El impacto del golpe de Estado de 1976 en la política neuquina
La toma de la gobernación de parte de los militares, la persecución que se dio hacia dirigentes de diferentes espacios políticos, gremialistas y referentes universitarios. El terror que se instauró en la provincia a partir del 24 de marzo.
A quienes tenían algún tipo de participación política en la provincia de Neuquén, el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 no los tomó por sorpresa. Se sabía que el gobierno de Isabel Perón tenía las horas contadas, aunque nadie podía imaginar el nivel represivo y criminal que la dictadura le iba a imprimir al régimen.
El accionar de la Triple A venía haciendo su parte. Ya se había intervenido la universidad en enero de 1975, a través de Dionisio Remus Tetu, bajo el objetivo, según la consigna impuesta desde el Ministerio de Educación, de retomar el control de las casas de altos estudios.
Y jugaba un rol importante Raúl Guglielminetti, uno de los principales personajes del aparato represor, que desembarcó en Neuquén en 1973 como agente de inteligencia y que se infiltró haciéndose pasar por periodista.
El andamiaje represivo se intensificó desde la madrugada misma de ese 24 de marzo, con una verdadera cacería hacia políticos, gremialistas y líderes universitarios.
La ocupación de Casa de Gobierno
Felipe Sapag, el entonces gobernador de la provincia de Neuquén, no utilizaba la residencia de Roca y La Rioja porque vivía en su casa particular, ubicada sobre calle Belgrano.
En la residencia estaba Luis, el hijo de Felipe, junto a la su familia. Después de tomar posesión de ese lugar, los militares montaron puestos con hombres armados en toda la cuadra, mientras que a la gran mayoría de los empleados que llegaron a trabajar los mandaron de vuelta a sus casas. A muchos los terminarían cesanteando, igual que a otros trabajadores de la Legislatura.
En todas las dependencias oficiales se multiplicaron las guardias armadas, lo mismo que en el barrio militar, ubicado en pleno centro de la ciudad. Ese día Felipe Sapag se quedó en su casa durante todo el día a la espera de novedades.
Habló con sus colaboradores, recibió la visita de sus amigos y escuchó una y otra vez las noticias que llegaban desde Buenos Aires. Tenía tanta preocupación como miedo y estaba abrumado por la situación: Desde hacía cuatro meses sus hijos Ricardo (Caíto) y Enrique habían anunciado que pasaban a la clandestinidad para participar en la lucha armada en la organización Montoneros y estaban bajo la mira de las Fuerzas Armadas. Por este motivo, había presentado su renuncia como mandatario provincial el 10 de diciembre de 1975 pero la Legislatura de Neuquén la rechazó poco después. Por lo tanto, continuaba ejerciendo sus funciones.
Felipe le ordenó a su hijo Luis, que vivía en la residencia de Casa de Gobierno, que se fuera a Chos Malal, en el norte de la provincia, temeroso de que corriera el mismo riesgo que sus hermanos, sin saber que estos estaban sentenciados y encontrarían la muerte al año siguiente, con una diferencia de casi tres meses.
En Buenos Aires, cinco días antes del golpe, el senador por Neuquén Elías Sapag se reunió con el entonces presidente de la Cámara Alta, Ítalo Argentino Luder, en su despacho, para plantearle la situación de ingobernabilidad que vivía el país y le pidió que asumiera la presidencia de la Nación, ante un gobierno que estaba virtualmente acéfalo. Luder rechazó esa posibilidad.
Represión
La actitud solidaria hasta de personajes impensados fue lo que posibilitó a algunos militantes políticos de la época salvar sus vidas y la de sus familias. Fue el caso de César Gass, actual diputado provincial de la UCR, que por ese entonces era un joven radical, avanzado estudiante de Historia, y que en 1974 se había consagrado como presidente del centro de estudiantes de Humanidades de la Universidad Nacional del Comahue.
El 23 de marzo, el padre de César, Adolfo Gass, que cumplía mandato como diputado nacional, alertó a su hijo y a otros militantes radicales de Neuquén que el golpe de Estado era inminente y que, seguramente, se iba a producir esa noche.
También les sugirió que no duerman en sus casas, por lo que César se fue a lo de un amigo donde, en la madrugada del 24 de marzo, escuchó por la radio que los militares habían tomado el control del país.
