Martín Espiasse: un fantasma, una obsesión
Todo hombre que lo ha visto alguna vez le teme. Martín Alejandro Espiasse Pugh (42) fue durante muchos años el delincuente más temido del país y un matapolicías. En Neuquén, les quitó el sueño a varios investigadores, a los que todavía hoy les cuesta pegar un ojo y por momentos se encuentran desvelados en medio de la noche y repitiendo su nombre como si fuera un mantra.
En Neuquén, revolucionó el mundillo criminal y su cuerpo da cuenta de ello, porque casi lo mata de un tiro en el pecho un delincuente pesado del oeste.
La Policía nunca lo pudo corporizar, pese a que lo vieron en cámaras de seguridad y hasta lo tuvieron a una pared de distancia.
Espiasse fue un fantasma para los investigadores, una sombra que los obligó a invertir muchísimas horas y recursos para tan solo convertirse en una historia para contar.
Y con ustedes…
El temible delincuente contó con varias identidades falsas: Flavio Elías Cores, Matías Nicolás Lagos González y Eduardo Fuentes. Aunque los que lo conocían le decían Banana, Narigón o Tincho.
En su hoja de vida, Espiasse cuenta con el crimen de dos policías en Trelew, una fuga de película del penal de Ezeiza y otra fallida en Mendoza, además de un sinnúmero de golpes.
Nunca se logró determinar si mató a su esposa en Córdoba. Algunos cuentan que le disparó a sangre fría mientras ella le reprochaba sus andanzas criminales.
Su última caída fue en Mendoza en diciembre de 2017. En la casa encontraron un arsenal de armas, explosivos y droga. Tenía todo el material necesario para atacar un blindado, una de sus especialidades.
En la actualidad, está alojado en el penal de Ezeiza cumpliendo varias condenas.
Destino criminal
Espiasse nació y se crió en una familia donde se respiraba delito y muerte. Su abuelo, su padre y sus hermanos eran delincuentes. Él se sumó al ambiente en su adolescencia y con el tiempo también lo hizo su hijo que nació en Neuquén.
El destino del Tincho parecía estar signado por la criminalidad. A los 15 años, su padre le regaló un revólver calibre 22 que luego utilizaría en sus primeros robos.
El mundillo del delito le apasionaba porque lo había mamado de chico y también por la adrenalina que le generaba.
Las tragedias familiares también supieron signar su vida. Al padre lo asesinaron en un supuesto ajuste de cuentas. Al hermano lo mató una víctima durante un robo en Mar del Plata.
Finalmente, a su hijo, Martín Alejandro Aguirre, lo asesinaron de un puntazo en el corazón en el penal de Bahía Blanca, por una cuenta pendiente que tenían con él. Ni siquiera pudo despedirlo.
Así las cosas, la vida de Martín Espiasse es la de todo un forajido.
Neuquén al rojo vivo
El paso del Banana Espiasse por Neuquén está grabado en la memoria de los viejos policías, que al hablar del tema ponen su mirada en el horizonte mientras fluyen los recuerdos de las distintas pesquisas que hicieron sin fortuna.
Recuerdan que llegó a Neuquén en 1997 escapando de la Justicia chubutense. Tenía una veintena de robos sobre su espalda.
Con sus antecedentes de pibe duro, el hampa neuquino le abrió las puertas y le brindó protección.
Rápidamente se puso a “trabajar” en conjunto con otros pesados de la región. “Se juntaron con Espiasse todos los delincuentes importantes que había en ese entonces. Ellos tenían sus propias bandas, pero se abrían para hacer los golpes con Espiasse porque eran más redituables. Le tenían respeto o miedo porque era muy violento”, reveló una fuente a LMN.
Junto con ellos también iba el hermano del Banana, que con 17 años parecía endemoniado. “Tal vez, si no lo hubieran matado a tan temprana edad, habría sido hasta más bravo que Espiasse”, especuló un viejo pesquisa.
