Nadie como él conoce los secretos de las tumbas

Javier Huebra. Trabaja en el Cementerio Central desde 2011. Dice no tenerles miedo a las supersticiones.

Con el tiempo, su piel curtida desarrolló una coraza que lo protege de todo el dolor que atraviesa cada servicio fúnebre.

Sólo cuando muere un bebé y supervisa cómo los operarios suben el cajoncito diminuto a la nichera, siente una presión indescriptible en el pecho.

Sofía Sandoval
ssandoval@lmneuquen.com.ar


Neuquén.- "¿Qué hacés trabajando ahí?", dice Javier que le preguntaban sus amigos. Es que a lo largo de su vida se dedicó a la gastronomía y a la política, pero nunca se le hubiera ocurrido ser el jefe de División en el Cementerio Central, a cargo de la colocación de los cajones en los nichos y las exhumaciones de las tumbas.

"Para mí este es un trabajo como cualquier otro", aclara Javier, aunque sí reconoce que en torno al cementerio siempre hay un halo de misterio que es la fuente de varios mitos. "Dicen que a los empleados municipales los mandan acá como castigo, pero yo veo que hay mucha gente que está cómoda acá", explica.

Cuando en 2011 le informaron sobre su nuevo puesto, a Javier no le convencía demasiado la idea. Los primeros días se dedicó a recorrer el predio y mirar tumba por tumba: encontró a varios familiares y hasta viejos conocidos que no había vuelto a ver y de los que no sabía siquiera que habían muerto. "¡Mirá, otro hincha de Racing!", se dijo a sí mismo frente a un nicho que encontró con un nombre que le resultaba familiar.

Con el tiempo logró adaptarse a la rutina diaria y tomó el camposanto como un espacio laboral más, como se enfrenta el kiosquero a su comercio o una estrella de rock a un estadio lleno de fanáticos.
A Javier no le afectan las muertes trágicas ni las familias desmoronadas que lloran a su alrededor. Con el tiempo, su piel curtida desarrolló una coraza que lo protege de todo el dolor que atraviesa cada servicio fúnebre. Sólo cuando muere un bebé y supervisa cómo los operarios suben el cajoncito diminuto a la nichera, siente una presión indescriptible en el pecho. "Eso sí te conmueve, es lo más feo del trabajo", señala.

Aunque jura que logró naturalizarlo todo y que la muerte ya es una compañera silenciosa y casi imperceptible de trabajo, al hombre aún se le despierta un dejo de curiosidad. En las cenas familiares, sus parientes muestran un gesto de disgusto cada vez que él habla de una exhumación, de un cajón destartalado o de un cuerpo cremado. "¿Acaso no todos hablan de trabajo en las comidas? ¡Yo hablo del mío!", se excusa.

Si dicen que las tumbas hacen ruido, es porque el metal de las nicheras se contrae".

Con el cuerpo esbelto cubierto por una gruesa camisa de jean y unos borcegos de trabajo, unos anteojos de sol colocados por encima de su gorra azul, y la barba de cinco días sin afeitar, Javier recorre los senderos del cementerio y recuerda historias.

"Acá están los dos adolescentes que atropellaron a la salida de un boliche", indica. Aún recuerda algunas muertes famosas y el trajín que ocasionan en el cementerio. Con el derrumbe de la Cooperativa Obrera, tuvo que discutir con varios fotógrafos y curiosos para que respetaran el dolor de la familia. "Ni bien entré a trabajar, tuve que hacer el servicio de Farizano. Vinieron muchos políticos y periodistas", relata.

Así como no se deja tocar por el dolor que se ve en los rostros compungidos de los dolientes, a Javier no lo alcanzan las historias sobrenaturales y encuentra explicaciones más científicas. "Yo no creo en todo eso. Si dicen que las tumbas hacen ruido, es porque el metal de las nicheras se contrae", detalla.
Sin embargo, la vez que visitó el cementerio oscuro para dejar unas palas, algo atacó su escepticismo. Era una noche de lluvia torrencial y tenía la oportunidad perfecta para comprobar todas las leyendas. "Le dije a un compañero y fuimos a dar una vuelta, por curiosos, a ver si pasaba algo raro", recuerda. Pero aclara que no ocurrió nada extraño: "Si me pasaba algo, juro que no seguiría trabajando acá".

La rutina de trabajo

Javier llega todos los días a las siete de la mañana al cementerio, y se reúne con el resto de los operarios en la administración para compartir unos mates. A las ocho comienzan los servicios y quince minutos antes tienen que tener los nichos preparados. Entre cada servicio, se reparten las tareas de mantenimiento y limpieza.

Otras de sus tareas son las exhumaciones, cuando los familiares piden retirar el cuerpo de la tierra para cremarlo o reducirlo. Cuando lo desentierran, se encuentran con cajones casi desintegrados. "Sólo queda un plástico con el cuerpo tal cual lo enterraron, se ven los huesos, los dientes y el pelo", detalla Javier.

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