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"Muchos dejaron todas las comodidades que tenían para venirse acá"

Carlos Bouquet Roldán: "La utopía sirvió para seguir avanzando". Fue el mandatario responsable del traslado de la capital desde Chos Malal a la Confluencia. Poco antes de su muerte, habló de su vida y de aquel proyecto con el que tanto soñó.

E s una entrevista de ficción realizada a través de un viaje en el tiempo. Es una charla fechada en 1920, en la ciudad de Buenos Aires con quien fue gobernador del territorio de Neuquén y responsable del traslado de la capital desde Chos Malal a la Confluencia.

Es Carlos Bouquet Roldán ya viviendo el otoño de su vida junto su joven compañera Sara Rodríguez Iturbide, después de haber trabajado intensamente en la tarea que le encomendaron: poner las semillas para que crezca una ciudad en el medio del desierto.

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Pudo haber sido una utopía, un proyecto de esos que muchos nunca se hubieran animado a emprender. Pero él lo hizo con todos los errores y aciertos, con la pasión que le puso desde el primer momento que pisó este rincón abandonado de la Patagonia.

- ¿La capital en el medio del desierto fue una utopía o realmente pensó que se podría convertir en una ciudad moderna?
Las utopías sirven para avanzar, para creer, para no bajar los brazos. La primera vez que visité el paraje tuve que convencerme de que en ese lugar se podría proyectar una gran ciudad. Lo comprobé cuando tuve que dormir en carpa hasta que construyeran el edificio de gobierno. Los vientos eran realmente implacables y el frío estremecía. No había agua y todo el lugar era un arenal salvaje. Muchos de mis colaboradores dudaron cuando conocieron el paraje. No lo decían abiertamente porque notaban mi entusiasmo, pero yo veía sus rostros y sus expresiones. Tenían razones en dudar. Pero cada obstáculo que se presentaba y se solucionaba, nos daba fuerzas para seguir adelante, para arreglar todos los problemas.

- Muchos años después, algunos criticaron el proyecto porque aseguran que detrás había un negocio inmobiliario…
Criticar a la distancia es más sencillo, aunque algo de razón tienen. Ahora yo pregunto: ¿qué manera había de convencer a tanta gente honesta y trabajadora para que viniera a vivir al medio de la nada? Fueron incentivos con compras y repartos de tierra. Claro que muchos se beneficiaron. Pero era necesario. Yo viajé a Buenos Aires para convencer a amigos comerciantes y terratenientes con este proyecto. Y muchos de ellos vinieron. Era una gran apuesta. Dejaron todas las comodidades que tenían para venirse acá.

- Para usted también lo fue, me imagino. Llevaba una vida cómoda, era una persona respetada, ilustrada, que en aquellas épocas era un lujo para muchos hombres…
Es cierto. Pero mi vida cambió mucho a partir de la muerte de mi hijo, que era un niño. Entré en un profundo pozo de tristeza del que no podía salir porque sentía que mi vida no tenía demasiado sentido. La causa de la separación de mi esposa tuvo mucho de eso. Supongo que fue lo que influyó para empezar proyectos nuevos que me entusiasmaran, que me dieran un nuevo impulso.

- Su relación con Sara Rodríguez Iturbide lo ayudó, me imagino.
Conocí a Sara cuando era una jovencita. Me da un poco de pudor hablar de ello. Yo le llevaba casi 30 años. En el pueblo no estaba bien visto que un hombre como yo -que además se había casado- tuviera una relación amorosa de este tipo. No fue fácil para mí, ni para ella. Recién cuando nos fuimos a vivir a Buenos Aires nos sentimos más libres, sin las miradas condenatorias de Neuquén. Pero nuestro amor fue puro y sincero. Ella me acompañó siempre.

- Usted tuvo una gran visión de futuro, pero erró en algunos cálculos. El cementerio y la cárcel quedaron en el centro de la ciudad…
¿En serio? (Se ríe). En todo caso, más que un error de cálculo fue la confirmación de que la gran ciudad que yo había soñado creció mucho más de lo que me imaginaba. Cuando diagramé la capital, me imaginé que el espacio para la cárcel era lo suficientemente lejos como para darle también seguridad al pueblo. Y el cementerio fue la tentación de ver aquella colina a lo lejos, para que nuestros muertos estuvieran cerca del sol. Eso se lo dije alguna vez a Talero.

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- De todas formas, en 1917 hubo una gran fuga… y fue sangrienta.
Es cierto. Todavía me cuesta creer que haya pasado eso. Probablemente las condiciones para los reos no eran las mejores y por eso se sublevaron. Pero piense en aquel contexto. Las condiciones no eran buenas para nadie. Vivir en Neuquén era realmente difícil para todos. No se imagina el trabajo que fue emparejar las calles, poner en funcionamiento los servicios mínimos, la educación, la salud, la justicia, abrir canales de riego, ¡traer el agua!. Porque los ríos no atravesaban el pueblo. Había que ir a buscarla.

Desafío: “Muchos dejaron todas las comodidades que tenían para venirse acá”

- Tuvo la suerte de que su cuñado José Figueroa Alcorta haya llegado a presidente de la Nación…
No sé si fue una suerte para mí. Él se había casado con mi hermana Josefa cuando ya era vicepresidente. La muerte de Manuel Quintana le cedió el lugar como primer mandatario y yo me fui a trabajar con él a Buenos Aires. Sí creo que fue una suerte para los neuquinos porque yo lo convencí de que había obras necesarias para hacer en Neuquén, especialmente para el riego.

- ¿Se refiere al Dique Ballester?
Exactamente. Yo lo acompañé en 1910 para colocar la piedra fundamental de esa obra majestuosa, que –me imagino- todavía sigue en pie, ¿no?

- No quiero darle demasiada información porque vine del futuro para hacer esta entrevista. Pero es así. La obra sigue en pie.
Entiendo que no quiera darme esa información. Me encantaría saber más de esa Neuquén moderna en la que usted vive. Supongo que la población se habrá multiplicado varias veces. Pensar que el primer censo que realicé en el caserío antes de trasladar la capital era de 427 vecinos. ¿Hicieron algún puente más además del ferroviario? No me conteste… ya sé que no me puede dar más información.

- Necesito hacerle la última pregunta. ¿Considera que fue un hombre feliz?

Es una buena pregunta. Tuve momentos de inmensa tristeza y otros de mucha felicidad. Mi balance es positivo, pero no sólo en lo que se refiere a cuestiones del corazón. Tuve la enorme responsabilidad de proyectar una gran capital en el medio del desierto. Hasta donde yo sé, el proyecto sigue avanzando y por algunas pistas que usted me dio, veo que lo conseguí. Ahora estoy más viejo. Estamos en 1920 y ya siento todos los achaques que me dio la vida. Pero no me puedo quejar. Creo que fui responsable en mis acciones y cumplí con mi gran sueño. Sí. Soy un hombre feliz.

Carlos Bouquet Roldán murió el 15 de mayo de 1921 en Buenos Aires, a los 66 años. Esta entrevista de ficción se realizó a través de un viaje en el tiempo, hace exactamente un siglo.

Esta nota es parte del suplemento aniversario de Neuquén que se publicó este sábado junto con la edición del diario.

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