Luna y Abigail, las chicas 10 en el estudio y en la vida

Tuvieron el mejor promedio en cuarto y quinto año del CPEM 53.

Por Mario Cippitelli / cippitellim@lmneuquen.com.ar

Las dos tienen 18 años, cursaron sus estudios secundarios en el CPEM 53 y tienen el sueño de seguir una carrera universitaria. Pero ambas adolescentes tienen en común algo mucho más particular: las dos tuvieron 10 de promedio en los últimos dos años, una en cuarto y la otra en quinto.

Las protagonistas de esta historia se llaman Luna Belén Muñoz y Abigail Mori, las “chicas 10” que llenaron de orgullo a sus familias y sorprendieron a docentes y compañeros con tan altas calificaciones.

Las dos reconocen que nunca tuvieron exigencias para que estudiaran, pero que siempre fueron aplicadas, y aseguran que tuvieron profesores buenos, que las apoyaron y otros no tanto.

Ambas confiesan que la secundaria no fue lo mejor que les pudo haber pasado. “Era todo muy aburrido”, dice Luna y asiente Abigail. Aseguran que los contraturnos que tenían en la escuela eran muy tediosos tanto para ellas como para el resto de los chicos y que también había cátedras con profesores aburridos, sin demasiado compromiso con la enseñanza. Ellas no tuvieron mayores problemas para seguir, por la dedicación que le ponían al estudio. Pero para otros chicos con problemas de comprensión fue durísimo, tanto que muchos repitieron o abandonaron.

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El CPEM 53 tiene orientación en medios de comunicación, pero el programa nunca se pudo completar. “Nos dieron la mitad de los contendidos”, asegura Luna. Abigail dice que ni siquiera tenía una computadora para editar los audios. En definitiva, un programa que se cumplió a medias.

Luna tiene tres hermanos y vive con su familia en el barrio Villa Ceferino

Pero más allá de los problemas del sistema, Luna y Abigail siguieron y ahora les toca el tramo más difícil que tiene un estudiante: los estudios terciarios.

Luna se anotó en el Colegio Militar de la Nación para seguir la misma carrera que su padre, pero estuvo un mes y no le gustó. “Todavía no se bien qué voy a estudiar”, reconoce. Dice que podría ser Psicología o Servicio Social, pero también hay otras carreras técnicas que podría seguir. Un test vocacional sería lo mejor. No lo descarta. Abigail sí tenía en claro que quería ser médica desde muy chica. Por eso les pidió a los docentes de Química y Biología que le dieran más contenidos de los que había en la currícula. Y los maestros aceptaron y la capacitaron. Hoy está cursando en la Facultad de Medicina de Cipolletti con mucho esfuerzo. “Es una carrera pesada al principio”, reconoce. Pero con el apoyo que tuvo en las materias más complicadas, por suerte está avanzando.

Cuando tienen tiempo libre, las dos estudiantes tienen cosas de las que ocuparse. A Luna le encanta la natación y además es scout. A Abigail le gusta jugar al handball y estudiar coreano, un idioma por demás extraño, pero que se dicta en una iglesia evangélica. “Me encanta”, dice entre risas.

Abigail tiene seis hermanos y vive con sus padres en el barrio San Lorenzo

Las dos se ríen cuando se les pregunta si en la familias que integran hay otros pibes “tragas”. Pero no. Ellas son las únicas.

Reiteran que les encanta estudiar y que se sienten cómodas en el mundo del conocimiento.

Hoy en una nueva etapa universitaria son Luna y Abigail, las dos jovencitas que hasta hace poco eran conocidas como las “chicas 10”.

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--> Contrastes de un sistema que no le sirve a la mayoría

El CPEM 53 tiene algunos notables contrastes en cuanto al rendimiento de los alumnos que allí concurren. Por un lado, fue la escuela de donde egresaron Luna y Abigail, con promedios de 10 en cuarto y quinto año, respectivamente. Pero, por otro, muestra una realidad que se repite en muchos establecimientos de la provincia de Neuquén: la enorme cantidad de alumnos que comienzan los estudios secundarios y nunca terminan.

En el curso de Luna egresaron 8; en el de Abigail, 14. Lo curioso es que los primeros años fueron más de 30 los chicos que habían ingresado en la escuela.

Según las “chicas 10”, el problema es que la mayoría no tuvo la contención necesaria por parte de los profesores. Frente a la no comprensión de contenidos, no había una asistencia inmediata. Y los pibes se iban quedando en las materias hasta que se las llevaban. A veces eran tantas que terminaban repitiendo. El abandono de los estudios era la última consecuencia.

“El sistema es el que está fallando”, asegura Abigail, quien -igual que Luna- muchas veces tuvo que ayudar a sus compañeros.

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