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Isla El Porvenir: una travesía al cementerio de agua que dejó la crecida del río Neuquén

LMN ingresó a la isla El Porvenir de Centenario, en una travesía de 40 minutos con el agua a la rodilla. Animales muertos y desesperación de las familias que abandonan el lugar. La bronca contra los políticos.

Son las 17.05 y estamos con el fotógrafo de LMN en el desvencijado puente Schrull que divide la zona de chacras de Centenario con la isla El Porvenir. Ese es el lugar que permanece bajo agua hace un mes, luego de la violenta crecida del río Neuquén, y los inundados denuncian que fueron olvidados.

En una hora y media caerá el sol abruptamente entre las alamedas y la noche será una verdadera boca de lobo en las 40 hectáreas de chacras y vegetación ribereña. La tarde está templada, pero se siente la humedad en el aire y en unos minutos, el frío se hará sentir desde los pies a la cabeza. En este lugar, hace unos días, había una pátina humeante en el aire, con temperaturas bajo cero, como la más cruenta película de suspenso.

Defensa Civil y Bomberos Voluntarios terminan el operativo de asistencia de los lunes, miércoles y viernes, porque los vehículos no pueden cruzar el puente de 20 metros de largo, por el que corre agua a nivel rasante.

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Algunos vecinos pusieron hasta puentes en las calles para sortear la inundación. El agua no bajará por varios días o meses. La crecida del río Neuquén fue muy violenta.

Algunos vecinos pusieron hasta puentes en las calles para sortear la inundación. El agua no bajará por varios días o meses. La crecida del río Neuquén fue muy violenta.

Hay que guiarse con una soga y un arnés atado al cuerpo y llegar hasta el otro lado del brazo del río, un lugar que pocos conocen, con grandes casonas y paredones altos y también de viviendas más precarias con corrales y animales de granja.

“No pueden cruzar; es un peligro y ya nos estamos yendo”, advirtió uno de los muchachos, que tres veces a la semana tiene que calzarse un traje para pescadores y caminar un kilómetro y medio con el agua hasta las rodillas hasta llegar a la zona más crítica de la inundación.

La advertencia es por el horario. El sol cae exactamente a las 18.36 y no hay mucho tiempo para caminar bajo el agua, hacer entrevistas y regresar. Puede haber imprevistos y hasta jaurías de perros hambrientos en el camino, pero insistimos; ya estamos acá y el desafío lo vale. Hay muy poca gente que ha podido ingresar a la isla inundada y los vecinos quieren hacerse escuchar.

Es que a veces, la cruda realidad de la gente no se refleja en las fotos de Facebook ni en los reels de Instagram y, mucho menos, en la palabra tamizada de cualquier funcionario público, siempre temerosos a las represalias "desde arriba".

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Los pobladores de la isla El Porvenir caminan un kilómetros y medio bajo el agua hasta la salida en la zona del puente roto. Tienen que ser ayudados por Defensa Civil.

Los pobladores de la isla El Porvenir caminan un kilómetros y medio bajo el agua hasta la salida en la zona del puente roto. Tienen que ser ayudados por Defensa Civil.

La desconfianza hacia los funcionarios es evidente. Hay mucha bronca de la gente y dicen que ningún político, salvo la gente de Defensa Civil y Bomberos, tomaron contacto con los pobladores de la isla. También hay una advertencia de cortar la ruta a Vaca Muerta si no hay soluciones, pero esa amenaza se desactivó al mediodía de este jueves. El tema ya pasa a ser más político que asistencial.

Antes de entrar a la isla, nos advierten que durante el trayecto podemos sentir un olor nauseabundo, que emana de los cuerpos de animales muertos que siguen estancados en algunos corrales porque no pudieron ser retirados todavía. Es un verdadero cementerio de agua, con gallinas, chivos y hasta cerdos, que murieron ahogados el primer día fatídico que subió el río, con la fuerza de un aluvión que destrozó granjas y corrales.

