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La Mañana cáncer

Con un año de diferencia, madre e hijo le dieron batalla al cáncer

Fabiana superó un cáncer de cuello útero y Leonel, de sólo cinco años, fue operado de un tumor cerebral. Así festejó su última radioterapia en el COI.

Una frase mil veces repetida afirma que Dios le da las batallas más duras a sus mejores guerreros. Pero hay veces en que los primeros combates los hacen, en realidad, sus escuderos. Y ese fue el caso de Fabiana Peña Lillo, una policía neuquina que afrontó un cáncer de cuello de útero sin imaginarse que apenas un año después le tocaría volver a la unidad de Oncología a acompañar a Leonel Chávez, su hijo de 5 años, a guerrear contra un tumor en el cerebro. Tres meses más tarde, los dos sonríen victoriosos y ella agradece toda la experiencia que acumuló en su tratamiento y que le sirvió para acompañar al nene con otra fortaleza.

"Lo peor fue el momento de la noticia, esa semana entre saber la noticia y la primera operación", explicó Ariel Chávez, el papá del pequeño Leonel, que disimula la timidez inicial con la nariz casi pegada a la pantalla de un celular. Todo sucedió muy rápido: el diagnóstico llegó a fines de febrero y la cirugía se dio casi de inmediato. Después atravesaron un periplo de tratamientos y ya cosecharon sus primeros triunfos, con operaciones exitosas y una fiesta de "egresados" tras la última radioterapia en el Centro Oncológico Integral (COI).

"Él empezó con vómitos y gastroenteritis, pero no le encontraban nada", relató su mamá. Las visitas a la guardia se repetían, mientras la balanza marcaba un peso cada vez más bajo para Leo: seis kilos en muy poco tiempo. "Cuando se empezó a marear, pensaban que era debilidad, pero decidieron internarlo y ahí encontraron el tumor", agregó sobre las imágenes, que determinaron que tenía un tumor grande en la fosa posterior de la cabeza y otros tumores satélites más pequeños.

La noticia activó todos los recuerdos de Fabiana. Su relación con Ariel, con quien se conocieron hace 20 años en la academia de Policía, sus diez años de intentos por concebir a Leo a través de la fertilización in vitro y su propia batalla contra el cáncer, apenas un año antes, también en los consultorios del COI. Por eso, le pidió a los médicos saberlo todo: no quería frases cuidadas ni eufemismos delicados. "Pedí que me dijeran todos los riesgos, después yo veía cómo me lo iba a bancar", relató.

SFP Leonel niño paciente con cancer en recuperacion (9).JPG

Los cirujanos que operaron a Leonel, con experiencia en el Garrahan, le dijeron la verdad. El chiquito tenía 90% de posibilidades de desarrollar alguna secuela a partir de esa compleja operación el cerebro. "Podía quedarse ciego, mudo o no volver a caminar", dijo Fabiana y recordó otra advertencia: la recuperación iba a ser muy larga.

Sin embargo, una fuerza que sus padres atribuyen a Dios ayudó a Leo a entrar en ese restringido 10% de los chicos que no desarrollan secuelas. A sólo tres meses de la operación, ya muestra un semblante distinto, practica pases con la pelota y retomó las clases de fútbol, donde celebra cada pequeño triunfo con los gestos exagerados del Dibu Martínez. "Yo sólo miro cuando juega Boca", aclaró el nene, como si todos sus dibujos en amarillo y azul no fueran suficiente para confirmar su fanatismo.

"Nos dijeron que iba a estar dos meses internado y que iba a tardar dos semanas a volver a caminar. Pero él ya caminaba a los dos días de la operación y le dieron el alta en dos semanas y media", relató su mamá. Con esos primeros avances, Ariel y Fabiana ganaron un poco de aire para afrontar lo que tocaba después.

La Recuperación de Leonel.mp4

El tratamiento no fue sencillo. Tras la cirugía en la Clínica San Lucas, empezó un camino sinuoso para la familia Chávez. "En la Policía nos dieron licencia y han venido a casa a ver cómo está", dijo Fabiana y agregó que se apoyaron, sobre todo, en la comunidad de su iglesia, la Metodista Pentecostal, que acompañaba cada paso con una cadena de oración.

