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La Mañana LU5

El cronista de LU5 que narró la muerte y la destrucción del gran terremoto de Turquía

Más de 17 mil personas murieron durante el gran desastre natural de 1999. Un periodista neuquino fue a mostrar la tragedia y terminó prestando ayuda humanitaria.

Cuando un terremoto extremo hizo temblar a Siria y Turquía el pasado 6 de febrero, algo se sacudió de este lado del mundo. No fueron las tierras de Neuquén, pero sí los recuerdos vívidos de Máximo Albar Díaz, un cronista de LU5 Radio Neuquén que -en 1999- le había puesto el cuerpo a un desastre similar a pocos kilómetros de Estambul. Hoy, repasa una cobertura histórica que marcó su vida a fuego, y que parece haberle dejado, muy adentro, una sensación singular que va a temblarle para siempre.

A finales de los 90, hacer radio era distinto. Con 26 años, Máximo ya acumulaba seis de experiencia en los estudios de LU5, donde se dedicaba a la producción del programa de la primera mañana. Pero más que las madrugadas en la casita de Alberdi y Santa Fe, su verdadero lugar en el mundo era la calle. Prefería estar ahí, en el terreno, para ponerle el cuerpo a cada historia y sentir el pulso de la realidad sin intermediarios.

El periodismo se hacía sin celulares, sin Internet y sin redes sociales. La única forma de acceder a la información era salir a cazarla con las armas que uno tuviera. "Estábamos muy acostumbrados a viajar, varios periodistas de la radio habían cubierto cumbres de presidente, habían viajado a México, a China", recordó el cronista sobre un contexto que también se diferenciaba por otro tipo de cambio y una centralidad puesta en pocos medios de comunicación.

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Con ese puñado de años, Máximo ya había hecho coberturas en Chile, en Portugal y en Cuba, y había seguido la visita del presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, en Buenos Aires. En agosto de 1999, cuando un cable de agencia informó que un sismo de magnitud 7.4 había sacudido la ciudad turca de Ízmit durante 37 segundos, él sintió que tenía que estar ahí, para ponerle el cuerpo a la tragedia y contársela a los neuquinos.

El periodista se reunió con los responsables de la emisora y les propuso la cobertura. Aceptaron con la condición de que volara de inmediato a Estambul. "Aunque en 20 años han cambiando muchísimo las comunicaciones, en ese momento la agencia también nos sacó el vuelo para el día siguiente y salí muy rápido para allá, eso no ha cambiado tanto", relató Máximo y agradeció el respaldo del medio, que siempre empujó la curiosidad de los jóvenes cronistas por descubrir el mundo.

Aunque la radio ya tenía la logística aceitada para gestionar viajes rápidos al extranjero, Máximo aseguró que solían salir del país los periodistas que no tenían familias a cargo. "Yo me fui sin saber cuándo iba a poder volver", explicó sobre la dificultad para insertarse en un terreno de desastre hace 24 años, cuando eran otras las comunicaciones y comodidades.

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Ni bien apoyó los pies en Estambul, el cronista neuquino se sumió en un escenario de confusión. Después de una escala en Barcelona, llegó en un avión semi vacío a tierras turcas. "Eran muy poquitos que iban a buscar familiares o ver cómo habían quedado sus cosas; llegué y el aeropuerto estaba convulsionado", dijo y relató que, sin entender nada del idioma, se insertó en el caos de una ciudad desbordada por los efectos del terremoto.

"La red de agua, las cloacas, estaba todo colapsado; los rescatistas de países desarrollados sabían qué hacer, pero los turcos no", dijo y agregó que vivió un doble impacto: el de la tragedia y el choque cultural de visitar por primera vez un país oriental. Así, se metió entre las calles de Estambul, en medio de las carpas que había montado la Medialuna Roja -la variante musulmana de la Cruz Roja- y llegó hasta un centro de operaciones donde le llenaron los brazos de vacunas.

"Me vacunaron contra la hepatitis, y todas las epidemias que suelen aparecer en esos desastres, porque colapsa la red cloacal", dijo y enseñó una de las fotos de la cobertura, donde se le ve la cara cubierta por un barbijo blanco. "Para mí un barbijo era algo raro, incómodo, quién hubiera pensado que lo iba a tener que usar 20 años después", sonrió.

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En medio del caos, Máximo encontró cierto orden. Pudo alojarse en un hotel de Estambul con una oficina preparada para hacer los despachos a través de un teléfono fijo. Cada mañana, emprendía camino hacia las zonas más afectadas por el sismo, que tuvo su epicentro a 70 kilómetros de la ciudad más poblada de Turquía, donde vivió situaciones inesperadas que lograron sacudirlo a él.

Aunque no sabía el idioma, en el aeropuerto se entendió por señas con un grupo de estudiantes universitarias, que iban a la zona del desastre a brindar ayuda humanitaria. Una de las jóvenes trabajaba en una agencia de turismo y sabía castellano, por lo que ofició de traductora. Ellas vieron en Máximo un salvoconducto: tenían que viajar al interior del país, de fuerte tradición musulmana, y sabían que era preferible ir acompañadas de un varón. Él también las necesitaba, y así lograron una simbiosis perfecta para ayudar y narrar el terremoto.

"Nos subimos a un transbordador muy moderno para cruzar el mar de Mármara; ellas me pidieron que le cargue una mochila pero no les entendía qué estaba llevando; después me di cuenta de que estaba llevando esas bolsas mortuorias para cubrir a los cadáveres", relató.

