La correspondencia entre Karol Wojtyla y la filósofa Anna-Teresa Tymieniecka se extendió por más de 30 años y reveló un vínculo íntimo y singular.
Una serie de cartas inéditas reveló la estrecha relación epistolar que el entonces cardenal Karol Wojtyla, futuro Papa Juan Pablo II, mantuvo durante más de tres décadas con la filósofa polaca Anna-Teresa Tymieniecka.
El intercambio, iniciado en los años 70 y conocido públicamente tiempo después, dejó al descubierto un vínculo cercano y sostenido en el tiempo que fue definido por investigadores como una relación afectiva e intelectual difícil de encasillar. La publicación de los documentos reavivó el interés histórico por la vida personal del pontífice y el alcance de esa conexión.
La amistad del Papa Juan Pablo II con la filósofa polaca
La amistad de un sacerdote con una mujer casada no tiene, o no debería tener, nada de extraño. Lo que brilla en esta historia incluso candorosa, es el intercambio de cartas, tal vez de intenciones, que ambos mantuvieron por más de tres décadas. Un ejemplo: “Buscaba desde el año pasado una respuesta para estas palabras tuyas: ‘Te pertenezco’ y él le respondió enviándole un escapulario y llamándola “un don de Dios”.
La revelación de las cartas
Las cartas, donadas por Tymieniecka a la Biblioteca Nacional de Polonia y reveladas públicamente años después, muestran una relación marcada por la cercanía afectiva y la reflexión espiritual.
En uno de los mensajes, el entonces pontífice le aseguró: “Te escribo tras el evento, para que la correspondencia entre nosotros continúe”, mientras que en otro reconocía sentirla “por todos lados y en cualquier situación”.
No se conservan las respuestas de la filósofa, o fueron destruidas, o se perdieron, o fueron vendidas a algún coleccionista que todavía no las dio a conocer y tal vez nunca lo haga, lo que alimenta el misterio sobre la naturaleza del vínculo.
Historiadores y periodistas lo definieron como una conexión intensa y singular, “más que amigos, pero menos que amantes”, que abrió interrogantes sobre el costado más personal del Papa.
Quién fue la amiga del papa Juan Pablo II
Anna-Teresa nació el 28 de febrero de 1923, era tres años menor que Wojtyla, en Mazovia, Polonia. Se interesó desde muy joven en la filosofía después de leer “Doctrina sobre el contenido y el objeto de las representaciones”, del polaco Kasimierz Twardowski, y las obras de Platón y de Henri Bergson. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, estudió en la Universidad Jaguelónica de Cracovia y en la Academia de Bellas Artes de esa ciudad. Luego fue una seguidora y maestra de la fenomenología, que trata del estudio filosófico de las estructuras de la experiencia y la conciencia.
Lo de la Universidad Jaguelónica tiene lo suyo porque a punto de terminar la guerra, en enero de 1945, y cuando los nazis huían de Polonia, un joven seminarista llamado Karol Wojtyla retomó sus estudios en la Facultad de Teología de esa universidad, la misma donde, cuando era un muchacho de dieciocho años, había iniciado sus estudios de filología polaca en la Facultad de Filosofía y Letras, la misma donde cursaría Anna-Teresa. ¿Habrán sido Anna-Teresa y Karol, ambos interesados en la filosofía, compañeros de claustro?
En esos años, Karol era un muchacho atractivo e inquieto, qué joven no lo es. Como se sabe, Wojtyla oyó que Dios lo llamaba al sacerdocio a sus veintidós años; antes había sido un alumno brillante, con una carrera prometedora que torció la guerra. Las dos vidas, la de Anna-Teresa y la de Karol, estuvieron atravesadas por la guerra. Los estudios iniciales de Wojtyla acabaron en 1939 porque los nazis, después de invadir Polonia, deportaron o asesinaron a la mayoría de los docentes polacos, en un intento por borrar del mapa la rica cultura de ese país.
Los nazis impusieron un sistema de trabajos forzados para todos los varones polacos entre dieciocho y sesenta años. El futuro papa Juan Pablo II trabajó entre 1940 y 1944 en una cantera y en una fábrica química de Solvay. También se unió al grupo de teatro que lideraba el actor Mieczysaw Kotlarczyk, creador del teatro Rapsódico; de manera que Wojtyla, como un joven actor, subió a los escenarios para interpretar papeles de profundo contenido patriótico. Los escenarios marcan, definen, impregnan y seducen.
