Dicen que es necesaria una pequeña dosis de dolor para ser capaces de distinguir los momentos de alegría. Pero quizás, esta vez, sufrimos demasiado. O al menos así lo vivieron los cientos de neuquinos que se congregaron en Mood Live para enfrentar un desafío difícil que se perfiló primero como una fiesta y terminó como una gloria nerviosa y épica, casi azarosa, cuando el pase a semifinales en el Mundial de Qatar 2022 parecía estar escurriéndose entre las manos y Lautaro Martínez aprovechó la última oportunidad convirtiendo un penal.
A Mood todos llegan temprano. En un día feriado, con pocas obligaciones y un calor que raja la tierra ya seca de Neuquén, el partido de cuartos de final por la copa del mundo parece el único plan posible. El enfrentamiento previo entre Croacia y Brasil ya genera el clima necesario para pensar sólo en fútbol, por lo que muchos neuquinos ingresan al local bailable para ver la definición por penales y la derrota de los brasileros en pantalla grande.
En medio del ritmo frenético de los mozos, desde las mesas ubicadas en la pista, los asistentes celebran cada paso en falso de los brasileros, eternos rivales de la celeste y blanca, que no consiguieron que su juego bonito se impusiera sobre los croatas en los 120 minutos de juego. Tras la eliminación, los astros verdeamarelos lloran sobre el pasto impoluto y en Mood crece la ansiedad: falta muy poco para que Lio Messi y todos los suyos se enfrenten a Países Bajos en el cruce más difícil de lo que lleva, hasta ahora, la copa qatarí.
Los esfuerzos de los organizadores se hacen notar. Cada persona del público lleva una pulserita celeste, y desde las mesas ya empiezan a pedir algo del menú. Las gaseosas y cervezas, que en la carta cuestan 400 pesos, son la elección más popular. Y aunque a esa hora muchos piensan en la merienda, allí reina lo salado: de la barra salen pizzas alargadas, tostados y vistosas hamburguesas con papas fritas. Es mejor comer ahora, antes de que el juego ate un nudo en la garganta.
En Mood impera un ambiente heterogéneo. A pesar de la ambientación nocturna, con la penumbra y los carteles de neón, son muchas las familias que quisieron ver el juego en la pantalla gigante, con una emoción que se ensancha en ese ambiente compartido. Los chicos disfrutan su mundial con un folklore exagerado: se pintan banderitas en el rostro y lucen mil y un versiones de la camiseta de Messi. Y llevan banderas, y gorros y hasta pantalones celestes y blancos. Por primera vez son conscientes de una alegría en común, que detiene al país y vuelve a encenderlo cada vez que el pitido de un referí declara una victoria.
Disfrutan sobre todo, la presencia de Messi que, en Mood, no es el mejor jugador del mundo sino un chico disfrazado. Detrás de su máscara, hace gestos con las manos para decir que el equipo va a ganar dos a cero, y choca los cinco con los más chiquitos. Saluda y se agacha en festejos de goles imaginarios para llenar el ambiente de alegría, con un enorme 10 estampado en la espalda, que coincide con el 10 que llevan todos.
Ya está. Es ahora. El himno neerlandés primero, porque ya no les dicen holandeses. Y ese naranja que muchas veces fue un fantasma de la eliminación. Pero después entonan el himno argentino, y el público de Mood se levanta y corea la melodía con una voz que hace temblar al local. Un reflector ilumina la pista de baile como si fuera un estadio en un juego nocturno. "Oooh, te vinimos a alentar", cantan mientras los once de Scaloni dan los primeros toques.
Argentina está cómoda y en cada mesa se festejan los embates al área rival con un sabor a triunfo. Y gritan las oportunidades perdidas con un suspiro de frustración pero también con cientos de palmas golpeando las mesas del bar, con redoblantes y vuvuzelas que parecen estar celebrando lo que aún no sucedió.