Verano del 98
Una seguidilla de robos a importantes distribuidoras de la región y con la misma modalidad delictiva tuvo en vilo a los investigadores ese verano.
Fue en ese entonces que la Policía tomó conocimiento de quién era Espiasse y de su virulento prontuario.
Un buche (informante) le pasó el dato a la Policía y batió sus características físicas. Hasta ese entonces, nunca lo habían visto en persona y no tenían ni fotos de él. Espiasse era solo un nombre, sin cuerpo ni rostro.
Tras un robo a una distribuidora del Bajo neuquino liderado por el Narigón, los delincuentes huyeron en un auto que se fue a guardar al barrio Bouquet Roldán, a una casa que estaba sobre calle Teodoro Planas.
La suerte quiso que el vehículo fuera identificado por unos policías y, con dos móviles no identificables, cubrieron la calle a la espera de refuerzos.
“Cuando salió el auto, lo cortamos”, recordó un investigador que participó del procedimiento.
“El conductor fue detenido de toque, pero el acompañante salió corriendo y otro policía lo persiguió. En medio de la carrera, el pibe giró y disparó con una escopeta. El policía se salvó de milagro”, detalló el pesquisa.
La persecución siguió por los techos y atraparon al joven cuando intentaba ingresar de nuevo a la casa de donde había salido.
La escopeta la secuestraron en el techo y el pibe detenido resultó ser el hermano de Espiasse.
Como era menor, recuperó la liberad, pero cuando vieron su historial delictivo se ordenó su detención y fue trasladado al hogar de menores Suyai-Hue, en San Martín al 6500, cerca del aeropuerto neuquino.
La madrugada del 6 de febrero de 1998, Martín Espiasse y tres cómplices ingresaron fuertemente armados y encapuchados al hogar para concretar la extracción de su hermano.
Tanto el sereno como el personal del lugar fueron maniatados y encerrados en una habitación. Al ver semejante despliegue, otros cinco pibes aprovecharon para fugarse.
“A ese pibe (por el hermano de Narigón) lo terminaron matando durante un asalto en Mar del Plata un par de meses después. Era muy bravo”, recordó otro policía que trabajó por aquellos años y que también mastica bronca porque nunca logró dar con Espiasse.
Pesado entre los pesados
En el Alto Valle de Río Negro y Neuquén, los robos tipo comando continuaron. “Eran golpes muy violentos”, contó el investigador.
La sombra de Espiasse y de sus secuaces fue asociada a cada uno de los atracos importantes.
Mientras hacía pie firme en el hampa neuquino, su vehemencia lo llevó a enfrentarse con algunos colegas que le tendieron la mano cuando llegó huyendo de Chubut.
Fue así que tuvo una fuerte disputa con un viejo conocido delincuente del barrio San Lorenzo que supo ser puntero del MPN. Una noche, en medio de una discusión, el neuquino le arrebató la Magnun 357 y disparó al pecho del Banana.
La muerte estaba de franco esa noche y la suerte del lado de Espiasse, que realizó un raudo giro y el proyectil le rozó el pectoral derecho.
La cicatriz lo engrandeció aún más, a tal punto que la exhibía como una suerte de medalla.
Crimen del sargento Jara
El 7 de agosto de 2007, el sargento Gabriel Jara (42) junto con un compañero recibieron el dato de que Espiasse, que dos meses atrás había matado un par de policías en Rawson, andaba por Neuquén.
Esa mañana, Jara, que trabajaba en investigaciones, reconoció a unos delincuentes en la esquina de Intendente Carro y Misiones. Cuando los llevaba contra una pared para el cacheo, uno de los hombres abrió fuego y Jara quedó en el medio del cruce de disparos que hubo entre su compañero y los delincuentes.
Jarita, como le decían dentro de la Policía, no tuvo tiempo a sacar el arma y recibió tres tiros, el letal en la cabeza.
