Poder. La persona que está en condiciones de hacer determinadas cosas sin que nadie se lo impida. Esa es la esencia del político, no de la política. Por eso muchos se perpetúan y nunca abandonan el Estado o sus adyacencias.
Por debajo de ellos, miles de fieles, fanáticos, seguidores y simpatizantes que cada tanto renuevan su confianza, su ceguera o su admiración a través de un papelito que llamaremos voto. En ese juego de poder vale todo, aunque sea el pueblo el que más lo sufra.
Y ese es el “juego” al que estamos siendo invitados en estos días a nivel nacional con actores protagónicos, secundarios e invitados como el fiscal Diego Luciani, quien lleva la acusación de la causa Vialidad -o de la obra pública en Santa Cruz- y que busca condenar a la ex presidenta y actual vice del país, Cristina Fernández, a 12 años de prisión, al sindicarla como jefa de una asociación ilícita, quizás una de las figuras más complejas de comprobar -según los libros- en el mundo judicial.
Y en ese “juego”, también hay una meta: el 2023. Es así que muchos políticos se ponen el traje de candidato en vistas del futuro del país. Y siguen alimentando a uno de los principales artífices para que la partida no se caiga: la grieta.
Quizás este sábado se vio simbolizada por el vallado colocado en los alrededores de la casa de CFK, en el coqueto barrio de Recoleta. Apostar a la grieta, en medio de un ánimo notablemente sensibilizado, es un riesgo. Pero muchos dicen que el que no apuesta no gana.
Sin embargo, se olvidan que el país ya tiene demasiadas cicatrices a lo largo de estos años de la nueva democracia, y ni hablar de tiempos añejos. Y no solo se trata de un cargo, del poder, sino de paz social, de vivir.
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