Malvina, la portera que trabajó hasta los 80 años

En junio cumplió los 100. Protagonizó una dura experiencia de vida.

Por Mario Cippitelli - cippitellim@lmneuquen.com.ar

Malvina está dormida. Descansa plácidamente en un sillón que hay en el living de la casa y está ajena a la charla que hay alrededor de ella. El grupo de mujeres no tiene reparos en hablar fuerte y reírse al recordar anécdotas de tiempos remotos. Cada frase es un disparador para que alguna de las que están sentadas alrededor de la mesa se acuerde de aquel dato o aquella situación tan pintoresca. Es una charla apasionada que precisamente hace referencia a Malvina. Y las voces se superponen entre los silencios cada vez que tratan de hacer memoria. “¿En qué año fue?”, “Yo era muy chica”, “Ella nos contó que….”.

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Pero Malvina no les hace caso. Duerme un sueño placentero y reparador en ese sillón que tanto le gusta. Descansa como si fuera un chico que estuvo jugando todo el día, con la diferencia de que la infancia la dejó hace tiempo. Tanto, que hace dos meses cumplió 100 años.

Hijas, vecinas y amigas tratan de reconstruir la historia de Malvina –o Malvinita, como la llaman cariñosamente en el barrio- mientras yo tomo apuntes en mi libreta.

Pregunto y piensan. Se acuerdan y contestan. A veces es una; otras, dos o tres a la vez. Pero la historia fluye.

Malvina del Carmen Busto nació el 16 de junio de 1919 en Piedras Blancas, un paraje ubicado en el departamento Minas, en el norte de la provincia, cuando el territorio de Neuquén era una porción olvidada de la Patagonia.

Dicen sus hijas que quedó huérfana de chica y que la crió una tía, pero que cuando cumplió los 14 la obligaron a casarse con Sigifredo Sánchez, un hombre cuatro años mayor que ella, que había enviudado y tenía tres hijos. Ella no cuestionó nada. Hizo caso al mandato de su familia. Así comenzó su vida de mujer.

Ese hombre elegido para ella por otros sería su hombre. Con él tendría 16 hijos, como era costumbre de la época. No porque les gustara la familia numerosa, sino porque tampoco había demasiada educación y mucho menos, salud. Los críos se morían de nada y era común parir muchas veces para que las probabilidades de vida dejaran un saldo a favor. Malvina lo sabía. Lloró a cuatro, hizo duelos efímeros, pero siguió adelante, ayudando a su marido, alimentando a sus hijos, trabajando.

En la sala donde transcurre la entrevista se hacen silencios cuando afloran las anécdotas tristes. Las mujeres se callan. Miran hacia abajo porque les duele contar estas historias tan duras, pero retoman frente al incentivo de una pregunta o alguna frase para romper esos momentos vacíos.

Se sobreponen a los recuerdos feos y relatan que la familia se trasladó a la zona de la Confluencia promediando los años 40. Con toda la prole a cuestas, vivieron en Cipolletti, luego en una chacra de Cuatro Esquinas, hasta que finalmente llegaron a la ciudad de Neuquén. Cerca del puente carretero, el marido de Malvina levantó una casa humilde, sin mayores comodidades y menos para tantas personas. El lugar, por aquel entonces, era una extensión de la barda inmensa rodeada de un caserío incipiente que con los años iría tomando la forma de un barrio.

No era una vida fácil para los Sánchez. Sigifredo trabajaba como sereno en un galpón y ese era el único sustento para mantener al familión que había formado con su esposa. Todo se hacía poco, pero se las arreglaban como podían.

Las cosas empeoraron cuando este hombre, el único sostén de la familia, murió de manera inesperada, en 1962. Dicen sus hijas que fue un accidente espantoso un día que pasaba el tren y él no vio la formación mientras intentaba cruzar las vías. Fue una tragedia que cambiaría la vida de los Sánchez, especialmente para aquella mujer de 42 años, que había quedado sola con una docena de hijos.

Empezar de nuevo

Malvina comenzó a trabajar como portera en la escuela 35, que después cambiaría de nombre y se transformaría en la 235, en el barrio Provincias Unidas. Algunos de sus hijos también tuvieron que salir a ganarse la vida para ayudar a su mamá.

Comentan las mujeres que dentro de lo difícil que fue este cambio tan brutal, fue la etapa en la que Malvina mostró su perfil más corajudo y solidario a la vez. No solo se dedicaba a mantener su hogar, sino que además se había convertido en un pilar de aquella escuela que le había abierto las puertas para darle trabajo. En ese lugar limpiaba las instalaciones, cultivaba plantas, cuando faltaba agua cargaba baldes desde el río, le preparaba la leche a un ejército de chicos del barrio y se encargaba de que no faltara nada. Y como si fuera poco, también participaba activamente en la Parroquia Nuestra Señora del Valle y en Cáritas, preparando comidas, tejiendo ayudando a los que más lo necesitaban.

Sus hijas cuentan que nunca faltó al trabajo, por más enferma que estuviera, y que siguió colaborando en esa escuela que tanto quería hasta los 80 años. Y las vecinas y amigas que se sumaron a la charla también aportan datos para reconstruir la historia de esta mujer incansable. Aseguran que siempre estuvo a disposición de todos en el barrio y se ríen al recordar anécdotas graciosas por el carácter que tenía. Era brava, tozuda, luchadora…. Como para no serlo.

¿Por qué vivió tanto? Dicen que siempre tuvo una vida saludable, con una alimentación sana, con aquellas comidas caseras que preparaba con tanto amor. Pero fundamentalmente, sostienen que a Malvina la mantuvo viva su incansable actividad, ese espíritu de solidaridad y trabajo. Esa preocupación constante para sobreponerse a los golpes que le dio la vida, la responsabilidad permanente que la despertaba a las 5 de la mañana de cada día para empezar con su rutina, la familiar, la del trabajo, la comunitaria. Por eso todavía mantiene momentos de lucidez, aunque sus sueños sean cada vez más profundos.

En el living de la casa del barrio Provincias Unidas, donde la abuela vive con una de sus hijas, la charla se vuelve amena y nostálgica. Se percibe el entusiasmo que tienen todas para colaborar con esta crónica que será una suerte de homenaje.

A pocos metros, Malvina duerme y sigue ajena a las conversaciones. Solo la despertarán un momento para que el fotógrafo pueda hacer un retrato de todo el grupo. Abrirá los ojos, esbozará una sonrisa y volverá a cerrarlos porque es la hora de su siesta larga e irrenunciable. Es que hace dos meses cumplió 100 años. Y se nota que está cansada.

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