Hay un movimiento que propone nuevos paladares. Uno, que propone repensar los tintos como los conocemos y que busca sentar las bases para los vinos del futuro. Es un movimiento que tiene varios focos a ambos lados de la cordillera de Los Andes y que podría pasar desapercibido si no fuera que, cada tanto, algún tinto que recuerda a guindas y tiene una frescura jugosa y marcada nos llama la atención.
Tienen nombres poco conocidos. Según se tome la nomenclatura de España o Francia, las uvas se llaman Garnacha o Grenache, Cariñena o Carignan, Monastrel o Mourvedre, a la que se suma Cinsault, francesa a secas. Son un puñado de variedades entre las así llamadas mediterráneas. A las que deberían sumársele algunas de las italianas, Nerello Mascarese, por ejemplo. O griegas, como Xinomavro.
Las primeras, en todo caso, son las que comienzan a despuntar con toda claridad en los terruños de Sudamérica. La razón para su aparición es simple y compleja al mismo tiempo.
Sol, sol, sol y más sol
Para entender el ascenso de estas variedades hay que ponerlas en contraste. Mientras que las uvas bordelesas –Cabernet y Merlot, por mencionar dos– dominaron la escena mundial en el último siglo, plantadas desde California a Mendoza, desde Cachapoal a Barossa, las mediterráneas estuvieron a la sombra de ese éxito, aunque curiosamente encendidas bajo el al sol.
Sucede que las bordelesas son uvas adaptadas –seleccionadas sería la palabra más precisa– a un clima con un verano cálido pero corto, con temporadas de lluvia y cielos no siempre diáfanos. Las mediterráneas, en cambio, se curtieron al sol, el calor y la sequía estacional de la cuenca que les dio nombre.
Por eso, ahora que el mundo parece dirigirse hacia un lugar más cálido, las viejas uvas del mediterráneo, con linajes hasta los tiempos del César o incluso platónicos, comienzan a despuntar en regiones donde las bordelesas comienzan a sentirse un poco incómodas. Es el caso de Argentina y Chile.
Si uno piensa que las regiones cultivadas con vid en Los Andes están bajo el sol perenne del verano y amenazadas en la última década por una sequía que adelgaza los canales de riego, debería pensar también que a esos terruños se pueden adaptar otras uvas. Y eso es precisamente lo que motiva este despertar mediterráneo entre ambos países.
Chile adelanta dos casilleros
La historia dice que, luego del terremoto de 1934 que sacudió el sur de Chile, la crisis de la región, particularmente del Maule e Itata, precisó de un reenfoque con otras variedades más productivas que el País, extensamente plantado en la zona. Así llegó el Carignan y el Cinsault. Entre ellas, definieron un paladar en la región, ya que en su mayoría, además, están plantadas en secano (sin riego).
Garnacha llega un tiempo después, sobre el cambio de siglo. Al mismo tiempo algunos productores de Argentina, en Maipú y Valle de Uco, exploran la misma vertiente. Son contados con los dedos de una mano. Pero el tiempo y el calentamiento global comienza a ponerlos cada vez más en el centro de la escena.
Sin ir más lejos, a ambos lados de la cordillera de Los Andes y bajo este nuevo escenario, los tintos que encuentra naturalmente un balance entre acidez y fruta más fino son estas variedades. Solas o combinadas entre sí, en cortes.
Todavía son pocos los vinos que circulan en Argentina, en Chile hay bastantes más. Pero dado que ofrecen un paladar distinto, donde los taninos pueden resultar un poco reactivos al paladar formado en el Malbec de Luján o el Cabernet de Maipo, vale la pena ponerles el ojo (y la boca). Porque además de traer un refrescante aire nuevo en materia de sabores, abren una perspectiva creativa y sostenible para el mundo que viene.
Cuáles probar
Los productores que en Argentina les ponen foco a estas uvas son la mendocina Ver Sacrum, Alma Gemela y Corazón de Sol. En Salta, Estancia Los Cardones. No son los únicos, pero sí son aquellos que se centran en ellas.
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