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La Mañana

“Los medios también fueron cómplices en la impunidad de este baño de sangre”

El periodista y escritor Gabriel Seisdedos investigó durante dos años lo ocurrido el 4 de julio de 1976 en la Iglesia de San Patricio, donde un grupo de tareas de la ESMA acribilló a cinco religiosos.

Por PAULA BISTAGNINO

En la helada madrugada del 4 de julio de 1976, apenas tres meses después del Golpe militar, un grupo de tareas de la ESMA dirigido por el capitán Antonio Pernías ingresó en la Iglesia de San Patricio y fusiló a los sacerdotes Alfredo Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Dufau, y a los seminaristas, Emilio Barletti y Salvador Barbeito. “Es una historia silenciada y un crimen que aún hoy, 35 años después, sigue impune”, señala el periodista y escritor Gabriel Seisdedos, autor de El honor de Dios (Ciudad Nueva), un minucioso trabajo de documentación y reconstrucción histórica sobre lo que ocurrió aquella noche en el barrio de Belgrano: más de 150 personas entrevistadas, entre testigos, familiares, amigos, religiosos y ex represores conforman el libro, publicado por primera vez en 1996 y que acaba de ser reeditado, y un documental estrenado en la televisión norteamericana.
 
¿Quiénes son los palotinos?
Es una congregación católica de origen irlandés instalada en el país a fines del siglo XIX, y que siempre se distinguió por el compromiso de sus hombres con su tiempo, aunque no pertenecieron al Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. Sin embargo, tuvieron actitudes muy valientes frente a la violencia que les tocó vivir en ese momento.
 
El padre Alfredo Kelly, párroco de San Patricio, fue uno de los primeros en denunciar lo que estaba ocurriendo en el país en los primeros meses posteriores al Golpe.

Sin duda. Alfie Kelly, empezó a denunciar en sus sermones lo que sabía, como lo había hecho, previamente, con la violencia de la guerrilla. Cuando se produjeron las primeras desapariciones en el barrio y él recibía a madres desesperadas que estaban buscando a sus hijos, lo denunció desde el púlpito. Aún cuando sabía que estaba frente a una feligresía reticente, porque era un barrio muy vinculado a la Junta Militar.
 
Hubo un sermón en particular, conocido como “el sermón de las cucarachas”, que se cree que fue el detonante. ¿Qué dijo ese día?
Fue alrededor de un mes antes del asesinato. Alguien le había informado que en el bajo Belgrano se vendían muebles y valores de las casas de los desaparecidos. Es decir que, en los operativos, los grupos de tareas secuestraban personas pero además se quedaban con las pertenencias de las víctimas como botín de guerra. Y el padre Kelly los llamó “cucarachas”. Entonces, los feligreses vinculados a los militares empezaron a juntar firmas para echarlo, bajo la acusación de ser “comunista”. Esto tenía que ver, además, con que él había dejado que participaran en la parroquia jóvenes que no eran de origen irlandés y que no pertenecían “por clase” al barrio. Todo eso fue el caldo de cultivo para la masacre.
 
¿Cómo sucedieron los hechos esa madrugada del 4 de julio?
Entre la 1.30 y las 2 llegaron a San Patricio dos autos Peugeot 504 con siete hombres. Cinco de ellos entraron en la casa parroquial y sorprendieron a los tres sacerdotes, que ya estaban en sus habitaciones. Los llevaron al living, cortaron las líneas telefónicas y estuvieron con ellos más de dos horas. Los seminaristas llegaron después. Esto se sabe porque tenían la campera cerrada y la bufanda puesta. Los fusilaron a los cinco juntos y había un tirador por cada uno. Fue sangriento: sólo al padre Leaden le pegaron 33 balazos. Imaginate lo destrozada que tenía la cara que Rolando Savino, el organista de 16 años y alumno de música de Leaden, que fue quien encontró los cuerpos a la mañana siguiente, no pudo reconocerlo.
 