Para entrar a la isla no sólo hay que tener botas de goma. Sino un wader, ese traje impermeable que usan los pescadores, porque el agua llega a la cintura en algunos tramos del extenso y silencioso camino desde el puente hasta las casas inundadas.

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Dos vecinas se bajan de una camioneta y nos prestan los trajes, pero nos advierten que el camino es largo y que todo corre por nuestra cuenta. Una es Azucena Soto, pobladora de hace más de 20 años en la isla, que nos dice que nos presta los trajes con la condición de devolverlos. Se hizo trato y entramos.

En el trayecto no hay mucho tiempo para detenerse. La tarde está silenciosa y se escucha el ladrido de algunos perros, que hace eco con los piletones de agua que se pueden ver desde el camino. Hay patos y gansos en algunos arroyos desbordados en el camino y, de vez en cuando, aparecen perros a buscar más cariño que alimento.

Hay autos viejos que están casi hundidos y las marcas del nivel de la crecida se pueden ver al menos un metro más arriba en las paredes de las casas. Los vecinos desconfían de los números que arroja la Autoridad Interjurisdiccional de Cuencas (AIC) sobre las erogaciones. Creen que no son 600 metros cúbicos por segundo los que tiran, sino mucho más. Algo ¿incomprobable? desde lo oficial.

Caminar por la zona inundable no es tan fácil como se ve en las fotos. Hay que tener cierto estado físico, porque es como caminar en una pileta durante dos kilómetros. A los cien metros, cualquiera ya está exhausto y con las piernas cansadas. Sólo resisten algunos pobladores que van y vienen por el sendero inundado, transportando alimentos para los animales, agua en bidones y comida para una semana.

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Wanda Nurnberg vive hace 20 años en la costa del río Neuquén. En su condominio familiar el agua llegó a sus casas pero bajó. Igual no puede salir de la isla.

Wanda Nurnberg vive hace 20 años en la costa del río Neuquén. En su condominio familiar el agua llegó a sus casas pero bajó. Igual no puede salir de la isla.

“Nos tuvimos que ir a alquilar, nos fuimos con la familia, porque los chicos tienen que volver a la escuela”, dice a LMNeuquén Ernesto López, un poblador que está hace 20 años en la isla.

Desde lejos, se puede ver que cuatro personas llevan arriba de dos kayaks atados a una tabla un lavarropas, un freezer y algunos muebles. Es una mudanza desde la vieja casa que tienen en la isla, hasta un barrio de Centenario. Un golpe demoledor que no esperaban.

"Sí, teníamos animales, pero bueno, tuve que sacar los que quedaron vivos y los otros, bueno. Se murieron, se los llevó el río”, se lamenta el hombre, que empuja la embarcación casera.

Ernesto no tuvo tiempo ni de hacer el duelo por sus animales. En el camino, cuenta que estuvo internado hace poco por una enfermedad y que tampoco tuvo tiempo de hacer reclamos al gobierno. Está más preocupado por sacar sus cosas e irse de la isla, que por otra cosa.

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En la isla El Porvenir está el camping Los Alazanes, cerca de un brazo del río Neuquén. Todo está bajo agua pero las familias decidieron quedarse.

En la isla El Porvenir está el camping Los Alazanes, cerca de un brazo del río Neuquén. Todo está bajo agua pero las familias decidieron quedarse.

“Los chicos iban a la escuela desde acá en la isla. En casa no podemos estar, se levantó todo el piso por el agua, no tenemos el baño, porque está todo lleno de cloacas. Después estuvimos sin luz, se descongelaron los freezers, se echó a perder toda la carne y no podíamos sacar nada. Estamos llevando el lavarropas, los televisores. Lo poco que nos queda, lo estamos llevando”, comenta Eduardo.

Después de transitar 300 metros, estamos en tierra firme, pero no por mucho tiempo. Un poco más allá, se pueden ver cinco cabañas abandonadas por la suba del agua. Es el camino que conduce a un camping, que está a un kilómetro por delante, pero todavía faltan al menos 20 minutos de caminata.

