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Aislado y con hábitos extremos: la historia del hombre que estuvo 60 años sin bañarse

El apodo con el que se lo conoció, “el hombre más sucio del mundo”, atraviesa su historia. La particular alimentación que tenía.

Cubierto de polvo, con la piel endurecida por el sol y la ropa deshecha, el hombre evitó cualquier contacto con el agua y construyó una vida al margen de las reglas más básicas de la convivencia. Durante más de seis décadas, Amou Haji caminó convertido en una figura imposible de confundir.

El apodo con el que se lo conoció —“el hombre más sucio del mundo”— simplifica una historia atravesada por el dolor, el aislamiento y una lógica personal tan férrea como incomprensible para quienes lo rodeaban.

Lejos de una excentricidad espontánea, su transformación respondió a una cadena de tragedias personales. Pérdidas familiares y una decepción amorosa lo empujaron a retirarse de la vida social. Con el tiempo, ese repliegue derivó en un miedo obsesivo a la higiene, convencido de que bañarse podía enfermarlo. Se instaló en una choza precaria y cuando el clima lo permitía, prefería dormir al aire libre, incluso dentro de un pozo cavado por él mismo.

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El hombre se convirtió en una figura conocida por su rechazo al baño y su forma de vida aislada.

El hombre se convirtió en una figura conocida por su rechazo al baño y su forma de vida aislada.

Una rutina extrema y coherente en sus propios términos

La vida cotidiana de Haji por la aldea de Dezhgah, en Irán, siguió un patrón inalterable durante años. Aceptaba donaciones de comida, aunque solo bajo condiciones estrictas: prefería carne de animales atropellados, rechazaba todo alimento cocido y bebía agua almacenada en envases oxidados. Evitaba el contacto con objetos “limpios” y sostenía que la suciedad funcionaba como un escudo.

Sus hábitos llamaban la atención incluso en una comunidad acostumbrada a su presencia. Según reconstrucciones publicadas por Tehran Times y Deutsche Welle, fumaba heces secas de animales en una pipa improvisada y encendía varios cigarrillos al mismo tiempo. No se trataba de gestos provocadores: respondían a una lógica interna rígida, sostenida durante décadas sin fisuras.

Los vecinos alternaron entre la distancia y la compasión. Hubo intentos de ayudarlo. En una ocasión, lograron subirlo a un vehículo para llevarlo al río y bañarlo; Haji saltó del auto en movimiento y escapó. Para algunos, su negativa expresaba una rebeldía silenciosa. Para otros, era la consecuencia de heridas profundas que nunca cicatrizaron.

Del anonimato a la atención internacional

Durante gran parte de su vida, Haji permaneció fuera del radar mediático. Esa invisibilidad se quebró en 2013, cuando un documental del realizador iraní Mehran Shafiei mostró su día a día y despertó el interés internacional.

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Medios como BBC recogieron testimonios de vecinos y visitantes, y describieron su refugio —mitad cabaña, mitad agujero— como una curiosidad que atraía a turistas.

La exposición no modificó su conducta. Respondía con frases breves y, en ocasiones, irónicas. Cuando le preguntaban por la muerte, desestimaba el tema. La suciedad era una frontera, no solo una condición física: separaba su mundo del resto.

Con la notoriedad surgió una pregunta recurrente: ¿Cómo estaba su salud? Poco antes de su muerte, un equipo de la Escuela de Salud Pública de Teherán, en Irán, encabezado por Gholamreza Molavi, viajó a Dezhgah para examinarlo. Los resultados sorprendieron incluso a los especialistas: presentaba un sistema inmunológico resistente y un estado general notable para su edad, con la excepción de una leve infección parasitaria atribuida a su dieta.

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