Hay una generación que nunca corrió detrás de los precios, que subían por ascensor y no por escalera, de la mañana a la noche. Ni tuvo que colocar plazos fijos a una semana, ni pensó decenas de estrategias para que el peso, esa pisoteada moneda argentina, no se disolviera como arena entre los dedos a causa de la inflación.
La generación Z, esa que nació después del tercer milenio, entre las redes sociales y los celulares como una prolongación del cuerpo, apenas sí está conociendo la punta del iceberg, de lo que es uno de los malestares más grandes que vive este país.
La proyección de más del 100% de inflación para 2022 cambia, de manera significativa, el escenario de la vida cotidiana que se venía manejando desde hace más de una década, con una suba de precios, de manera alternada (¿y controlada?), de entre el 20% y el 50% anual.
Desde finales de junio, con los compromisos para cumplir las metas con el FMI, la quita de subsidios, la readecuación de tarifas y la pelea que hay de fondo con el sector del campo por la liquidación de divisas, la inflación y la pobreza suben rápidamente por el ascensor.
Los que recuerdan la hiperinflación de Alfonsín, que saltó a más de 750% en 1989, ya tienen más de 40 años. A Alfonsín le costó entregarle de manera anticipada la presidencia a Carlos Menem, a costa de revueltas y saqueos. La solución, aún criticada, pero eficaz, fue un plan de Convertibilidad que fijó el "un peso, un dólar", un esquema que tardó cinco años en empezar con una crisis.
Durante el gobierno de Alfonsín, era natural ir a comprar pan por la mañana con un precio y pagar un 50% más caro por la tarde. O ir a un comercio para abonar la última cuota de un lavarropas, donde era más caro viajar en colectivo que el electrodoméstico.
Lo que se está viviendo hoy en Argentina no es algo que ya no haya pasado. Pero en un escenario mediatizado y de gran discusión y desinformación, la angustia toma el cuerpo de una nueva generación que, de alguna manera, tiene más dificultades para acceder a un trabajo formal y a un patrimonio personal. Se acabó la "generación de dueños", al menos para los más pobres.
El problema no es sólo la inflación global, sino la suba de productos específicos de la canasta básica, que se duplicaron en pocos meses. Esto es una verdadera amenaza que no sólo se corrige con una indexación salarial.
El gobierno está intentando intervenir en toda la cadena de precios de la industria alimentaria para no quedar en una encerrona económica, que lo ponga en el peor escenario político después de la pandemia. Por ahora, no lo consigue. Lanzó un paliativo para comprar electrodomésticos en 30 cuotas, una medida de ensayo, hasta que pase el mundial de Qatar.
Hace poco, Álvaro García Linera, exvicepresidente de Bolivia de Evo Morales, explicó cómo hizo su país para congelar la inflación, un mal que padeció por 20 años. Hay medidas ortodoxas y más conservadoras, como la de Menem y otras, como las de Bolivia. Pero nada garantiza el éxito.
“Nos llevó tres años controlar la inflación, que había surgido de un ataque empresario, pero lo logramos. Impusimos al inicio un tope de precios a las carnes, cereales, leche, azúcar y aceites mediante la asociación del Estado con pequeños productores. Nos metimos en la cadena productiva y obligamos a los empresarios a vender al precio que fijábamos. Así, logramos corregir los precios nuevamente”, dijo el exvicepresidente boliviano.
Mientras tanto, en el país, a los más grandes ya no les sorprende nada; mientras que la nueva generación empieza a hacer carne esa maldita palabra llamada inflación.
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