¿Nadie vio ni escuchó nada?
Sí. Varios jóvenes vieron a los autos detenidos ahí en la madrugada. El testigo principal fue Julio César Martínez, que era el hijo del interventor militar en Neuquén, José A. Martínez Waldner, que vivía en esa cuadra y, por temor a un atentado a su familia, fue a la Comisaría 37 y pidió que mandaran un patrullero. Al volver a su casa, vio que el móvil, a cargo del oficial ayudante Miguel Ángel Romano, paró, habló con los dos hombres que aguardaban en los autos, y se fue. En ese momento, todavía los sacerdotes estaban vivos. Esto evidencia que la zona se había “liberado”. En esto, está medianamente probada la responsabilidad de (Guillermo) Suárez Mason, que si bien era de Ejército, era el que podía dar esta orden.
 
¿Cómo se explica lo sangriento del hecho cuando la metodología habitual era el secuestro clandestino?
Este asesinato se enmarcó en lo que fueron las represalias del 2 de julio. Ese día explotó una bomba de Montoneros en el comedor de Seguridad Federal, con muchos muertos. La dictadura inició una seguidilla de asesinatos sangrientos del 2 al 5 de julio, entre otros, el de los padres palotinos. A pesar de que no existía ninguna relación entre ellos y esa bomba, los asesinos dejaron una pintada que decía: “Por nuestros compañeros caídos en Seguridad Federal”. Eso fue lavado por la Policía. También sobre el cuerpo de uno de los seminaristas, dejaron un afiche que arrancaron de una habitación con una historieta de Mafalda en la que el personaje señala la cachiporra de un policía y dice: “¿Ves? Este es el palito de abollar ideologías”. Querían, y lo lograron, dar un golpe que fuera notorio. Y también fue un mensaje para las voces que podían emerger desde la Iglesia.
 
¿Cómo se monta el operativo para hacer pasar el hecho como un crimen de Montoneros?
Se habla mucho de la complicidad de la Iglesia, pero los medios también fueron cómplices en la impunidad de este baño de sangre: todos los diarios y revistas como Gente, dieron crédito a la versión oficial cuando estaba muy claro que habían sido los militares. Las únicas excepciones fueron el Southern Cross, diario de la comunidad irlandesa, dirigido por el padre Kevin O´Neill –quien reemplazó a Kelly tras su asesinato- y el padre Federico Richards, y Robert Cox, del Herald, quien con enorme valentía dijo en su editorial, dos días después, que el asesinato era obra de grupos de tareas del Gobierno militar. Luego Jacobo Timmerman reprodujo el editorial del Herald en La Opinión, como homenaje a Cox.
 
¿Y la Iglesia cómo actuó?
Hay que diferenciar. La comunidad palotina actuó con muchos valor, tanto el padre O’Neill, como el padre Cornelio Ryan, que hizo muchas veces antesala en el despacho del ministro del Interior (Albano Harguindeguy). También fue a ver al general (Reynaldo) Bignone, que lo recibió con un arma en el escritorio. En cuanto a la jerarquía, es como dice Monseñor Laguna en la declaración que prologa el libro: la respuesta del episcopado argentino fue muy débil y nunca estuvo a la altura de sus pares brasileños y chilenos. Consintieron con el silencio. Diríamos, pecado de omisión.
 
¿Se sabe quiénes integraban el grupo de tareas que llevó a cabo el asesinato?
Se sabe que lo dirigía Pernías. Lo dijo Claudio Vallejos, el único de los hombres que intervinieron en el operativo que se quebró y habló, en los ‘90. A pesar de eso, Pernías, que ahora está siendo juzgado por su accionar en la ESMA, nunca fue juzgado por esto. Lo confirma una sobreviviente de la ESMA, Graciela Daleo, que dice que él se jactaba de haber dirigido el operativo. Ellos (Pernías y Daleo) tuvieron un careo en los ‘80 y él negó conocerla. Sin embargo, 26 años después, confesó que no sólo la conocía, sino que la había torturado.
 
A 35 años, el asesinato sigue impune. ¿Existe alguna posibilidad de que se pueda juzgar a los responsables hoy?
Lo único que se logró probar fue la complicidad de la Comisaría 37, cuando Aníbal Ibarra fue fiscal de la causa, a fines de los ‘80. De todas maneras, los autores materiales no fueron llevados a juicio. Luego el juez Baltasar Garzón intentó investigarlo, pero no hubo elementos como para reabrir la causa. Creo que se podría, pero, para eso, tendría que hablar alguno más de los que todavía están vivos: Pernías, los que estaban en los autos, el comisario Rafael Fensore y el agente Romano, los dos de la 37. Ojalá, pero dudo de que hablen.