Cuando dominan los naranjas, un silencio tensa el aire del salón. Muchos se quedan inmóviles en las mesas, y sólo los camareros pululan alrededor de la barra para atender los pedidos. No hay partido para ellos: están demasiado ocupados en un ritmo de trabajo agotador. Países Bajos sigue atacando y una atajada maestra del Dibu Martínez es celebrada como un triunfo que descomprime el aire del lugar.
Pronto, pasan del nerviosismo a la ovación. La llegada al área deja a todos al borde de la silla, y una tímida definición argentina logra que la pelota cruce la línea blanca. Gol. Mood explota y tiembla. Y otra vez, el salón se enciende con potentes reflectores, que hacen flashes para acompañar un grito ensordecedor. Todo es ruido y ya nadie puede quedarse sentado, pero todavía quedan muchos minutos por jugar. Puede pasar cualquier cosa, y el aire se tensa otra vez.
Con ventaja para la albiceleste, el árbitro pita el inicio del entretiempo. Son pocos los que renuevan sus consumiciones, pero sí empiezan las salidas al baño y las conversaciones animadas. Hay algo en el aire que parece anticipar una victoria y algunos, ya confiados, se toman una foto bien celeste y blanca para celebrar el triunfo en sus redes sociales, sin anticipar que van a sufrir más de la cuenta.
Los fumadores aprovechan el descanso para salir a la vereda. Con el cigarrillo en la mano, afrontan un calor abrasante que contrasta con el violento aire acondicionado del local. Desde Mood se esfuerzan por renovar el entusiasmo: reparten cotillón luminoso y gafas celestes que llegan, sobre todo, a manos de los niños. Y otra vez el clima de partido: hay que salir a jugar.
Para aquellos que no hicieron planes en sus casas, la barra se presenta como una buena alternativa. Martín, por ejemplo, no quiso ver solo el partido y se acomodó en una silla alta cerca de los barman para contagiarse del espíritu mundialista. "Acá la pasión se vive de otra manera", explica después de festejar el gol, un poco en solitario y otro poco en un gesto compartido con cientos de desconocidos.
Los ojos en la pantalla y Lio luce su fútbol. Mood se enciende: "Messi, Messi", corean y todas las manos acarician el aire oscuro del salón. Quizás sea el aire acondicionado o quizás la grandeza del capitán, pero cada brazo en alto tiene la piel de gallina, como si los helara ver semejante destreza.
El tiro libre de Messi apenas roza la red, que se mueve y entusiasma a muchos. Gritan con un enojo que se inventan, y también con un entusiasmo que se deja adivinar. Los redoblantes suenan casi tranquilos, pero muchos saben que no está todo dicho y que el uno a cero no los protege de nada.
La pantalla gigante muestra al Huevo Acuña dolorido en el área. Mood explota otra vez y todos piden penal. Y cuando el gesto del árbitro lo confirma, se quedan inmóviles. Messi define con la elocuencia de siempre. Y otra vez el ruido y los flashes. Los abrazos, los gritos, los redoblantes. Como si Zapala y Dios se hubieran mezclado un poquito, y una definición con tinte neuquino hubiera dejado a todos a salvo.
Pero queda mucho partido por jugar. Y nadie se imagina cuánto. El salto acrobático del Dibu no es suficiente y los naranjas descuentan en el mercador. El aplauso tímido y unos golpes de redoblantes tratan de disipar la amargura. Parecen decir que aquí no pasó nada, pero ese gol llenó de energía a los neerlandeses, que atacan despiadados haciendo gala de su altura.
Argentina trata. Un pelotazo veloz acaricia la red desde afuera. En Neuquén, las uñas ya no aguantan ante los dientes nerviosos. Y allá lejos, en el pasto qatarí, la temperatura se levanta. Después de que le cobraran una falta fuerte, Paredes descargó su bronca con un pelotazo contra el banco de suplentes. Por fortuna, el balón dio de lleno contra un asiento vacío, pero desde Países Bajos tomaron el gesto como una agresión, e invadieron el campo de juego con sed de venganza.
