Los cipoleños que pasan los 40 años lo van a sacar al toque con una mínima referencias: pista de bicis famosa por un supuesto accidente en el que un piloto se golpeó donde más duele, hecho que terminó dándole su nombre. Exacto: el Rompehuevos.
El lugar quedaba en el triángulo de vías ubicado sobre la calle Pacheco, entre Mengelle y Rivadavia, que tiene unos 200 metros por lado. Hoy es una explanada rodeada por un alambrado en poder del municipio, que la utilizó como depósito de vehículos secuestrados y escenario de las últimas ediciones de la Fiesta de la Actividad Física.
Pero antiguamente fue una profunda hondonada plagada de arbustos y pastos agrestes, surcada por innumerables caminitos que con los años se fueron marcando por el continuo transitar de los caminantes, con curvas, subidas y bajadas que tentaban a recorrerlos en bicicleta.
Entre la maraña de senderos se habían definido circuitos con sinuosidades más o menos pronunciadas, que se elegían de acuerdo a la capacidad y atrevimiento con que contara el ciclista.
El gran desafío era la empinada bajada que atravesaba el pozón más o menos a la mitad, perpendicular a Rivadavia, que en su punto más bajo tenía una elevación -como un lomo de burro- que provocaba que las bicicletas que bajaban a toda velocidad salieran eyectadas a varios metros, muchas veces con aterrizajes lastimosos.
Desde la cúspide desde donde se lanzaba, parecía un abismo, y hacía fruncir hasta el más valiente. Pero una vez arriba no se podía aflojar y esa indecisión muchas veces aumentaba los riesgos.
Rapones y lastimaduras hubo a montones, como también bicicletas partidas y otras averías mecánicas.
Pero nunca se pudo comprobar si realmente existió el terrible accidente tan mentado. Supuestamente el ciclista se tiró desde los más alto de la pendiente y tras volar varios metros aterrizó desacomodado, con tal mala suerte que golpeó fuertemente sus testículos contra el asiento del rodado.
Pudo haber sido un accidente menor, que se agigantó por lo doloroso que suponía. Es un misterio. La cuestión es que quedó el Rompehuevos para siempre, como otra leyenda urbana cipoleña.
La aventura de ir
Para los chicos de los barrios más alejados, la sola idea de ir ya era una aventura. Había que organizarse porque era una expedición a las afueras del pueblo, que parecía quedaba más lejos.
Además, se requería que varios tuvieran bicis -y no todos tenían- porque a mayor número en la competencia mayor sería la diversión. Y por supuesto, era más posible que el que carecía de móvil ligara una prestada, aunque sea para dar una vueltita.
En esos casos no había que hacer muy pretencioso. Más bien se agarraba lo que fuera, porque no había bicis con amortiguadores ni especiales para hacer cross. Eran de esas robustas con caño al medio, o bien otras de paseo que tampoco eran aptas para la competencia.
Más emocionante se ponía cuando coincidía más de un grupo y se armaba una “carrera grande”.
Los más sabandijas habían acostumbrado a evadir en determinados días sus obligaciones educativas (la popular rata) y se trasladaban hasta el descampado a disfrutar de la hazaña lejos de ojos delatores, hasta en las mañanas invernales, cuando la hierva clareaba por la helada.
Hay mil historias y anécdotas del Rompehuevo que suelen ser recordadas con una sonrisa y una mueca de dolor cuando la charla deriva al nombre del sitio.
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