No pasan las 4x4

En la zona no se puede transitar ni siquiera con un vehículo 4x4. Algunos vados tienen más de un metro de profundidad y el agua detendría la marcha de cualquier camioneta. El día de la máxima crecida hubo desesperación. Algunas familias quisieron salir en vehículos y quedaron estancadas. Otras, cruzaron el puente roto, que divide la isla de las chacras, con el peligro que ello implica.

En el camino hay arroyos que se desprenden del brazo crecido del río Neuquén y por el momento la caminata se detiene. Los vecinos tuvieron que improvisar un puente chico, para poder cruzar y llegar a sus casas.

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Una familia abandona la isla y se va a alquilar a Centenario. Los chicos tienen que seguir en la escuela pero con el agua en la casa no pueden seguir viviendo.

Una familia abandona la isla y se va a alquilar a Centenario. Los chicos tienen que seguir en la escuela pero con el agua en la casa no pueden seguir viviendo.

A los lejos se ve otra persona que empuja de un carro: un hombre mayor, fornido y que se presta para las fotos amablemente, aunque prefiere no contar mucho de lo que está viviendo. Explica que estuvo trabajando en Marrostown, Estados Unidos durante un tiempo y que también estuvo en México y que, de paso por la pandemia, quedó en Centenario. En el carro traslada alimento para los animales, los pocos que quedaron vivos en la isla.

Faltan unos 500 metros para llegar hasta el brazo del río, y el agua en las casas que hay alrededor tapa algunas camionetas y tractores. No se ve gente en las viviendas. Se dice que la mayoría han abandonado la isla. Golpeamos las manos, pero ni los perros ladran en algunas viviendas.

Son las 17.45 y hace 40 minutos que estamos caminando, en medio de las lagunas. El camino ya parece interminable y la luz tenue empieza a desdibujarse entre las ramas secas de un balneario. Se trata de una parte de la isla que da a un brazo más grande del río Neuquén, llamado Los Alazanes. Las mesas y sillas quedaron bajo el agua, pero la familia que lo administra sigue viviendo en el lugar. Es una señora mayor que anda con un palo y con botas, y que hace el interminable camino hasta el puente Schrull.

Al final del camino nos encontramos con Wanda Nurnberg, una vecina que hace 20 años que vive en la costa del río Neuquén, en un condominio familiar. Tiene a su madre de 83 y a su padre de 91 años, que apenas salieron de las casas. “Mi papá apenas se dio cuenta de lo que pasa. En un momento tuve miedo de que le pasara algo”, comenta.

Wanda vivió años en Bariloche y viene de una familia alemana de las dos ramas genealógicas. Es amable y adusta y nos muestra la costanera y defensa en el río, con una vista privilegiada de la vegetación ribereña y las aves que vuelan en la zona. Es la parte más ancha del río.

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La mujer tenía una huerta agroecológica y más de 70 gallinas, pero algunas quedaron bajo agua. “Acá todo es orgánico, son pollos que no tienen nada de químicos, y las verduras tampoco tienen fertilizantes”, comenta.

“Nosotros no podemos perder el objetivo, que es poder salir de acá y ojalá que el agua pueda bajar. Acá hay cosas raras, está la política metida, justo están las noticias de las hidroeléctricas. Hicimos gestiones por el puente, pero nada. Acá no vino ninguna autoridad política. Se murieron 70 gallinas y tengo a mis padres grandes. Hacemos un esfuerzo mental por no mandar todo a la mierda”, concluye.

El sol empieza a caer y el frío se siente incluso con el traje impermeable. Es hora de regresar. Otros 40 minutos de vuelta, caminando con el agua a las rodillas en algunos tramos. En la isla, el agua parece que no bajará por varios días, pese a los anuncios de la AIC. Se habla de meses y otro tiempo más para reconstruir lo que el río se llevó.

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