La foto de un boliche bailable neuquino en la que se ve bajo una copiosa nevada el legendario boliche “Pirkas” generan muchos recuerdos que, aunque recientes, nos cubren a su vez de hondas nostalgias. A principios de los ochenta, alguien tomó varias fotografías de una nevada extraordinaria que cubrió de blanco a la capital neuquina.
Las estribaciones de la zona de bardas se desdibujaron bajo los copos de nieve, pero el bailable “Pirkas” (que en un principio se llamaba “Pircas” con “c”) emerge en la imagen como una burbuja plena de evocaciones. Los principios de la democracia y la extensión de los horarios de los bailes, las camperas de corderito, los cospeles, el rock nacional abriéndose paso entre los nuevos ritmos y una bocha espejada que brilla desde el ayer.
El término “Boliche” es tan antiguo como los primeros comercios de ramos generales que desde la época de la colonia se llamaban así por ser lugares de esparcimiento en los que se reunía la gente en torno a los juegos de azar en los que predominaban los objetos esféricos como las bochas por citar un ejemplo. En la Patagonia se llamó así, desde el siglo XIX, a los almacenes de campo y figuran ya en las primeras crónicas de la mal llamada “Conquista del desierto”.
La historia de los locales bailables y los nombres que fueron adoptando es variada: tertulias, bailables, milongas, bailongos y en los 60´el movimiento beat los convirtió en discos, discotecas, boites (castellanizadas en “buats”) y en los 70´ y 80´ boliches. Como decía una popular canción de “Los Náufragos” de 1970: “De boliche en boliche, me gusta la noche me gusta el bochinche”.
En el Alto Valle podemos mencionar a “Zakoga” de Cipolletti, “Aquelarre” de Gral. Roca, “Tanana” de Centenario y en Neuquén muchas más como “Blip Blup” (después “Old Plip”), “Karnak”, “Pata´s”, “Gente”, “Sunset”, “Oliver, “Aula Cero”, “Kronopios”, “Esqualo”, “Jackarandás” y muchas más. Enumerándolos surgen los recuerdos de los más populares “Disc jockey” como el Chato Rueda y los legendarios “Patovicas” como Néstor Hugo Herrero “un morocho corpulento y bonachón” como lo recuerdan todos.
El empresario Héctor Gutiérrez surge como uno de los nombres más relevantes relacionado con el boliche “Pircas”, que con el tiempo tuvo muchos nombres bajo otras administraciones tales como “La Colina” o “Space”. Con el tiempo pasó a llamarse “Pirkas” y las tarjetas de invitación con las que los adolescentes forraban sus carpetas del secundario, invitaban a darse cita cada fin de semana en la calle Santiago Del Estero 883.
Los grupos de Facebook como “Yo fui Adolescente en los 80s y 90s en Neuquén” y “Neuquén del Ayer” cosechan cientos de “likes” y comentarios, bajo el posteo de la fotografía de un “Pircas” tapado de nieve en el que se adivina su primer letrero oval con letras rojas y las típicas escalinatas y los techos alpinos que la convirtieron una postal emblemática del paisaje neuquino. Los más memoriosos insisten que pudo haber sido la nevada histórica de 1984, aunque hay quienes recuerdan que también en 1982 hubo otro temporal de nieve.
“Pirkas” es de la época en que esperabas hasta después de los 18 para entrar porque tu pasaporte era el D.N.I, que algunos colados rogaban en la fila que no se los pidieran, el tiempo de las chequeras de consumición que si las perdías las tenías que pagar enteras y te salían una fortuna. De cuando se sacaba a bailar y esperabas a que pusieran los lentos, de cuando Miguel Mateos con “Zas” te decía que caminaba sólo con la noche detrás, porque era buena hora para andar: “Gente en los flippers, más gente en el pool, sin saber a qué jugar”.
Te anotabas el teléfono (fijo en un papel) y un puñado de cospeles (explicarle a los más jóvenes) te salvaban un sábado. A propósito, las pircas son construcciones amuralladas de piedra y por eso tal vez el nombre del boliche y volviendo a Miguel Mateos quizás se trataba de “Rocas Vivas” con uno de sus primeros discos. La fotografía congeló un millar de anécdotas, los cálidos recuerdos de la gente en las redes, volvieron a encenderlos.
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