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La Mañana abuela

A los 108 años se fue la abuela Beatriz, una de las más longevas de Neuquén

Tuvo una larga y fructífera vida en el Alto Valle y fue una testigo privilegiada del crecimiento de la región.

Todas las abuelas son bonitas. Son tiernas, frágiles, graciosas en su inocencia, vulnerables, sabias por el solo hecho de haber vivido tanto. También lo era la abuela Beatriz Gerschman, una de las mujeres más longevas de Neuquén que murió el domingo a los 108 años.

A la abuela Beatriz no la conocí y, sin embargo, la amé. Fue una representación de mi propia abuela, de las tantas abuelas que las familias lloran con ternura cuando se cierran los ciclos de la vida, pero que trascienden en recuerdos y anécdotas, en recetas de comida casera, en postales en blanco y negro.

La amé cuando me enteré que tenía 105 años y en plena pandemia trataba de cuidarse y hasta hacía gimnasia en el departamento que vivía en la ciudad de Neuquén y seguía cocinando como todas las abuelas. Por eso escribí una nota que salió publicada en el diario. “A los 105 años, la abuela Beatriz disfruta y se ríe de la vida”, era el título de la crónica, un mensaje que intentaba ser esperanzador mientras el Covid se cobraba decenas de vidas todos los días.

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La abuela Beatriz siempre estaba sonriente y de buen humor.

La abuela Beatriz siempre estaba sonriente y de buen humor.

Beatriz Gerschman había nacido en Colonia Mauricio, cerca de Carlos Casares (provincia de Buenos Aires), el 28 de diciembre de 1915, cuando el mundo era completamente distinto y todavía no había sufrido muchos de los acontecimientos que durante décadas conmocionaron a la humanidad. Así de longeva era Beatriz.

“Yo tuve una infancia muy buena. Con padres buenos, una adolescencia buena”, recordó cuando su familia le festejó los 100 años.

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Dos extremos en la vida. Beatriz, al cumplir 108 años y su bisnieta recién nacida.

Dos extremos en la vida. Beatriz, al cumplir 108 años y su bisnieta recién nacida.

Es probable que haya sido una infancia buena como decía, pero en aquellos tiempos, hasta la niñez estaba cargada de sacrificios. Desde niña, Beatriz ayudaba a su padre en la carnicería que tenía la familia y de adolescente jugó un papel clave para llevar los papeles del negocio y hasta para manejar un automóvil que la trasladaba para hacer trámites y compras.

Fue un Ford T y la licencia para conducirlo la obtuvo de casualidad, a los 14 años. Su papá, un inmigrante judío de origen ruso, había quedado imposibilitado de manejarlo y las autoridades de aquel entonces le dieron el permiso para que la adolescente lo pudiera hacer.

La jovencita valiente colaboró en todo. Se crío en ese mundo duro de la industria de la carne, que en aquellos tiempos era una actividad reservada solo para los hombres. Pero ella igual se abrió camino entre las medias reses y el trabajo pesado. Sería una actitud que mantendría a lo largo de su vida. Igual que su alegría y sus contagiosas sonrisas.

En un grupo de amigos conoció al hombre que la acompañaría a lo largo de su vida. Se llamaba Samuel Mutchinick y, según Beatriz, era un tipo encantador y risueño como ella.

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Beatriz y Samuel, durante unas vacaciones en el mar.

Beatriz y Samuel, durante unas vacaciones en el mar.

La Patagonia, un nuevo destino

Un día apareció la oportunidad de una nueva aventura en un lugar lejano en la Patagonia. Un hermano de Samuel se había asentado en General Roca, Río Negro, y le iba bien administrando un corralón. La instalación de un negocio similar en Cipolletti, un incipiente pueblo productivo que tenía una gran proyección de crecimiento podía ser un buen negocio. A la pareja le gustó el desafío y fue ella la que empujó a su marido a esta nueva aventura. En 1943, Samuel y Beatriz llegaron al valle para poner en marcha aquel emprendimiento y nunca más se fueron.

El matrimonio echó raíces inmediatamente. La llegada de tres hijas terminó conformando la familia que tanto habían soñado y con el correr de los años la pareja se adaptó al modo de vida del valle, donde el tiempo pasaba distinto, cada vecino conocía al otro y la solidaridad y la alegría se imponían frente a cualquier contratiempo.

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Beatriz, junto a una de sus hijas y nietas.

Beatriz, junto a una de sus hijas y nietas.

“Tuve un marido excelente, hijas buenas y ahora nietos y bisnietos. Yo gozo de esto. Tengo que agradecerle a Dios que me dio una vida sana”, aseguró en aquella oportunidad.

El domingo la abuela Beatriz emprendió un nuevo viaje; probablemente otra aventura similar como la que protagonizó durante más de un siglo.

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Para la familia quedan los mejores recuerdos y anécdotas, los almuerzos y las juntadas, los cumpleaños, las risas, las lágrimas.

Para los que no la conocieron quedan las fotos que se publicaron en esa última crónica, con la simpatía y ternura que trascienden en las imágenes.

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