También se integró a un grupo de jóvenes católicos que resistían a los nazis con métodos pacíficos, Woktyla estaba entre ellos, o por otros medios no tan pacíficos, algunos incluso violentos; todos daban ayuda a los judíos perseguidos por las huestes de Adolf Hitler. Todos también estaban fichados por la Gestapo; y cuando el ambiente se puso pesado, Wojtyla y otros muchachos como él, se refugiaron en los subterráneos del arzobispado de Cracovia. En 1942 ingresó al seminario clandestino que había fundado el cardenal Adam Stefan Sapieha, arzobispo de la ciudad. Wojtyla fue ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946, fue a estudiar a Roma donde a fuerza de estudio se ganó el doctorado en Sagrada Teología, y regresó luego a Polonia. Su carrera sacerdotal fue velocísima. En 1958 el papa Pío XII lo consagró obispo auxiliar de Cracovia, en 1962 participó del Concilio Vaticano II lanzado por el papa Juan XXIII; en enero de 1964 el papa Paulo VI lo nombró arzobispo de Cracovia y lo hizo cardenal el 26 de junio de 1967, el segundo más joven de su época: tenía cuarenta y siete años.
Anna-Teresa casó con un economista de Harvard, Hendrik Houthakker, un holandés, como se decía entonces, con el que fueron padres de tres hijos Louis, Jan e Isabelle. Instalada en Estados Unidos, ella con un apellido de casada convertido en trabalenguas Anna-Teresa Tymieniecka Houthakker, el matrimonio fue amigo de Wojtyla, entonces arzobispo de Cracovia. Anna-Teresa lo había conocido en 1973, tal vez por la inclinación que ambos sentían por la filosofía. Ella viajó de Estados Unidos a Cracovia para trabajar codo a codo con Wojtyla en una versión más extensa de “Persona y Acción”, una obra que el obispo de Cracovia había escrito en 1969. Los dos se vieron varias veces ese año, el futuro papa Juan Pablo tenía cincuenta y tres años, y algunas fotos documentan incluso un camping que hicieron juntos y que incluía una práctica de esquí, deporte al que Wojtyla era muy afecto. La foto exhibe, para quien quiera verlo, un aire juvenil, casi adolescente en esas dos personas ya adultas que posan al pie de una carpa cualunque, o con un par de esquíes en los pies.
Cuando Anna-Teresa regresó a Estados Unidos, empezó a cartearse con el cardenal Wojtyla. La primera carta está fechada en ese año clave, 1973, el del primer encuentro, si es que no hubo uno o más de uno cuando ambos eran muy jóvenes. Es una respuesta de él a una carta de ella, que se ha perdido o está oculta en alguna parte: el cardenal le da una respuesta formal, no desvaída pero discreta. Al parecer, con el correr de los meses y de los papeles escritos, la relación epistolar se hizo más intensa.
El sacerdote y periodista Adam Boniecki. Que durante años dirigió el órgano oficial de prensa del Vaticano, “L’Osservatore Romano” y luego fue editor del prestigioso semanario católico polaco “Tygodnik Powszechny” reveló hace algunos años: “Algunas mujeres a veces suelen enamorarse de sacerdotes; esto siempre plantea un problema. Si ella (Anna-Teresa) estaba enamorada del cardenal Wojtyla no era tal vez la única en estarlo”. La última de sus cartas a Anna-Teresa fue enviada por Juan Pablo II meses antes de morir, en abril de 2005.
En 1974 ambos volvieron a verse: a veces a solas, a veces junto al secretario personal de Wojtyla, monseñor Stanislav Dziwisz, hoy arzobispo de Cracovia. Dziwisz fue mano derecha de Wojtyla cuando era obispo y cuando fue Papa: es el joven sacerdote que, demudado, sostiene a Juan Pablo II instantes después de haber sido herido de bala por el terrorista turco Mehemet Alí Agca, el 13 de abril de 1981, en plena Plaza San Pedro. Dziwisz ha sido y es una tumba sobre la relación de Anna-Teresa y Wojtyla.
Las cartas de Wojtyla fueron reveladas en 2016 por la BBC. Uno de sus periodistas, Edward Stourton, definió la relación entre ambos con la finura, la esbeltez y la elegancia de un espadachín florentino, y acaso con su mismo filo: “Ambos fueron más que amigos, pero menos que amantes”. Stourton también se inclina a pensar que mientras Anna-Teresa demostraba “intensos sentimientos” hacia el sacerdote, Wojtyla habría tratado de derivar la relación hacia una amistad que, si bien no podía dejar de ser intensa, tampoco podía dejar de ser amistad.
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