Confitería Imperial: después de 56 años, se despide unos de los rincones más dulces de Neuquén
Mercedes y Ángela continuaron la tradición de José Domene Borja, uno de los pasteleros más recordados de la ciudad. Este 10 de enero, cierran el histórico local que formó parte de la historia de muchos neuquinos.
En el primer día hábil de este 2026, las persianas de un local en Juan B. Justo 135 volvieron a levantarse, como ocurre cada día desde hace 56 años, para atender a las decenas de clientes que buscan endulzarse el paladar con alguna exquisitez de la Confitería Imperial. Pero esta vez fue diferente: la atención al público se vive entre la nostalgia y los recuerdos, desde que los responsables del comercio le pusieron fecha al cierre definitivo. El 10 de enero, el cartel de "abierto" va a girar para siempre, para cerrar así el capítulo más icónico -y más dulce- de la historia comercial de Neuquén capital.
Entrar a la Confitería Imperial es casi como viajar en el tiempo, y la travesía se hace a través de todos los sentidos. El olfato se deja seducir por el aroma del agua de azahar y la esencia de vainilla. A la vista, las carameleras de vidrio y las vitrinas rebosantes de masas finas muestran una escena de otros tiempos. El tacto distingue la suavidad del terciopelo en esas cajitas de bombones en forma de corazón o del chocolate que se disuelve en la boca con extrema facilidad. Al oído, el saludo amable entre empleados y clientes, en esa familiaridad que ya es un sello de la Imperial. Y para el gusto, todo: los sabores de siempre, esos que hace más de medio siglo se ganaron su merecido lugar en los paladares de Neuquén.
Para los Domene Borja, la familia a cargo de la Imperial, ese comercio que muchos prefieren llamar simplemente "la confitería", fijar una fecha de cierre fue como abrir un baúl de recuerdos entrañables. Aunque consideran que el ciclo ya está cerrado y es hora de enfocarse en un merecido descanso para la generación fundadora, así como nuevos proyectos para los más jóvenes, reconocen que será difícil bajar las persianas y ya no volver a subirlas.
"El cierre no es de la familia solamente, es un cierre colectivo", afirmó, conmovida, Mariela Domene Cursaro, la hija y sobrinade los fundadores que se ocupa ahora de los trámites para cerrar el local en pleno centro de la ciudad. Cada cliente que se entera del cierre se acerca a comprar y les trae un pedacito de la historia del local, que es inseparable de su propia historia y también de la historia de Neuquén capital, en esos tiempos de pueblo chico, de conocerse todos, de casas salpicadas entre chacra y jarillal.
Es que Imperial se integró a la historia de todos. Torta por torta, bombón por bombón, se metió en los eventos empresariales con su saladitos, en los regalos más románticos con sus cajitas de bombones y en cumpleaños, bautismos y bodas con tortas que don José Domene Borja elaboraba y montaba con intrincados diseños de pisos y brazos que parecían verdaderas obras de ingeniería.
Y ahí está su obra, en las fotos familiares que atesoran los neuquinos de sus cumpleaños y sus casamientos, pero también en los recuerdos más dulces de su infancia, cuando el pastelero los alegraba con una broma o los sorprendía al regalarles un alfajor. "Los fines de semana, este local se llenaba de gente, pasaban todos por acá. Yo nací en un departamento en la planta alta y de chica jugaba en la vereda y comía todos los dulces", se ríe su hija Mariela.
Una historia de empuje y energía
José Domene Borja llegó de España cuando tenía sólo 14 años. Su primer trabajo en Neuquén fue como ayudante en otra confitería, Haltrich, también un local histórico de Neuquén y en el que trabajaban sus parientes, los Borja. Él siempre estaba metido en la cuadra, como le llaman a la zona de elaboración, y fue ahí, detrás del mostrador, donde nació su vocación de pastelero.
Aprendió todo desde el hacer, del mirar y repetir. Y cuando lo supo todo, se abrió su propio camino. "A los 23 años abrió la confitería Imperial, en un local más chico acá al lado", dijo su hija desde el comercio, que sólo se trasladó unos metros en 56 años, y se quedó siempre en la calle Juan B. Justo, en medio de la zona del microcentro bancario.
José trabajaba junto a su hermana, Remedios Domene Borja. Después de su boda con Ángela Cursaro, ella también se integró al negocio familiar. Él se quedaba en la cuadra, elaborando tortas intrincadas, bombones, pan dulce de Navidad, roscas de Reyes y huevos de Pascua. Ellas, del lado de enfrente, lidiaban con los proveedores, las ventas y la atención al público. Y así, su actividad empezó a crecer, hasta que sus masas se convirtieron en el postre estrella de la ciudad.
