritos por Washington. El entusiasmo los invadió de inmediato. Sabían que tenían frente a ellos al peligroso violador y asesino que estaban buscando.

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Robin Gecht.

Robin Gecht.

Los Destripadores se confiesan (menos uno)

Las posibilidades de que la Policía detuviera a los Destripadores de Chicago, en un principio, se volvieron complicadas. Si bien Gecht y la camioneta se ajustaban de manera muy precisa a la descripción aportada por Beverly Washington (hasta encontraron en el interior del vehículo una pastilla con efecto somnífero), y aunque la propia Beverly, luego, identificara al líder de entre una serie de fotografías que le mostraron los investigadores, todavía no tenían pruebas suficientes como para incriminarlos de manera formal. Sin embargo, este panorama cambiaría cuando, en vez de concentrar su atención en el esquivo carpintero, decidieron interrogar a sus jóvenes ayudantes.

Tanto Edward Spreitzer como los hermanos Andrew y Thomas Kokoraleis no tardaron en confesar sus atroces crímenes. Todo lo reconstruido anteriormente en esta nota surge de la investigación policial, basada en gran parte en los crudos testimonios de los tres jóvenes, los cuales fueron grabados durante los interrogatorios. En ellos, no solo aportaron información respecto a los ataques ya mencionados (NdR: los únicos confirmados y por los que pudieron ser posteriormente juzgados): también hablaron de varios más.

Entre los tres se atribuyeron al menos 18 asesinatos. Spreitzer, por ejemplo, habló de dos femicidios que nunca pudieron ser confirmados por las autoridades. Por un lado, el asesinato a martillazos de una joven cuyo cuerpo jamás fue encontrado. Por el otro, el de una afroamericana a quien Gecht habría asesinado disparándole a quemarropa, para luego atar cadenas y bolas de bowling a su cadáver y hundirlo en un río.

Si bien los relatos aportados por los miembros de la secta eran detallados y específicos por momentos, en otros se volvían difusos. No recordaban todo lo que habían hecho, decían, porque participaron de casi todos los ataques bajo los efectos de las drogas y el alcohol.

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Shui Mak.

Shui Mak.

Cuando sus declaraciones fueron registradas, Spreitzer y los hermanos Kokoraleis se autoincriminaron en varios crímenes cada uno. Sin embargo, todos coincidían en algo: quien estaba al mando siempre había sido Robin Gecht. Y si ellos se habían involucrado solamente había sido para complacer a su jefe. Los tres lo admiraban en un pricipio, sí. Pero con el correr del tiempo esa reverencia se convirtió en verdadero terror. Según los detectives, los tres jóvenes estaban genuinamente asustados de su jefe. Temían que, si no hacían lo que él les pedía, algo terrible podría sucederles. En parte, porque conocían su brutalidad y sadismo. Por otro lado, porque realmente creían que tenía cierto poder sobrenatural. Aseguraban que había algo en su jefe que, cuando daba una orden, solo podías obedecerlo. Pensaban que, quizás, era verdadera su conexión con el Diablo.

Pero Gecht juraba ser inocente. Cada vez que era cuestionado, siempre mantenía la misma versión, con increíble calma. Aseguraba no tener idea de lo que sus empleados y la joven prostituta mutilada decían, ni mucho menos haber participado en crimen alguno. Recién pudo ser arrestado cuando una evidencia salió a la luz: la Policía descubrió el registro de las habitaciones contiguas que los cuatro integrantes de la banda habían alquilado a su nombre, en el motel donde Linda Sutton fue torturada. Los hermanos Kokoraleis habían recibido correo en esa dirección. A su vez, el gerente reconoció sus rostros y aseguró que se habían hospedado en su establecimiento. Los describió como “una especie de sectarios” que celebraban reuniones en esos cuartos, y a quienes había visto algunas veces acompañados por mujeres.

Luego de que el carpitero-electricista fuera por fin detenido y procesado, al igual que sus acólitos, la Policía obtuvo una orden de allanamiento. Se dirigieron hacia su casa y revisaron el siniestro ático mencionado tantas veces en las confesiones de Spreitzer y los Kokoraleis. Con excepción de un rifle, que coincidía con el tipo de arma con el que Rafael Tirado había sido baleado, no encontraron nada que lo incriminara de manera firme. El lugar parecía haber sido vaciado recientemente. Solo seguían ahí todas esas cruces negras y rojas pintadas en las paredes.

Juicios, castigos y después: ¿qué pasó Destripadores de Chicago?

Cuando Robin Gecht, Edward Spreitzer, Andrew Kokoraleis y Thomas Kokoraleis fueron puestos tras las rejas y llevados a juicio, los crímenes aberrantes con su marca registrada terminaron. Pero el horror público mrecién comenzaba. Al salir a la luz los morbosos detalles de su sangriento raid y sus rituales ocultistas, el llamado “pánico satánico” que había comenzado a fines de los años setenta y que marcaría toda la década de 1980 cobró más fuerza que nunca. El Diablo, que como Dios parecía estar en todos lados, era un peligro inminente. La consecuencia de una humanidad pervertida que, para muchos, se acercaba al final de sus días. Y la irrupción de los “Destripadores de Chicago” era un claro ejemplo de ello. A pesar de que su líder continuara rechazando todas las acusaciones en su contra. Todas menos una.