Cuando llegaron a Yalova, una pequeña ciudad al noroeste del país que había sido afectada por el sismo, Máximo sintió más fuerte el impacto. El olor nauseabundo se colaba por la tela de su barbijo como confirmando un origen inconfesable: el de los cuerpos en descomposición. Un aroma que no se parece a nada, pero que se le grabó en la memoria olfativa para siempre.

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Con el grupo de rescatistas, subieron a una camioneta y se adentraron hacia un barrio de monoblocks derruido. "Aunque Turquía está sobre una falla y tiene sismos frecuentes, no hay construcciones antisísmicas, había mucho enojo con los gobiernos y los constructores, los querían linchar", dijo y agregó que veía los cascarones de las viviendas como un castillo de naipes después de perder su frágil estabilidad.

Cuando la camioneta se topó con los caminos bloqueados, empezaron a caminar. En el más absoluto silencio, recorrían los escombros tratando de oír algún grito. Un alarido escuchado a tiempo podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte, porque provenía de aquellos que todavía esperaban sepultados por un rescate. Máximo llegó al lugar a cuatro días del temblor, y no encontró señales de vida en Yalova, pero supo que se hallaron sobrevivientes incluso una semana después de la tragedia. "Desde ese día, siempre sigo las coberturas de terremotos y cuento cuántos días tardan en encontrar al último sobreviviente", aseguró.

Sin comunicaciones ni traductores automáticos, el joven cronista se entendía sólo por señas. Y a la confusión lingüística se le sumaba también el caos de los propios turcos, sumidos en el dolor y la desesperación, que trataban de salvar lo que pudieran, o a quien pudieran.

"Me pidieron que me metiera entre los escombros, en una especie de túnel hacia abajo, estaba totalmente oscuro pero iluminaban el cielo raso con un reflector y me pedían que mirara algo, algo que no vi", dijo y agregó: "Después la chica que hablaba castellano me explicó que estaba buscando un cadáver".

Casi por casualidad, Máximo terminó siendo parte de un grupo de rescatistas en medio del desastre. Se comunicó con LU5 a través de un teléfono satelital que le prestó un fotógrafo japonés. "Para nosotros era algo muy avanzado porque acá los celulares recién estaban empezando a aparecer", aseguró.

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Los días que siguieron los pasó en Estambul. Desde el hotel, pasaba varias horas haciendo despachos para radios y canales de televisión de otras provincias, porque LU5 era el único medio argentino presente en el lugar. "No pude encontrar argentinos afectados por el terremoto para entrevistar, pero sí hicimos una comunicación entre Neuquén, Estambul y el embajador argentino, que estaba en la capital (Ankara)", relató.

Cada día, Máximo viajaba a los lugares más cercanos al epicentro, aunque los caminos bloqueados por los escombros le impidieron el paso a Ízmit, la ciudad más golpeada por el temblor. En el medio, vivenciaba la convulsión política por las fallas en las edificaciones y la actitud de los dirigentes, sobrepasados por el desastre. "Primero se habló de 40 mil muertos y al final dieron 17 mil como cifra oficial, pero siempre se sospechó que fueron más", aseguró.

Hacia el final del viaje, empezó a mostrar síntomas de gastroenteritis. Pese a las vacunas que le habían aplicado, tuvo que aislarse en el hotel para confirmar que no se tratara de un caso de malaria, una afección común que llega después de los terremotos por el colapso de las redes cloacales. A diez días de su llegada a tierras turcas, regresó a la Argentina.

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Como ya estaba acostumbrado a cubrir hechos policiales o accidentes con heridos graves en Neuquén, Máximo había desarrollado una suerte de coraza protectora que lo ayudaba a mantener cierta frialdad para hacer su trabajo periodístico sin verse afectado. Pero en Turquía, algo cambió. "Al calor de la cobertura, no lo sentí, pero después, cuando volví al país y me entrevistaron de varios medios, empecé a entender lo que había vivido", dijo.

A Máximo le costó varios días volver a la rutina vertiginosa de la primera mañana de la radio, como si un jetlag prolongado le pesara todavía sobre los hombros. El sismo, y sus efectos, le habían sacudido el corazón, y en la nariz le quedaba ese olor de la carne descompuesta que pintaba, mejor que otras señales, la magnitud de una tragedia mundial.

Aunque afirma que no sintió una bisagra por esa cobertura, el cronista tomó luego otros rumbos. Se trasladó a San Martín de los Andes y hoy, con 50 años, se dedica a la comunicación institucional. Siguió recorriendo países y aeropuertos, y se mantuvo siempre atento a las noticias de terremotos. Japón, Haití o el de Chile, de 2010, que sacudió también el suelo de San Martín, atraparon otra vez su atención, y le permitieron ver que, pese a los avances tecnológicos, todavía hace falta planificación para prevenir o atenuar el daño de esos desastres.

Con un escudo para la nostalgia, el cronista aseguró que las coberturas del pasado sí eran distintas, pero no necesariamente mejores. Sí es cierto que les tocaba viajar más, y entrenarse con los viejos periodistas de LU5 para aprender a usar las palabras y describir un paisaje que nadie más podía ver. "Hoy hay un terremoto en Turquía y tenés a 20 mil turcos sacando fotos con su celular, ya no hace falta mandar a alguien al lugar o que haga un despacho descriptivo", señaló.

Por eso, aclaró que el rol de los periodistas de hoy se basa más en seleccionar y jerarquizar un volumen de información que, de tan abundante, resulta abrumadora para las audiencias. Y aunque añora esa épica de los viejos corresponsales de guerra y sus aventuras por el mundo, prefiere no anclarse en el pasado y mirar hacia adelante, abierto a las nuevas tecnologías que proponen nuevos problemas, sí, pero también nuevas soluciones.

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