Aunque ya pasaron ocho años desde la muerte repentina de José, las pupilas de su hija Mariela todavía vibran, conmovidas, cada vez que lo nombra. Se acuerda de su don de gente, de una humildad que lo atravesaba por completo, y también de esa dualidad entre su carácter jocoso, bromista y algo despreocupado, que se entrelazaba de formas imposibles con el profesionalismo de pastelero, donde imponía las horas eternas de concentración y el cuidado minucioso de cada proceso.
Mariela y su hermano Daniel nacieron arriba de la pastelería, pero no entraban demasiado a la cuadra, ese templo en el que José comenzaba a trabajar de madrugada para abrir el local cada mañana con las vitrinas llenas de delicias dulces. "Ni mi hermano ni yo somos buenos con las manos, no nos inclinamos por la pastelería, y mi papá solía retarnos cuando hacíamos algo mal", se rió. Él se graduó como Abogado y ella en Administración de Empresas, por lo que siguieron rumbos profesionales distintos a los de su padre, pero con la dulzura de sus recetas en el registro gustativo.
"Siempre se priorizó mucho la calidad de la materia prima, y también las recetas de mi papá, que inventaba algunas combinaciones insólitas pero que siempre salían bien", aseguró su hija, que recibió miles de comentarios, recuerdos y homenajes tras la muerte de su papá. "Todos lo conocían, él era muy sociable y se hacía amigo de todos", agregó.
Pese a su partida repentina, Mariela aseguró que el pastelero se llevó enormes reconocimientos de los neuquinos. Políticos, profesionales y personalidades ilustres de Neuquén pasaban a comprar masas para las sobremesas de sus reuniones, y lo felicitaban en cada evento en el que José se lucía con sus pasteles más intrincados.
"Con mi hermano lo acompañábamos cada fin de semana a los eventos, los casamientos, para hacer el montaje de las tortas", recordó Mariela. Entre los tres llegaban a los salones cargados de bandejas de tortas, que José hilvanaba con una perfecta ingeniería en distintos brazos y niveles. Ella, con sus pocos años, se empalagaba con los cartuchos de glasé que su papá usaba para emprolijar las uniones de cada pastel. Pero lo más dulce llegaba después: cuando entraban los invitados y ovacionaban las imponentes creaciones que tenían el sello de sabor de Imperial.
Un cierre agridulce para un comercio histórico
Tras la muerte de José Domene Borja, Remedios y Ángela, cuñadas y socias, continuaron con la actividad comercial. Sin embargo, algo quedó resonando en la familia: esa partida apresurada dejó al pastelero sin tiempo para el descanso y el disfrute, y fue entonces cuando las nuevas generaciones empezaron a pensar en el cierre de la confitería para cambiar las ventas de dulces por tiempo de disfrute y encuentro familiar, con un viaje soñado a España para reencontrarse con sus raíces.
Los hijos y nietos del fundador buscan cerrar el ciclo para que las mujeres a cargo del local tengan su merecido descanso y aprovechen su enorme vitalidad con menos ataduras. "La actividad comercial, y sobre todo la gastronomía, es un rubro muy exigente", reconoció Mariela de un negocio que debe abrir sus puertas a diario y siempre con productos de elaboración fresca.
Ella, con la energía abrumadora que heredó de su papá, admite que los tiempos cambiaron, y aunque muchos clientes reconocen el valor de los sabores tradicionales y la calidad de sus ingredientes, también sabe que la pastelería actual incluye otras tendencias que les exigirían una necesaria actualización para seguir en vigencia.
Por eso, decidieron cerrar el ciclo con la defensa de sus recetas tradicionales. Este sábado 10 de enero será el último día para comprar, y los clientes de siempre que supieron la noticia ya se apuraron a hacer los últimos pedidos. Algunos, incluso, con la intención de freezar los productos que más les gustan, como si así se pudiera congelar en el tiempo el pedacito más dulce de la historia de Neuquén.
Mientras repasa la historia del comercio, Mariela camina entre las vitrinas con bombones de fruta, ositos de peluche y flores de chocolate dispuestas en tallos de madera. Y a cada rato, la puerta se abre y llegan esos saludos inundados de melancolía. "¿Dónde voy a comprar ahora?", "De acá son todos mis regalos de cumpleaños", les dicen los que ya tienen los sabores de Imperial grabados en su paladar.
Y aunque este 10 de enero las persianas bajen por última vez, en los Domene y en muchas familias históricas de Neuquén persistirá el resabio dulce de las recetas de José, pero sobre todo el recuerdo de su carácter alegre y bromista y una lección que le dejó a las siguientes generaciones: la de tomar un trabajo, por humilde que sea, con una profunda vocación. Más allá de los cargos o jerarquías, más allá del rédito y más allá de los obstáculos, lo que triunfa es el amor por el hacer.
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