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Luego de fracasar en su estrategia de aducir demencia para evitar ser condenado (NdR: peritos determinaron que estaba en condiciones de ser juzgado), a Gecht no le quedó otra que admitir haber estado involucrado en el ataque a Beverly Washington. Sin embargo, volvió a negar ante la corte haber cometido cualquier asesinato o violación.

Debido a la insuficiencia de evidencias directas, y a la negativa de sus seguidores de testificar frente al juez en contra suya (NdR: según la Policía, el temor que le tenían a su jefe era muy notorio), Robin Gecht solo fue encontrado culpable por los cargos de secuestro, violación e intento de asesinato contra Beverly Washington. Su pena, no obstante, fue elevada: se lo sentenció a 120 años de prisión.

b Pero luego aceptó un arreglo judicial para evitar la pena de muerte y se declaró culpable de participar en la violación y asesinato de Lorraine Borowski. Fue condenado a cadena perpetua.

A pesar de que negó todos los cargos en su contra frente a la corte aduciendo presiones y torturas policiales durante sus confesiones, Andrew Kokoraleis fue encontrado culpable de las violaciones y asesinatos de Lorraine Borowski y Rose Beck Davis. Fue sentenciado a la pena de muerte.

Edward Spreitzer se declaró culpable de las violaciones y asesinatos de Shui Mak, Sandra Delaware, Rose Beck Davis y de participar en el crimen de Rafael Tirado. Por aceptar su culpabilidad fue condenado a cadena perpetua. Sin embargo, dos años después, fue llevado a juicio por el crimen de Linda Sutton. El veredicto lo encontró culpable de secuestro, violación y asesinato. La sentencia fue la pena de muerte.

De los dos condenados a la pena capital, solo Andrew Kokoraleis terminó siendo ejecutado. Apeló su sentencia varias veces a lo largo de los años, pero la misma siempre fue confirmada. Durante su estadía en el corredor de la muerte, finalmente, admitió haber violado y matado, pero aseguraba haberlo hecho por razones de ezquizofrenia. Sus argumentos nunca fueron considerados. Murió por inyección letal el 16 de marzo de 1999. Fue el último preso en ser ejecutado en Illinois: el estado abolió la pena de muerte en 2011. Edward Spreitzer, en cambio, fue indultado en 2003: su condena fue conmutada a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.

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Andrew Kokoraleis antes y después.

Andrew Kokoraleis antes y después.

Thomas Kokoraleis fue el único de los Destripadores que recuperó su libertad. A pesar de que en distintas entrevistas con la prensa, con psicólogos y con personal penitenciario terminó admitiendo su participación en más violaciones y asesinatos que el de Lorraine Borowski, su sentencia contemplaba la posibilidad de que accediera al beneficio de la libertad condicional. Abandonó la cárcel el 29 de marzo de 2019.

Gecht, por su parte, continúa tras las rejas, aunque tendrá la posibilidad de obtener la libertad condicional en 2042. Si es que no muere antes, claro: para ese momento tendrá 89 años de edad.

Al día de hoy, el líder de la secta satánica y caníbal que violó, mató, mutiló y aterrorizó al mundo entero sigue manteniendo su versión de inocencia. Aseguró, en varios reportajes, que tarde o temprano las pruebas de ADN confirmarán que dice la verdad. A pesar de que ni las autoridades ni los especialistas le creen, jamás admitió más que lo que reveló durante su juicio. No obstante, sí, en una ocasión, confesó su atracción hacia los pechos femeninos. En una carta que le envió a la periodista y escritora Jennifer Furio, quien le había preguntado de dónde venía su obsesión por los senos, Gecht le respondió: “Es una cosa de toda mi familia que se remonta a mi bisabuelo. Todos los hombres de mi familia nos hemos casado con mujeres de senos grandes. Mi ex esposa es una 39D, y fue muy satisfactoria para mí”.

A casi treinta años de los atroces crímenes de los Destripadores de Chicago, el caso sigue estremeciendo a la opinión pública. El último coletazo hasta el momento fue la indignación que generó en familiares de las víctimas y tantas otras personas la liberación de Thomas Kokoraleis. Sin embargo, y a pesar de la poca cantidad de evidencia en su contra comparada con la de sus ex socios, es Robin Gecht quien más resquemores sigue provocando. Ejemplo de ello es la palabra de Warren Wilkosz, uno de los detectives que atraparon a los siniestros sectarios. Cuando Kokoraleis recuperó su libertad, el policía dijo a la prensa no tener una opinión formada respecto a la decisión judicial que lo permitió. Pero aprovechó la oportunidad para advertir que sería “una cosa totalmente diferente” devolver a la sociedad a Gecht. “Hizo que Charles Manson pareciera un boy scout”,

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