Unas 200 personas concurren diariamente al predio municipal y muchos se quedan allí hasta 10 días para trabajar y subsistir de lo que encuentran, ya sea para comer o vender.
Luis Tillería tiene 26 años y junto a su mamá Alicia y su novia Yaxtin (nombre de procedencia árabe, según la mujer) conforman otra de las familias que son parte de los “habitantes” del basural municipal de Neuquén. Ellos provienen de Plottier y contaron que hace más de 10 días que se encuentran en el sombrío terreno.
Al igual que Francisco y Ángela (una joven parejita que espera su primer hijo) se refugian y duermen en La Ranchita, un pequeño reducto más parecido a una simple cucha de cualquier perro callejero, que pueden encontrarse en algunos puntos de la ciudad como Parque Norte para resguardarlos del frío.
Las frágiles estructuras están confeccionadas por pallets de maderas o chapas –funcionan como paredes- y su techo está recubierto por bolsas (gruesas), pedazos grandes de trapos, cartones, maderas. Son más de diez las casuchas donde se alberga la gente para aguardar por algunos camiones que arriban por la noche. Las dos tiras de Ranchitas están ubicadas sobre los laterales del predio.
Luis se dedica a buscar específicamente vidrio, cartón y aluminio para luego vendérselo al Poleo, un reconocido vecino de la meseta que llega con su camión para recoger estos artículos. “Siempre esperamos por él para hacer unos pesos. Es el único que entra a buscar los cartones. Los pesa y después nos paga”, afirmó el joven.
En cada Ranchita hay una “cocina” improvisada creada por el ingenio de sus habitantes. Frente a una mesa en el sitio en donde acampa Luis y los suyos se puede observar un pedazo de termo tanque oxidado. El ingreso de la leña se hace por una abertura que posee abajo, mientras en la mitad de su interior se ubica la parrilla. En ese reducto, Alicia se preparó al mediodía unos pedazos de pollo. Otro de los artefactos domésticos que sirve como horno es un lavarropa. En este caso, la tapa redonda de los modelos frontales hace la función de una hornalla gigante y solo se necesita ponerle una chapa encima para calentar agua para unos mates o una rejilla o enrejado para asar.
Chulengos en el basural de Neuquén
En La Ranchita, situadas más cerca del corazón del basural, tienen la suerte de contar con tres “chulengos”, que se comparten con los “vecinos” más cercanos. “Cada uno hace la suya y se las arregla como puede. Podemos descansar y seguir trabajando”, describió Luis, quien luego de pasar unos días en el basural, junto a sus seres queridos, se vuelven caminando a Plottier tirando de su carro.
Si bien la empresa encargada del basural posee personal encargado para que la gente no se quede a dormir en el predio, es inevitable que eso suceda: el Shopping no tiene descanso durante de las 24 horas.
Esqueletos de sillones de madera, reposeras o cajones de Coca Cola o alguna marca de cerveza, con algún pedazo de colchón o almohadón, sirven para tomarse un descanso en medio de la hora de almorzar, como si se tratara de cualquier living de casa aunque una burda escena de Feo, malos y sucios, film de Ettore Scola, que muestra tintes oscuros lo que ocurre en una suerte de villa miseria romana.
Sin educación
Muchos de los pibes que pasan sus horas y días entre los desperdicios han ido a la escuela primaria y algunos con más suerte llegaron a cursar el primer y segundo año del secundario. Pero hay algunos que ni siquiera llegaron a acceder a la educación. Cuando el estómago demanda y el hambre se hace grande no hay alternativa alguna. Y hay que salir a rebuscársela desde chico.
A Luis desde toda la vida le tocó sobrevivir. Y hoy Yaxtin, su pareja, se encarga de enseñarle lo que todo chico de primer grado aprende: “Le estoy enseñando a leer y escribir. También a sumar y restar”, contó la joven tucumana.
Yaxtin llegó a la familia de Luis luego de dejar su casa y ochos hijos. “Era camionera de Transporte Oliva. Siempre laburé para mis hijos pero no me valoraron. Conocí a Luis dejé el trabajo y me fui. Viví en el barrio Confluencia y mis hijos que ya son grandes quedaron allá”, expresó la mujer que conoció a su novio en Plottier. Y luego reveló: “Por suerte dejó la droga porque dice que se enamoró. Gracias a dios, siempre hay un dios”.
El Poleo, un viejo conocido de hace 35 años
De acuerdo a la impresión de su Documento Nacional de Identidad, su nombre es Andrés Roberto Andrés. Pero para todo el mundo es El Poleo (apodo que heredó de su padre), el hombre nacido y criado en esta ciudad que se encarga de venir con su camión Dodge modelo 1970 –con acoplado- y un tractor Fiat 1972.
Es siempre esperado con cierta ansiedad por los que trabajan de la basura. Él se encarga de ganarse la vida vendiendo cartones y, a su vez, dando una mano a la gente. “Hace 35 años que vivo de vender cartón y 35 que vengo al basural a hacer la recolección. Todos vivimos el día a día. Si yo no vengo la gente que trabaja acá no tiene a quién venderle”, aseveró El Poleo, quien por cada kilo desembolsa entre 35 y 40 pesos.
El neuquino tiene cinco hijos, que colaboran haciendo la selección de los cartones que luego vende a una papelera a través de un intermediario. “Siempre me llevo entre cinco y seis mil kilos de cartón. Estamos a un precio bajo porque es cartón de segunda porque llega sucio, manchado por sustancias del mismo basural. En casa siempre hacemos un trabajo selectivo del mismo junto a mis hijos”, comentó El Poleo.
Andrés saca más de 50 mil pesos en cada venta que hace del papel y a pesar de que está “durísima la cosa” (por la crisis económica) aseguró que se “puede vivir”. Precisamente, una de las observaciones que hizo en cuanto a la difícil situación que se vive, es el aumento de gente que se dio en el basural. “Mucha gente se quedó sin laburo, sin la changa, por eso viene junta lo que le sirve para su propia movida”, reveló El Poleo. Ese crecimiento de público se dio desde el pasado año hasta la fecha, según su apreciación.
Al igual que El Poleo los pobladores de los barrios Cuenca 15, Siete de Mayo, Hipódromo y de algunos puntos de Centenario, trabajan “cartoneando” los 365 días del año para ganarse el mango, haciendo un oficio aún poco reconocido que honra a muchas familias humildes que no bajan la guardia.
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