Martín Orellana y su familia se mudaron a Neuquén de la noche a la mañana. En el apuro por instalarse en la capital, el niño, que entonces tenía cuatro años, se ocupó de empacar en su equipaje una costumbre muy propia de su Andacollo natal y que aún hoy lo conecta con su abuelo en cada cambio de estación: la trashumancia.
Aunque no se formó como criancero, Feliciano optó por esta actividad típica de la identidad neuquina después de su jubilación. El hombre, que trabajaba en el área de Producción de la provincia, se retiró de su trabajo y comenzó a comprar algunas vacas y gallinas. Pronto, su apuesta por los animales creció hasta congregar a un buen número de chivas que lleva a pastar a la cordillera.
Instalado en Andacollo, Martín tenía apenas tres años la primera vez que participó de un arreo. Acompañaba a su abuelo arriba del caballo para llevar a los animales hasta la cordillera en búsqueda de los pastos más verdes que prometían engordar a sus piños. Así, descubrió un amor muy interno por los animales.
"Me gustan los animales de todo tipo", dice Martín, desde la casa que comparte con su familia en Neuquén capital. Para alimentar sus pasiones por la vida al aire libre, viaja todos los veranos y los inviernos a participar de la trashumancia, para hacer caminar a buen paso a las vacas y las chivas y así perpetuar una costumbre neuquina que marca a fuego a los crianceros del norte.
Nora, su mamá, arruga el ceño cuando le preguntan sobre el futuro. "A mí no me gusta para nada, pero es algo que a él le nació solo, nadie lo forzó nunca a participar de las veranadas y las invernadas", dice y explica que lo deja seguir el rumbo de sus pasiones y ese vínculo inquebrantable que lo ató a su abuelo para siempre.
"Cuando lo vemos un poco nervioso, sabemos que es porque extraña a su abuelo", afirma y le lanza una mirada dulce. "Por eso viajamos una vez por mes, mi papá casi no viene pero estamos en contacto permanente con él y cada vez que mis hermanas viajan, Martín se suma para ir a visitarlo", explica.
En sus primeros meses en Neuquén, Martín tuvo dificultades para adaptarse a la nueva vida. Sólo quería volver al campo con su abuelo, sus vacas y sus chivas. "Lo veíamos que iba a la escuela y jugaba a arrear a sus compañeritos", se ríe su mamá. Su ADN de criancero parecía escapársele en cada gesto, y Nora decidió inscribirlo en clases de equitación para que siguiera vinculado con los caballos.
Aún aferrado a la disciplina, el niño desarrolló una fuerte aptitud para montar a caballo, que ahora despliega cada mayo y cada diciembre, cuando le toca ensillar a su caballo en Andacollo y salir hacia la cordillera para arrear a sus animales. Si bien Feliciano inculcó la actividad a sus 12 nietos, Martín es el más fascinado por la vida del campo, por lo que ya tiene sus propios animales en el grupo que cría su abuelo.
"Ahora en mayo vamos a la invernada, nos levantamos todos los días a las 7 y a las 9 ya salimos para la cordillera. Tomamos el té y ensillamos el caballo para salir", explica Martín. Como viene practicando esta tarea desde siempre, no le cuesta demasiado desenvolverse en los hábitos trashumantes. "Lo más difícil es cuando las vacas y las chivas no quieren caminar, y hay que renegar un poco y seguir, seguir, hasta llegar al alojo, recién ahí se puede descansar", relata.
Aunque mamó la vida del criancero en una casa precaria en la montaña, Martín ahora acompaña a su abuelo en un tráiler especial. "Con todos los lujos", detalla Nora. Y es que sus hijos se mudaron a la capital buscando otras oportunidades, pero equiparon su nueva vivienda para darle más confort en la vida de jubilado que eligió, bien cerca de los animales.
"Él no viene casi nunca a Neuquén, tiene una nieta de tres años en Cutral Co que ya le está inculcando la trashumancia", dice Nora y detalla que, de todos los nietos, Martín parece el candidato para seguir la tradición de su abuelo. "Yo tengo otro hijo estudiando Ingeniería Civil, por ahora Martín acompaña a su abuelo y después verá, el otro día hablábamos de la importancia de estudiar", afirma.
Durante la pandemia de coronavirus, y a partir de la falta de contacto entre nieto y abuelo, Feliciano tuvo problemas de salud. "No podíamos ir a verlo pero tomamos todos los recaudos para ir a acompañarlo y viajamos para allá", dijo sobre el tiempo que los dos pasaron separados y que desnudó cuán edificante es su relación.
Él dice que todavía no piensa en el futuro. Sabe que quiere seguir acompañando a su abuelo para rendirle honor a ese vínculo tan fuerte que los une, y que lo lleva a viajar 500 kilómetros en cada oportunidad que encuentra para compartir un mate y una tarde de campo. Ahora, ya cuenta los días para la próxima invernada, cuando el frío de mayo promete apretar la punta de los pies mientras traslada las chivas arriba de su caballo.
"Las directoras ya saben y me dan permiso, me tomo 10 días en el invierno y en diciembre termino y me retiro 10 días antes", dice y agrega que sus compañeros de la ciudad le preguntan sobre el día a día en la cordillera, sobre los arreos, los caballos y los alojos. Y él, como un joven embajador de su Andacollo natal, explica los detalles de una costumbre que parece estar todavía lejos de la extinción.
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