En la mañana, Gass decidió no ir a la concesionaria de autos en la que trabajaba y tampoco a su casa. Al primero de estos lugares se dirigió un grupo de tareas del Ejército que, al no encontrarlo allí, trasladó el operativo al domicilio particular de Gass, de donde se terminaron llevando a su mujer Teresa Benso y sus dos pequeños hijos de tres años y medio y seis meses.
Gass se escondió primero en la casa de Norman Portanko, donde permaneció tres días, y después en lo de amigos y conocidos del Partido Radical que le brindaron ayuda, como Armando Toto Vidal (hermano de Cacho). De Neuquén cruzó a Cipolletti, esquivando rigurosos controles policiales, y llegó a Roca, donde se alojó en la casa de otro conocido.
Después de un largo periplo, que incluyó la intervención milagrosa del padre Juan Gregui, fundador de los colegios Don Bosco y San José Obrero de Neuquén, logró salir del país, al que volvería recién con la vuelta de la Democracia.
Los peronistas neuquinos
Del lado del peronismo, uno de los que dio testimonio de lo que fue ese fatídico 24 de marzo de 1976 fue Oscar Massei, histórico dirigente que en esa época era secretario del bloque de diputados del Frejuli.
A la una de la mañana, la esposa de Massei se asomó por la ventana de la casa que habitaban en el barrio Provincias Unidas de Neuquén capital, y observó que a lo largo de la cuadra sobre la calle Río Mocoretá, de frente al domicilio, se había apostado un operativo del Ejército. En medio del grupo de uniformados asomó Guglielminetti, que golpeó la puerta de un vecino y, al no encontrar respuesta, la terminó pateando para ingresar.
La vivienda era del legislador peronista Carlos “Chango” Arias, que no se encontraba en Neuquén. El que estaba allí dentro era al diputado provincial del Frejuli, Eduardo Buamscha, que escaló por el fondo de la casa, pasó a la de Massei, tomó ropa prestada de éste y logró escapar.
Massei era de los pocos abogados que Neuquén tenía por esa época. Bajo ese rol y con muchas precauciones, se presentó durante seis meses en la sede de la Policía Federal por las causas de quienes habían sido expulsados de la universidad.
En dos de esas causas hizo figurar como domicilio real su propia casa, poniendo en riesgo riesgo su vida, dado que, a través de un operativo con policías federales, fueron a buscar a sus defendidos allí pero no los encontraron.
Mucho después, en Democracia, Massei declaró en los juicios de lesa humanidad. En el caso del episodio del 24 de marzo del 76 lo hizo contra los imputados Pedro Laurentino Duarte, ex juez federal, y Víctor Ortiz, ex fiscal federal, ambos acusados de brindar cobertura judicial a los crímenes que se cometieron durante la dictadura.
Una “cacería” de La Plata a Neuquén
Raúl Radonich, que fue tres veces diputado provincial y ex convencional de la Carta Orgánica de Neuquén, resultó otro de los peronistas víctima de la represión ilegal en la provincia.
Tenía por ese entonces 21 años. Salió en la primera baja del servicio militar en noviembre del 76 y fue secuestrado el 13 de enero del 77. La razón por la que lo buscaban se remonta a una casa en La Plata, que compartió con Oscar Ragni (hoy desaparecido, secuestrado el 23 de diciembre del 76) y otras dos personas. Oscar se había ido a estudiar la carrera de Arquitectura a la ciudad de las diagonales en el 73, y Radonich llegaría allí un año después para iniciar la carrera de Psicología en la Facultad de Humanidades.
Comenzó a militar en la Juventud Universitaria Peronista (JUP) hasta 1975 y en el 76 debió dejar sus estudios porque le tocó hacer el servicio militar en Neuquén.
Es decir, al momento de su secuestro ya no tenía contacto ni con Ragni ni con los otros compañeros con los que había compartido casa en La Plata. Pero sus secuestradores llegan a él por ese dato, en especial, porque estaban detrás de una de las personas que habitó esa vivienda, que militaba en la organización Montoneros.