La Policía neuquina concretó ese mismo día la detención de dos de los tres atacantes involucrados. El tercero, que estaba prófugo, sospecharon que era Espiasse.
Tras el velatorio de Jara, un investigador avezado fue a ver a un buche al sector Los Pumas en Confluencia.
Los policías comenzaron a recibir datos clave del informante, que los llamaba a cualquier hora para avisarles dónde podría estar el prófugo.
En las jornadas posteriores al crimen de Jara, se sucedieron allanamientos en distintos sectores de la ciudad. “Estuvimos corriendo de una casa a otra con los datos del buche, pero siempre que llegábamos a un lugar, ya se había ido”, contó el pesquisa.
Los procedimientos se repitieron hasta que detuvieron a un tal Figueroa como el tercer involucrado en el asesinato de Jara.
“Era un novato Figueroa, para mí no tuvo nada que ver. De hecho, después ni siquiera fue condenado. El tercero que participó del ataque a Jarita fue Espiasse”, afirmó un viejo policía que vivió obsesionado con el famoso delincuente.
Tras los barrotes y con lanza en mano
En el penal de Rawson, Espiasse cumplía condena por el crimen de los policías. Ese fue el hecho que le valió el mote de “matapolicías”.
El episodio ocurrió el 15 de junio de 2007, cuando dieron un golpe al blindado que cargaba el cajero automático de la sede del Ministerio de Economía en Rawson.
Todo parecía encaminado hasta que se desmadró y, en medio del tiroteo, abatieron a dos policías. El hecho es uno de los más resonantes en la historia criminal de Chubut.
A mediados de 2012, mientras cumplía condena en dicho penal, había surgido el rumor de que se estaba preparando el terreno para la fuga de Espiasse.
Las autoridades federales tuvieron un par de comunicaciones telefónicas con sus pares de Buenos Aires y se determinó que lo trasladaran a la cárcel federal U9 de Neuquén, que estaba ubicada en pleno centro de la ciudad.
Como cada vez que se trasladaba a un delincuente peligroso, todo se hacía con extrema reserva y trataban de salir de madrugada o de noche, en forma intempestiva, para evitar que el hampa local pudiera interceptarlos.
El Narigón llegó a Neuquén y fue cuestión de horas para que se enteraran sus viejos compañeros de tropelías y también en cuestión de horas se transformó en uno de los líderes del pabellón.
Su violencia extrema también hizo que se resintiera en poco tiempo su liderazgo.
Alguna vez supo decir Espiasse: “La fuga es una idea fija que tengo en mi cabeza”. Y así fue. Desde que desembarcó en Neuquén, comenzó a tantear el terreno para escapar. El Banana sabía que del otro lado del muro tenía varios compinches que le podrían dar una mano en la huida.
En agosto de 2012, el servicio penitenciario ya sabía que el Tincho Espiasse buscaba una forma de llegar al hospital regional de Neuquén, y para eso necesitaba una lesión en riña para que fuera creíble.
Fue así que una noche de agosto se desató una batalla campal en el pabellón. Espiasse y dos presos, que eran sus laderos, luchaban contra el resto de los internos, unos doce delincuentes.
Ante este escenario, los penitenciarios llamaron a jefes de la Policía neuquina para que les prestaran apoyo extramuros por si se concretaba alguna fuga.
Uno de los investigadores neuquinos recordó: “Teníamos muy buena relación con los jefes de la U9 y ni bien me llamaron, fui para allá. Por las cámaras de seguridad vi la imagen borrosa de Espiasse. Es casi imposible describirlo con palabras, era increíble ver a ese tipo peleando contra el resto con una especie de lanza entre las manos que había hecho con un palo y una faca”, detalló.
Tras la intervención de la requisa, se logró controlar la pelea y varios presos debieron ser trasladados al hospital con cobertura de la Policía local.
