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La Mañana Picún Leufú

La historia de Don Abel, el gaucho peregrino de Picún Leufú

Hace 31 años, emprendió una cabalgata con sus amigos para unir su pueblo con el festival de Jesús María. Tres años después repitió la hazaña hacia la Basílica de Luján.

Amar a un pueblo y a sus tradiciones es similar al amor de una madre por su hijo. Comparable también en el campo con el amor de un gaucho por su caballo, que es el alma de su andar. Se trata solamente de amor. Ese amor simple y sencillo que no sabe de tiempo ni distancias. Es el caso de don Abel Bustamante que ama sin medidas a su terruño y a sus costumbres más arraigadas.

Así como las ama también las defiende y pide que sean eternamente de todos. Hoy, la vida y el destino, le permiten andar con sus 84 años de manera jovial, activa y muy feliz. Su vida siempre fue en el campo y los caballos han sido su medio de movilidad por excelencia. El pasado fin de semana el pueblo y la gente de Picún Leufú vivieron la 28° Edición de la Fiesta del Chacarero y el Hombre de Campo y tal cual lo viene haciendo desde varios años atrás, don Abel encabezó el desfile gaucho en la jornada inaugural.

El monumento que homenajea a los chacareros y crianceros fue la punta de lanza del despliegue de gauchos hasta el predio de la fiesta. En sus faldas llevaba la estatuilla de la Virgen de Luján, que estuvo presente durante toda la fiesta en el escenario como una fiel protectora y de bendición.

Don Abel es nacido y criado en estas tierras donde se siente y se respira tradición. Tanto es así que el predio donde se realiza la tradicional fiesta picunense está muy ligada a sus orígenes, ya que en esas hectáreas de campo transcurrió su niñez y su juventud acompañando a sus padres y a sus hermanas Angélica, Alicia, Marta y Ramona. Hay una foto familiar donde se aprecia a sus progenitores Pantaleón Bustamante y Clara Solís en alguna reunión festiva. El hombre de campo con una guitarra en sus manos como era costumbre en aquellos tiempos y detrás el caballo llamado Talismán. Un regalo de Pantaleón a su amada mujer que está a su lado.

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El predio don Pantaleón Bustamante

Don Abel cuenta con emoción que en el predio donde hoy se realiza la fiesta siempre lo llena de nostalgia y que procura no visitarlo durante el año. “Aquí pasé los mejores años de mi vida”, confesó. Agregó que “mi padre y mi madre vivieron acá. Nosotros nacimos y nos criamos en este lugar, la niñez y la juventud la pasamos trabajando en estas chacras. Yo era el único varón en la casa, las otras eran mujeres. Con los años, cuando se hizo el lago, nosotros ya nos vinimos al pueblo y ahí se hizo el campo de jineteadas. Mi padre se llamaba Pantaleón Bustamante y con el tiempo el predio fue bautizado con su nombre. Un orgullo para mí y mi familia”.

A continuación relata que “nosotros en aquella época nos criamos haciendo cosas de campo porque era lo que había. No había autos, no había tractor, era todo a caballo, íbamos a todas partes a caballo. Yo me crie con eso, con el trabajo en las chacras. Hoy tengo 84 años, nací el 12 de julio de 1938”. Luego, repasando las imágenes en su mente, contó que había antes en esas tierras. Donde hoy está la cancha de fútbol su madre tenía una chacra en la que sembraba maíz, papas zapallos, sandías y melones cuando él era apenas un niño. “En esos tiempos se araba la tierra con la ayuda de caballos”.

Algo para destacar y que llena de ternura es que durante todo el relato de su historia cuando se refería a sus señores padres siempre los llamó: “mi papi y mi mami”. También destacó que su padre fue un hábil y respetado hombre de campo y que su madre siempre fue reconocida como una “abnegada mujer chacarera”. Por esa vida que llevó en los tiempos donde faltaba de todo y no sobraba nada, don Abel reflexionó que “en aquel entonces nosotros vivíamos dentro de la nada. No teníamos comodidades ni estudios, pero igual creo que nosotros vivimos mejor que como se vive hoy porque estaba la tranquilidad, y eso es impagable”.

La hazaña de unir Picún Leufú con Jesús María

Siguiendo la impronta gauchesca y aventurera de sus padres, allá por el año 1991, don Abel en compañía de cuatro amigos decidió escribir una historia personal única e irrepetible: Unir a caballo Picún Leufú con Jesús María en Córdoba. “Nosotros salimos a caballo el 7 de diciembre del año 1991 para llegar al festival del año siguiente en Jesús María. Estuvimos un mes andando a caballo con Rubén “Zurdo Chávez” y Evelio Sepúlveda. Fue una experiencia hermosa porque fue una forma de conocer el país. Llevábamos dos caballos cada uno, llegamos bien. El recordado payador uruguayo y gran amigo Gustavo Guichón en aquella oportunidad nos consiguió una vuelta de honor una noche en el campo de Jesús María. Fue un momento increíble y de pura emoción. Aquello fue una cosa única y que nunca nadie más lo hizo. Fue un orgullo representar a Picún Leufú y a mi querida provincia. Me quedaron recuerdos imborrables”.