Aunque la tensión se calma, el arbitraje se desordena con tarjetas amarillas y tiros libres para los naranjas. Agregan diez minutos al reloj y el tiempo parece correr a un ritmo demasiado lento. Argentina se defiende, pero sufre. Y cada silbatazo parece ser un puñal para la celeste y blanca. Todo Mood insulta al referí, pero una falta evitable de Pezzella le da otro tiro libre al rival.
A 30 segundos del pitido que iba a darles la victoria a los argentinos, Países Bajos aprovecha una pelota detenida y empata. "¡No! ¡No! ¡No!", gritan en el público. La pantalla gigante muestra el llanto incontrolable desde las tribunas del estadio. Los niños que están en Mood miran a sus padres buscando algún consuelo. Una palabra de aliento. Una explicación. Algo. Pero sus padres tampoco pueden entenderlo y sólo se agarran la cabeza esperando que el sufrimiento se disipe.
El partido está oficialmente terminado. Van a sumar otros dos tiempos de quince minutos para que alguna selección lo defina con otro gol. Y hay algunos que ya no quieren ver nada. Se van al hall del local y esperan. Con las camisetas y las caras pintadas pero lejos de la pantalla. Prefieren no sufrir con una imagen y sólo quieren que el grito ensordecedor de un gol los sorprenda para bien.
Otra vez el aire se tensa. Scaloni hace cambios y el público aplaude a los que se retiran y celebra el ingreso de Di María, el histórico jugador que se ganó el corazón de todos. Después llega una ovación para la defensa argentina y para Dibu, que resisten los embates naranjas con el último resto de aliento que les queda.
Y después ocurre. Esa resiliencia tan argentina que los lleva a intentar de nuevo. Así, como sacando fuego de las cenizas, como brotando entre los escombros, empiezan a atacar. Insisten. No pueden, pero otra vez insisten. Luchan como los toros malheridos que hacen daño aún con las espadas clavadas en el lomo. Les duele, les sangra, pero atacan briosos como si el mundo dependiera de eso.
Pero no. Tampoco les alcanza. Y llega lo que nadie quería. Una definición por penales a prueba de nervios. Algunos prefieren ni verlo. El aire de Mood se vuelve espeso y oscuro, y cada mesa está llena de corazones apretados. No se puede sufrir tanto.
Empiezan los penales y Dibu Martínez se vuelve un gigante rojo. Los neuquinos celebran su primera atajada como si fuera un gol. Messi convierte sin soberbia, y la segunda atajada del arquero argentino les hace sentir la victoria en la punta de la lengua. Pero los neerlandeses se recuperan, y Argentina está otra vez al borde del abismo. En Mood reina el silencio con los penales favorables del rival, aún con una ventaja para la albiceleste.
Cuando Enzo Fernández desvió su remate y el penal neerlandés puso la definición 3 a 3, el aire de Mood se quedó quieto. Ya era imposible respirar. Sólo era cuestión de aguantarse, y dar una bocanada recién cuando Lautaro Martínez definiera el resultado. Un pitido habilitaba la jugada, pero el tiempo se estiraba hasta volverse eterno.
Patada y gol. Los jugadores corren a abrazarse en el estadio de Qatar. Y Mood explota. Gritan con el volumen de la victoria que se merecían. Las parejas se abrazan y los niños se hunden en los brazos de sus padres como borrándose el dolor del final del juego. El local se llena de luces y de ruido. Otra vez los cantos, los reflectores, las vuvuzelas. Y así, todos celestes y blancos, salen al calor de diciembre para festejar en el monumento a San Martín, donde esperan los fanáticos más ansiosos y una importante comitiva policial.
Celeste, blanco y violeta. El olor a tierra del día ventoso se mezcla con la pólvora de las bengalas que parece penetrarlo todo. Neuquén es una fiesta. Hay sonrisas y bocinazos. Hay saltos y banderas. Esta vez, los once de Scaloni demostraron que la resiliencia paga. Y eso, en el centro de Neuquén, es algo que se festeja.
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