El refugiado de la Segunda Guerra que en Cipolletti encontró un paraíso
Era un nene de apenas 7 años cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, en 1939.
Ucrania, su país, había sido anexado a la Unión Soviética y en 1942 fue invadido por la Alemania de Hitler, en uno de los capítulos más sangrientos que sufrió su pueblo, en el que murieron más de más de seis millones de personas, en su mayoría civiles. De ellos cerca de 1.5 millones era judíos.
Vivió de cerca la gran tragedia y en su memoria conserva imágenes de la atrocidad, pero las tiene confinadas en un rincón, donde prefiere dejarlas ahí.
Aún después de tantos años le afecta hablar de eso.
“Los bombardeos, los tiroteos, las sirenas, el frío, el hambre…, para qué recordarlo”, dice con voz pausada don Juan Hermanowyc, un cipoleño por adopción que acaba de festejar sus 90 años.
Muchos lo conocen por su comercio de venta de pájaros que durante décadas atendió en su casa de la calle Alem casi Sarmiento, donde reside desde 1972. Allí también tuvo una panadería, un kiosco y agencia de quiniela.
Ahora ya retirado pasa su tiempo con su familia y danto caminatas por la ciudad, afirmado en su bastón y charlando con los conocidos que se cruza.
Pese a su reticencia por desenterrar las atrocidades que fue testigo, acepta ahondarse en las otras experiencias que le tocó vivir siendo un jovencito, muchas de ellas dignas de inspirar el guion de una película bélica de tan asombrosas.
En esa etapa europea no solo moldeó su temple ante la adversidad que le serviría para siempre, sino que además aprendió varios idiomas que le fueron de mucha utilidad cuando llegaron a la Argentina en 1948 luego de un largo periplo. Aquí se encontraron con “un paraíso terrenal”.
“Me dijeron que soy uno de los últimos sobrevivientes de la guerra que aún queda con vida”, destacó el ucraniano, quien revela una memoria prodigiosa, con nombres, fechas y lugares.
La atrocidad de los campos de concentración
Tras la invasión de Alemania a su país, Juan junto a sus padres y hermanos y otra gran cantidad de prisioneros fueron subidos a un tren y encerrados en campos de concentración primero en Ucrania y luego en Alemania. Pasaron meses de penurias en los que la muerte se pavoneaba a su antojo, hasta que en septiembre de 1945 la guerra llegó a su fin con la rendición de los nazis, derrotados por los aliados con Estados Unidos a la cabeza y los soviéticos que avanzaron desde el oeste.
Entonces los prisioneros pasaron a ser refugiados, y los Hermanowyc junto a otras familias fueron trasladados a Italia, donde quedaron alojados en campos de asistencia conducidos por los Aliados.
Allí, donde todo estaba destruido, se reencontraron con la paz. Los asistieron con alimentación y salud, y los nenes pudieron continuar estudiando en escuelas que funcionaban entre movimientos militares.
Juan y otros niños recibieron, entre otras materias, clases de inglés, idioma que sumó a su ucraniano natal, el ruso, el alemán y el italiano. Después le sumaría el español.
La tierra prometida
Hermanowyc padre quería llegar a América. Era la tierra prometida y la posibilidad de progresar. La primera oportunidad fue cuando les ofrecieron embarcar desde Nápoles, pero cuando llegaron a esa región del sur de Italia surgió una contraorden y los enviaron a Alemania en un tren que demoró cinco días.
Una nueva opción apareció en un barco de bandera de Noruega que salía para Argentina. Su padre eligió el país porque aquí tenía un familiar. También les habían ofrecido Paraguay, Brasil y Perú.
La nave atravesó el Canal de la Mancha, para cruzar luego el Atlántico. Ellos viajaron en la bodega, donde “cada uno se las arreglaba como podía”, afirma Juan.
En 1948 llegaron a Buenos Aires y lo que encontraron al desembarcar los deslumbró.
“Era un paraíso terrenal. Gente buena y todo era abundante”, resalta.
Transcurría el primer gobierno del General Perón y destaca que fue Evita quien en una reunión que mantuvo con el papa (Pio XII) en el viaje a Europa que hizo en 1947, se interesó por el destino de los refugiados de la guerra y apoyó su inmigración.
El hotel de los Inmigrantes
Le viene a la memoria el pan blanco, que en Europa era imposible conseguir y aquí circulaba sin restricciones y a precio bajo. Lo notaron ni bien se instalaron en el Hotel de los Inmigrantes, el histórico establecimiento ubicado en el puerto de Buenos Aires, que recibió a miles de extranjeros provenientes de todas partes del mundo y que ahora es un museo.
Era un babel por la infinidad de idiomas que se hablaba. Llegó a tener una capacidad de 3.000 personas. Había una oficina para los trámites migratorios y se fomentaba la actividad laboral.
Juan recuerda que había un sistema de parlantes que difundía los oficios u obreros que se necesitaban para determinado trabajo. Y ahí se acordaba. Así logró su padre, carpintero de oficio, un puesto en Villa Lugano, en el sur de Buenos Aires. Mientras que él con su hermano consiguieron changa en la panadería del mismo hotel, “limpiando latas” y hacía de caddie en canchas de golf de Becar.
Pero el conocimiento de idiomas de Juan, que enseguida se acomodó con el castellano, le permitieron ganarse un lugar de “botones” en el establecimiento, una posición más cómoda y mejor remunerada.
El sur y el amor
En 1949 Juan ingresó a trabajar a Ferrocarriles Argentinos, en el área de confitería, mientras seguía estudiando de noche. En 1955 le dan la ciudadanía argentina y la empresa lo envía de mozo en el coche comedor del tren que iba de Constitución a Zapala. Como en Buenos Aires se había hecho amigo de Demesio, un Gallego que se había instalado en Cipolletti, en uno de los viajes decidió quedarse a conocer el pueblo.
Una tarde, de paseo en una chacra, conoció a María Catalina Cernaz, una jovencita de origen italiano que lo encandiló.
Se casaron en 1958 en Buenos Aires y se quedan a vivir un tiempo allá. Pero enseguida el suegro le ofrece trabajo en un galpón y chacras de su propiedad, por lo que en 1959 se radicaron definitivamente a Cipolletti. Durante los primeros años vivieron en una chacra de Colonia Marconetti, al sureste de la ciudad. Finalmente, en 1972 se mudaron a la casa de Alem. Tuvieron tres hijos que le dieron seis nietos y seis bisnietos.
Juan hace un largo silencio ante la pregunta sobre lo que está sucediendo ahora en Ucrania. Sigue los acontecimientos que se cuentan en los noticieros y se advierte que su semblante se ensombrece. Como volver a abrir una herida que cuesta cicatrizar.
Nunca más volvió al país. Tiene familiares con los que ha tenido poco contacto. Un hermano que se fue a vivir a Estados Unidos que falleció hace algunos años, y otro que quedó en Austria , a quien visitó en alguna oportunidad y también murió.
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