“Espiasse estaba lesionado, pero no era grave. Tuvimos una charla con el director de la U9 donde le recomendamos que dentro de lo posible no lo trasladaran al hospital porque era una fija que de ahí se iba a escapar. Por suerte, de la enfermería del penal avisaron que ellos lo podían curar, por lo que se lo aisló y se le puso custodia adicional”, recordó el pesquisa a LMN.
A menos de 48 horas del incidente, las autoridades federales ya habían definido que al Narigón no lo podían seguir sosteniendo en la U9 y de nuevo se montó un operativo para trasladarlo a Rawson.
“Esa noche recuerdo que a Espiasse lo tuve a una pared de diferencia, pero no lo pude ver. Nunca lo pude ver personalmente”, reveló el investigador.
Meses después, el Banana fue trasladado de Rawson al penal de Ezeiza, donde el 20 de agosto de 2013 protagonizó una de las fugas más memorables de la historia. Trece presos atravesaron un túnel con la complicidad de penitenciarios y luego sortearon cuatro alambrados. En ese grupo iba Espiasse.
La última gran búsqueda
Tras la fuga de Ezeiza, Martín Espiasse se convirtió en uno de los prófugos más importantes del país. Por ese entonces se ofrecía medio millón de pesos de recompensa por su captura.
Todas las policías, principalmente las patagónicas, estaban en alerta. Cazar a Espiasse era llenarse de prestigio.
Corría 2016 y a esa altura el Narigón continuaba en libertad, burlando a todas las fuerzas de seguridad, y eso lo hacía más fuerte.
Una noche de septiembre, un delincuente pesado de Neuquén se tomó un colectivo en la terminal con destino a Córdoba. Antes de llegar a Cinco Saltos y perder señal, llamó a un jefe policial y le batió el dato de que Espiasse había llegado a la terminal de Neuquén.
“Esa noche no pude casi dormir”, reveló el policía, que al otro día requirió las cámaras de seguridad a la ETON.
El dato que le habían dado tenía hora y dársena de arribo, así que fue fácil ir derecho al momento en que el Banana, supuestamente, volvía a esta provincia.
Las imágenes de las cámaras de la ETON eran borrosas, pero se pudo ver una silueta que coincidía con la del famoso prófugo. También observó a una mujer con la que se retiró de la terminal en un auto.
Con esos datos en la mano, los pesquisas tuvieron una reunión secreta en la Jefatura de calle Richeri.
“Fue de noche la reunión. Ni bien hablamos con el jefe de Policía, Raúl Liria, este llamó al subjefe, Dalmiro Zavalla, a quién le pidió que viniera de inmediato a la Jefatura”, recordó la fuente.
Liria y Zavalla resolvieron apoyar el trabajo de recaptura, pero todo debía ser extremadamente reservado y el grupo solo se reportaría con Zavalla para evitar filtraciones.
Para dicha tarea, se les otorgó una camioneta y varios vales de combustible.
Para dar con el prófugo, necesitaban encontrar el auto en el que había salido de la terminal. En cuestión de días lo ubicaron y comenzaron a seguir sus movimientos.
“Teníamos que comprobar que era él. Lo seguimos un día hasta el Jumbo. Mientras compraba junto a la mujer, nosotros lo mirábamos a la distancia. Nos agarró la duda de si era o no. Dos días después, lo demoramos y lo llevamos al área de judiciales de la Policía para identificarlo y ahí descubrimos que no era Espiasse, pero era muy parecido”, confió el pesquisa que participó en la tarea.
El fantasma del Narigón siguió obsesionando a los investigadores neuquinos, que encontraron algo de paz cuando cayó en diciembre de 2017 en Mendoza. Espiasse estaba en una chacra y tenía un arsenal de armas y explosivos para su próximo golpe. Hoy duerme tras los muros y las rejas del penal de Ezeiza en un pabellón de máxima seguridad.
“No importa dónde lo metan, se va a escapar”, concluyó el obseso policía.
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