¡Con Huevo se puede, chicos!
De su casa familiar, en el polvoriento barrio zapalino de toda la vida, al Obelisco porteño hay 1.331 km según Google Maps. Y se sabe, Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires.
Cómo hacía ese pibe lleno de talento que la rompía en Don Bosco, pero no contaba con los medios ni los recursos suficientes para llegar a la vidriera de la gran ciudad. ¿Y esa incansable madre que no dormía con tal de apuntalar el sueño de uno de sus cuatro hijos, a los que crió a pulmón y sin sobrarle nada?
La historia es conocida, al Huevo lo rebotaron en varios clubes grandes y cuando ya se resignaba y no había una moneda para un viaje más, apareció Ferro Carril Oeste y el crack neuquino se subió al último tren.
Pues bien, mucha agua pasó bajo el puente. El salto a Primera División, las vueltas olímpicas con Racing, la primera citación a la selección argentina, el sueño cumplido de jugar en Europa, el primer mundial, dos Copas Américas, ese abrazo inmortal con Messi apenas consumada la conquista histórica en el Maracaná...
Hoy, aquel purrete que no paraba de jugar en la canchita del barrio, en las de Olimpo y Tiro Federal, se apresta a disputar nada menos que su segundo campeonato del Mundo en Qatar 2022. Hace rato se convirtió en el neuquino más famoso. En silencio, casi sin hablar. Le alcanza con expresarse dentro del campo de juego, a puro Huevo como su apodo. La historia de película de Acuña debe servir como ejemplo para los más chicos que se inician en el fútbol. Saber que es difícil llegar pero que se puede. Tienen a mano un espejo al cuál mirar. Soñar que los milagros existen. ¿No, Marquitos?
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