La madre de todas las metrópolis en la Argentina es sin dudas el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). Sin embargo, Milei subió a Neuquén a ese lugar.
En su discurso por la inauguración del período legislativo 2026, el presidente Javier Milei realizó una interesante categorización al referirse a la provincia de Vaca Muerta como “El Gran Neuquén” justificado la adjetivación con el hecho de que en pocos años alcanzará una potencia exportadora de 50 mil millones de dólares y que por ello alcanzará el estatus de metrópolis.
Una metrópolis es un centro urbano que supera sus fronteras administrativas y se integra funcionalmente con ciudades vecinas, conformando un sistema. Además de cantidad de habitantes, que debe ser superior al millón, implica densidad, articulación, capacidad de influencia e infraestructura.
La madre de todas las metrópolis en la Argentina es sin dudas el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), cuyo núcleo es Buenos Aires. Con una población que oscila entre los 14 y 16 millones de habitantes, es la gran metrópolis nacional. Allí se concentra el poder político, financiero y mediático del país.
El AMBA no solo es el mayor aglomerado urbano argentino: es el centro histórico de decisiones económicas y estratégicas, es la cuna del poder nacional. Su peso demográfico le da una influencia estructural que condiciona al resto del territorio.
El Gran Neuquén: otra zona metreopolitana de Argentina
En segundo lugar, aparece el Gran Córdoba, con núcleo en Córdoba y una población aproximada de 1,6 millones de habitantes. Es la metrópolis industrial del interior. Su tradición automotriz, su entramado pyme y su potente sistema universitario la convierten en un polo tecnológico y productivo clave. Córdoba no solo tiene tamaño: tiene identidad económica y cultural propia y capacidad de incidencia regional.
El Gran Rosario, cuyo centro es Rosario, reúne alrededor de 1,5 millones de habitantes. Su principal característica es su rol como corazón agroexportador del país. El complejo portuario del Paraná convierte a Rosario en una pieza fundamental del modelo productivo argentino. Su centralidad no es política como la de Buenos Aires, sino logística y económica: es la puerta de salida de buena parte de la riqueza agroindustrial.
Más hacia el oeste se encuentra el Gran Mendoza, con núcleo en Mendoza y una población cercana a 1,3 millones de habitantes. Es el polo vitivinícola por excelencia, pero también un centro logístico estratégico por su vinculación con Chile y el comercio trasandino. Mendoza articula producción, turismo y comercio exterior, consolidándose como metrópolis del oeste argentino.
Finalmente, el Gran San Miguel de Tucumán, con centro en San Miguel de Tucumán, supera por poco el millón de habitantes y funciona como corazón político y económico del Noroeste Argentino. Su peso institucional y administrativo en la región la convierte en nodo articulador del NOA. Además de su considerable tamaño urbano, desde allí se ejerce un liderazgo regional.
Nace la sexta metrópolis
¿Exportar miles de millones de dólares y superar el millón de habitantes alcanza, por sí solo, para constituir una metrópolis?
La historia de Neuquén obliga al menos a desconfiar. Durante décadas fue pensada apenas como frontera con Chile: lejana, postergada, con déficits estructurales en salud y educación y con tasas de mortalidad infantil que hoy resultarían inaceptables. Marginada de la conversación nacional, dejó de ser territorio nacional para convertirse en provincia recién en 1957, cuando sancionó su propia Constitución.
Desde entonces, el sur apareció, en el mejor de los casos, como paisaje inhóspito en la cordillera. Más tarde, como reserva de recursos con el auge petrolero. Pero rara vez como proyecto político integral.
Por eso, la idea de un “Gran Neuquén” puede leerse desde dos ópticas. La porteñocentrista, que mide relevancia en función de recursos naturales y caudal electoral. Y la neuquinocentrista, que entiende que la centralidad como un desafío de construcción.
Sin integración vial que conecte la capital con el interior profundo y consolide la articulación regional con ciudades vecinas de Río Negro como Cipolletti, Fernández Oro, Cinco Saltos o Bariloche; sin infraestructura en seguridad, salud y educación; sin condiciones urbanas que garanticen calidad de vida; el millón de habitantes y los 50 mil millones de dólares anuales en exportaciones serían números vacíos.
Una metrópolis no se define solo por cuánto produce. Se define por cómo organiza su crecimiento.
El millón de habitantes habla de una importancia demográfica que se traslada inmediatamente a una demanda en infraestructura: se estima que cada año la provincia está recibiendo más de 40 mil habitantes nuevos de otras provincias y países.
El desafío: inversión privada y el rol del Estado
Es un desafío de escala que no puede sostenerse sólo con inversión privada. Requiere infraestructura vial, planificación urbana y servicios públicos. Y todo eso demanda inversión pública significativa, en un contexto nacional donde precisamente el rol del Estado en la obra pública y el financiamiento del desarrollo, está en discusión.
¿Puede entonces el Gran Neuquén pensarse en términos de liberalismo absoluto, sin Estado?
El riesgo del crecimiento es la improvisación que convierta a Neuquén en un conurbano bonaerense caótico y marginal.
Un millón de barriles sin estrategia es dependencia del mono recurso. El desafío es que la energía financie desarrollo, no solo extractivismo para el consumo inmediato.
El Gran Neuquén no será una metrópolis porque lo anuncie un presidente ni porque lo confirmen números y estadísticas. Lo será —o no— según la capacidad que tenga su dirigencia y su sociedad de transformar renta en desarrollo, crecimiento en integración y energía en diversificación productiva. Y lo será cuando se haga justicia en el concierto nacional: hoy Neuquén aporta mas del 4% del PBI nacional, pero recibe menos de la mitad.
Además, Neuquén no empezó a ser grande el día que lo anunció un presidente. Ya lo era por el desarrollo construido incluso antes del petróleo, y sobre todo por su gente, que enfrentó aislamiento, distancia y adversidades para consolidar una provincia fuerte capaz de producir lo que produce. La energía puede haberla puesto en el centro de la escena, pero la grandeza venía gestándose desde mucho antes.
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