El COI, que suele hacer tratamiento de radioterapia para adultos, se vistió de colores para atender a Leonel. Los empleados llenaron los consultorios de carteles y globos, y recibían al nene con un auto rojo a batería que él usaba para recorrer la extensa superficie del centro de salud. Con ese mismo auto celebró su fiesta de "egresados", tras terminar su última sesión de radioterapia, en medio de los aplausos de los profesionales y, en especial, de Gabriela, Carina y Carlitos, los trabajadores del COI que calaron más hondo en su corazón.

"Los que hemos vivido una anestesia total sabemos cómo es el momento de despertarse y él, con cinco años, lo vivió 31 veces", se lamentó su mamá. Las primeras veces reaccionaba con ira y frustración, pero la paciencia de los médicos le permitió adaptarse más fácil al tratamiento. Llegaba más contento a dar una vuelta en su auto rojo y apodó Leo -como él- a su máscara de anestesia, que ya se colocaba sólo a las siete de la mañana, a la espera de una nueva sesión.

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"Nosotros nunca le ocultamos nada, siempre le contamos todo lo que le pasaba", dijo su papá. Ariel adaptaba cada paso del tratamiento a su lenguaje infantil. "Le decía que tenía un bichito en la cabeza y que se lo tuvieron que sacar, y que ahora tiene un botoncito abajo de la piel para matar a los bichitos que le quedan", agregó sobre los tratamientos que siguen, de quimioterapia, que usan un implante subdérmico para proteger sus venas demasiado jóvenes.

Los tratamientos a futuro

Aunque el chiquito ya terminó las sesiones en el COI, el 26 de junio debe continuar con la quimioterapia en el San Lucas, con cuatro días de internación cada dos semanas hasta octubre. Por eso, no saben si podrá continuar con sus prácticas de fútbol o retomar el jardín, que pasó de las clases en el colegio Neuquén Oeste a las visitas de una maestra domiciliaria provista por el Consejo Provincial de Educación (CPE). Sin embargo, sus padres lo miran orgullosos al notar cómo pone toda su fuerza de voluntad para recuperarse a una velocidad asombrosa.

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Con un conjunto de algodón azul estampado con dibujos de Spider Man, Leonel fija sus ojos oscuros en el mural que tiene en su casa del barrio Huilliches. Su Diploma de Valentía emitido por Leben Salud, sus banderas de Boca y sus guirnaldas de felicitaciones se solapan con los dibujos de sus tareas escolares y sus lapiceros llenos de glitter amarillo y azul, en donde atesora sus golosinas favoritas.

En medio de la timidez y los cambios de humor que le producen las pastillas, en el rostro de Leonel se traslucen su amor por los deportes y su picardía infantil. Aunque esa chispa de la niñez sigue un poco escondida, el cáncer dejó muy a la vista sus cicatrices: la cabeza rapada, la piel todavía descascarada, un catéter y una serie de puntos en la nuca. "Ahora que le sacaron los corticoides está un poco menos hinchado", explicó su mamá, atenta a cada pequeño progreso.

"Al principio le costó lo del pelo, no quería sacarse fotos", dijo la mujer. "Pero él se pasa, le dice pelón", bromeó mientras señalaba a su esposo. Y Ariel, conmovido, lo aclaró. Dijo que prefirió siempre esconder el dolor para contagiarle a Leo las ganas de pelearla. Lloraba en soledad y después afrontaba cada parte del tratamiento con la mejor sonrisa que le salía entre tanto miedo e incertidumbre. "Si él nos ve mal, va a estar mal, pero hay veces en que no puedo y me corre alguna lágrima al lado de su cama", reconoció.

Para Fabiana, también fue un momento de aprendizaje. Ella, que todavía es paciente oncológica, vivió el tratamiento en la adultez, con sus venas más fortalecidas para la quimio y su pelo abundante y oscuro, que resistió los embates de la quimioterapia. Ahora, le tocó aprender todo de nuevo, con la misma enfermedad pero localizada en otra parte, y en un cas pediátrico.

Ariel dijo que es normal, para un padre, sentir miedo. Pero los niños necesitan el cariño y la fortaleza de los adultos para afrontar esos tratamientos tan duros. Por eso, insiste con las bromas, con los partidos de fútbol compartidos y con las escapadas a Zapala, su ciudad natal, para alejarse de una rutina que parece estar sólo llena de batas blancas.

Fabiana, que también tiene un mural de su lucha contra el cáncer en otro rincón de la pared, dijo que, de alguna manera, agradece haberse enfermado primero ella. "Eso me fortaleció a mí y nos fortaleció como familia para estar preparados para esto que nos iba a tocar", concluyó.

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