Bajo tortura: “Grado y nombre de guerra”
Radonich fue interrogado bajo tortura en un galpón del centro Clandestino La Escuelita. “Grado y nombre de guerra” le pedían mientras le aplicaban la picana eléctrica por distintas partes de su cuerpo, cosa que no pudo responder porque no tenía ni “grado” ni “nombre de guerra”.
Su situación como detenido en La Escuelita duró seis días. En la madrugada del 19 de enero lo trasladaron. Iba atado y vendado en la parte de atrás de un auto, en el que hicieron un trayecto de unos 20 a 25 minutos, en la última parte por un camino de tierra. El vehículo se detuvo, lo sacaron hacia afuera y le pidieron que se arrodille. Pensó lo peor.
Luego le desataron las manos, le quitaron venda y una persona detrás suyo le dijo que permaneciera con los ojos cerrados 15 minutos. Una vez que oyó que el auto se había ido abrió los ojos, divisó una luz y al llegar al lugar vio un cartel sobre la ruta que decía Senillosa.
Radonich pensó que el suplicio había terminado. Pero no. El 2 de abril personal del Ejército lo fue a buscar a la casa de sus padres, a quienes les dijeron que el motivo era que a su hijo “lo pedían de La Plata”.
En ese momento Radonich fue llevado de manera “semi legal” a la U9, donde permaneció detenido hasta el 30 de junio en un subsuelo de ese servicio penitenciario destinado a presos políticos, a cargo de la denominada subzona 52.
El gobierno de facto
Durante la dictadura en Neuquén, el general José Andrés Martínez Waldner gobernaría hasta 1978 para luego ser reemplazado por otro militar de facto: Domingo Manuel Trimarco.
Lo mismo ocurriría en el municipio capitalino: Aldo Robiglio, quien había asumido tres años antes, también sería desplazado de su cargo de intendente.
Ese 24 de marzo de 1976 comenzaba para esta provincia y el país la etapa más sangrienta y oscura de la historia política argentina, que se había iniciado a la medianoche, en Buenos Aires, cuando un helicóptero de la Fuerza Aérea trasladó a la ex presidenta Isabel Perón, en calidad de detenida, a la residencia El Messidor, ubicada en Villa La Angostura.
El Comunicado N° 1 que informó a la población sobre el nuevo gobierno de facto se emitió a través de la televisión y la cadena de radios a las 3 de la madrugada. Luego, se repitió en varias oportunidades y recién a las 10 se transmitió la jura y asunción de Jorge Rafael Videla como presidente.
El saldo que el accionar de las fuerzas represivas de la dictadura cívico militar dejó en Neuquén es difícil de determinar en cuanto a desaparecidos y muertos porque algunas de las personas privadas de su libertad en la provincia, que aún están desaparecidas, fueron trasladadas a Bahía Blanca o terminaron en centros clandestinos de Buenos Aires u otras jurisdicciones del país.
El lugar más importante de detención que tuvo Neuquén en relación a la cantidad de gente que pasó por allí fue La Escuelita, donde se torturaba e interrogaba a los detenidos. Pero también cumplieron esas funciones la delegación de la Policía Federal en la calle Santiago del Estero, la Comisaría Cuarta de Cutral Co y la delegación de Gendarmería de Junín de los Andes.
Muchos operativos represivos fueron coordinados a nivel del Alto Valle de Río Negro y Neuquén, por lo que la Comisaría Cuarta de Cipolletti y otras dependencias policiales en General Roca formaron parte del engranaje de secuestros, torturas, desapariciones y muerte.
De la resistencia y la lucha inclaudicable contra esa dictadura atroz persiste la tarea de los organismos de derechos humanos, con Noemí Labrune (ADPH) y las Madres de Plaza de Mayo filial Neuquén Alto Valle, cuyas referentes más visibles (hoy fallecidas) fueron Inés Ragni y Lolín Rigoni.
Y, por supuesto, el rol fundamental que jugó durante esos años el obispo Jaime de Nevares quien, en ese marzo del 76, y ante la inminencia del golpe, dejó abiertas las puertas de la Catedral para contener y acompañar a los perseguidos por el régimen.
Fue una de las voces más fuertes de Neuquén contra la dictadura pero, por sobre todas las cosas, y como señaló Sara Mansilla, resultó el “paraguas protector” para quienes pedían, en ese tiempo tan difícil, por el paradero de los desaparecidos.
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