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En aquella travesía excepcional fue vital el apoyo logístico en camioneta que les brindaron los vecinos y amigos Jorge Marcelo Arias y Carmelo Altamirano. Los acompañaron durante el recorrido de los 1500 kilómetros (con desvíos incluidos) en total y durante los 27 días que demandó aquel desafío. La prensa cordobesa de la época le dio amplia cobertura al suceso y destacó que los jinetes completaron recorridos de 9 horas por día (a un promedio de 60km) y que solamente descansaron dos días completos. “Los visitantes quedaron muy impresionados por el magnífico espectáculo que se brindó en el festival, llevando de esta manera un mensaje argentinista de vuelta a sus pagos, con la ilusión de repetir el raid en otra oportunidad”, destacaron en la revista Renacer de la Cultura Gaucha.

Un mensaje de fe a la Virgen de Luján

El espíritu inquieto, el amor por los caballos y la profunda fe en la Virgen de Luján fueron los disparadores de una nueva cabalgata que quedó en la memoria de todo Picún Leufú. Ya en el año 1994 don Abel y nuevamente con su compañero y amigo “Zurdo” Chávez decidieron echarse a las rutas argentinas para llegar a la emblemática ciudad turística y religiosa de Buenos Aires. Fueron más de 1200 kilómetros que también les demandó alrededor de un mes de esfuerzo y sacrificio. “El 22 de agosto de 1994 con mi amigo Chávez partimos con destino a la peregrinación de Luján, a la Basílica, también lo hicimos a caballo y tardamos como un mes. Nosotros ese récord todavía lo tenemos porque nadie del pueblo lo ha hecho de nuevo”, explicó con orgullo.

Ese mismo orgullo siente su pueblo y en el mes de agosto de 2019 un grupo de amigos de la localidad así se lo demostraron. En aquella oportunidad le realizaron un sentido homenaje al cumplirse las “bodas de plata” de la hazaña que lo terminó de meter en la historia profunda de Picún Leufú. En esos festejos no faltaron el asado y el buen vino para recordar y celebrar, ante los acordes de una guitarra, los momentos únicos del entrañable recorrido a caballo por parte de las rutas de la patria. El rol de asistencia lo ocupó entonces el amigo Enrique Stampella. Como ofrenda de agradecimiento y muestra de fe el “Zurdo” Chávez dejó en la Basílica una rastra y don Abel una guitarra criolla que siempre fue su fiel compañera.

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El valor de la tradición

La tradición es la marca registrada de los pueblos y así lo sostiene don Abel Bustamante. Con una voz firme y llena de esperanza, dijo que “ojalá nunca se pierda y que siempre haya un gaucho dispuesto a levantar la bandera de la patria y de sus costumbres”. En ese sentido, agregó: “Yo creo con firmeza que la tradición va a perdurar en el tiempo. Hay mucha gente joven que viene abrazando nuestras costumbres. Si bien han cambiado muchas cosas pero esto tiene y debe seguir”. Sin embargo se lamentó que en el pueblo hayan desaparecido algunas prácticas ancestrales. “No hay señaladas, no hay marcaciones, no hay jineteadas camperas, no hay trillas que era lo que había antes y eso hoy no existe. Acá cosechábamos de todo, cosechábamos arvejas, maíz, papas, sandías, melones, lo que se diera. Al día de hoy acá en Picún Leufú hay solo una trilla y la hace todos los años el vecino Dionisio Hidalgo. Es lo único ancestral que queda, después no hay nada más”. A pesar de este panorama él es optimista y se aferra a su creencia que de a poco se vuelva a recuperar parte de esa esencia que le dio origen al pueblo.

Su familia, el mayor tesoro

“Sin medios de nada y todo a pulmón. Así nuestros antiguos hicieron este pueblo. Solo los distinguía ese enorme afán de trabajar”, así se refirió don Abel a sus padres y a todos aquellos hombres y mujeres que marcaron los primeros pulsos de crecimiento de Picún Leufú. Él es nacido y criado en el pueblo, y nunca se despegó totalmente de sus límites. Aquí formó familia con su esposa Albertina Muñoz, a quien definió como “el amor de su vida”. Junto criaron a sus dos hijos Clara Mercedes y Eusebio. A don Abel la historia local lo reconoce como uno de los primeros promotores de las jineteadas en la región y por haber sido uno de los principales trabajadores en la construcción de los primeros edificios públicos del pueblo como la Comisaría, Hospital, Correo y Municipalidad. También por haber sido playero en la vieja estación de servicio Petro Neuquén (después Bases) donde trabajó por espacio de 31 años y donde finalmente se acogió a los beneficios de la jubilación.

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