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La Mañana LU5

LU5 Radio Neuquén cumple años: historias y recuerdos en primera persona

Trabajé como periodista y conocí a los grandes de la radio. Locos, artistas, bohemios, viejos y jóvenes, un grupo variopinto que marcó toda una época.

La primera vez que entré al informativo de LU5 Radio Neuquén para trabajar de periodista un hombre de tiradores y moño que estaba sentado frente a una máquina de escribir me dio el primer recibimiento: “¿Usted no sabe saludar?”.

Era el 1 de marzo de 1989 y yo había ingresado al staff de la radio de pura casualidad. Todavía estaba cursando mis estudios en la Facultad de Ciencias Sociales de General Roca cuando un compañero, Alejandro “El Negro” Lillo, me dijo que en la emisora más importante de la Patagonia necesitaban a alguien que cubriera los turnos del fin de semana. El Negro ya había ingresado como periodista al equipo de informativistas, por lo que fue él quien me recomendó a las autoridades de la radio.

El tipo de tiradores y moño que me marcó mi falta de modales (que fue por timidez y miedo) era Aníbal Forcada, un viejo con aspecto de chúcaro que era un referente de la cultura Patagónica. Yo no lo sabía, por supuesto; con el correr del tiempo aprendí a quererlo, y admirarlo.

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Aníbal Forcada y Clelia Valmer, dos íconos de LU5 Radio Neuquén.

Aníbal Forcada y Clelia Valmer, dos íconos de LU5 Radio Neuquén.

Aníbal era poeta, recitador, amante de las letras y con un vocabulario exquisitito. Había sido gran animador de los recitales folclóricos de todo el país y era reconocido por las grandes figuras de la música popular argentina. En la radio trabajaba como periodista, locutor y, por supuesto, conductor de programas. Para nosotros, Aníbal era el Google de entonces. Cada cosa que no sabíamos se la preguntábamos. Y cuando él no estaba recurríamos a un viejo diccionario Larousse destartalado que estaba en un rincón de la sala. No había otra cosa. Así de difícil era enfrentar la ignorancia a fines de los 80.

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La vieja casona donde funcionó LU5 durante muchos años.

La vieja casona donde funcionó LU5 durante muchos años.

El informativo de LU5 funcionaba en una amplia habitación de una casona vieja ubicada en la intersección de Alberdi y Santa Fe. Era un edificio que alguna vez había sido una casa de familia y que el paso de los años se había encargado de convertirla en una reliquia descuidada que en otras épocas había lucido mejor. Las paredes estaban descascaradas, los pisos tenían parches con mosaicos de distintos colores, el lugar olía a encierro y las ventanas apenas si dejaban ingresar la luz natural del exterior. Pero para nosotros era nuestro segundo hogar.

Allí conocí a quienes serían mis compañeros de trabajo, entre técnicos, locutores, periodistas y administrativos que integraban una fauna variadas de artistas locos y bohemios que de a poco comenzaba a darle paso a la nueva generación que representábamos nosotros, los pibes y futuros profesionales.

Entre los más nuevos, aunque con unos años más, estaba un mendocino que había llegado de “La Llave”, un pueblito del departamento de San Rafael, que había comenzado a conducir un programa que se llamaba “Línea Abierta” y que se convertiría en un ícono de las mañanas informativas. Era Francisco “Pancho” Casado, quién me integró al equipo y me enseñó los primeros “tips” para hablar frente a un micrófono, algo que le demandó bastante tiempo después de muchos tartamudeos, furcios y barbaridades que brotaban de mi boca por mi miedo escénico y mi falta de experiencia.

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Pancho Casado y Mario Cippitelli, en el programa Línea Abierta.

Pancho Casado y Mario Cippitelli, en el programa Línea Abierta.

La mujer que lo acompañaba era Clelia Valmer, una locutora que había llegado de Rosario y tenía una voz de terciopelo y una dicción perfecta. Ella era la que le daba elegancia y la frescura a una mesa cargada de las noticias duras y de las realidades crudas que pasaban por la calle. También era la que nos marcaba la corrección en el lenguaje y las palabras justas y, por supuesto, la censora de cualquier termino que resultara grosero (una vez dije “culo” al aire y recibí un sermón de media hora).

Si bien Clelia era la Reina Madre de las locutoras hubo otras voces tan cálidas y hermosas como la de ella que es necesario recordarlas: la de Adela Bausela y la de Carmen (La Negra) San Martín, dos grandes profesionales que acompañaron programas informativos, pero que también tuvieron vuelo propio con grandes éxitos que distinguían a la radio.

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Carmen San Martín y el canante Manolo Galván, en LU5.

Carmen San Martín y el canante Manolo Galván, en LU5.

Adela se jubiló después de muchos años frente al micrófono. La Negra sigue apasionada y más vigente que nunca desplegando su arte y su profesionalismo en otros aires.

Dentro de ese equipo variopinto también sobresalía un hombre que con el tiempo –nadie lo sabía entonces- pasaría a ser una parte de la historia de Neuquén. Era Osvaldo Arabarco, también locutor y poeta, maestro de la oratoria con quien compartí mil horas de aire. Fue el que me hizo amar la profesión y terminó convirtiéndose en un gran amigo.

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Osvaldo Arabarco, poeta, locutor y conductor de LU5.

Osvaldo Arabarco, poeta, locutor y conductor de LU5.

Osvaldo tenía el formalismo de los locutores de antes. Si bien no era tan viejo como otros viejos, mantenía la estampa y el tono solemne de la radio de entonces, aunque fuera de micrófono era un tipo gracioso con el que daba gusto charlar de todos los temas imaginables por su gran cultura general. Lo mismo que Tito del Vo, un locutor exquisito capaz de conducir cualquier programa sin ayuda de revistas o diarios, sino por sus propios conocimientos. Con memoria, música y buen gusto sacaba cualquier transmisión de lujo de la galera.

En aquellos tiempos la formación intelectual era una obligación para aquellos que trabajaban en la radio, aunque la sección de trabajo fuera la de Deportes. Lo sabía José “Pepe” Ramos Paz (José Del Egido, su verdadero nombre), un tipo de sonrisa gardeliana y buen humor que mechaba las transmisiones de fútbol, automovilismo y boxeo con programas musicales y de interés general.

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El querido y recordado José Pepe Ramós Paz, en un escritorio de la vieja LU5.

El querido y recordado José Pepe Ramós Paz, en un escritorio de la vieja LU5.

También tenía ese perfil Osvaldo Malbrán (Osvaldo Alabarcé, su verdadero nombre), un periodista que había trabajado en LT8 de Rosario y que traía una gran experiencia profesional de otros medios importantes de Buenos Aires. El “Viejo” –como lo llamábamos los pibes- tenía la voz nasal impostada de los informativistas de la vieja radio y cada flash o boletín informativo era una pequeña joya redactada en pocos minutos por la maestría que le habían dado los años en el tipeo de las Remington y en el análisis de la información. Como otros, el formalismo de Malbrán terminaba cuando se apagaba la luz de “aire”. En la oficina era una usina de chistes y bromas que nos hacían reír a carcajadas

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Jorge Edelman en su juventud. Con los radioteatros en LU5 marcaría una época.

Jorge Edelman en su juventud. Con los radioteatros en LU5 marcaría una época.

Ajeno a las noticias y a la actualidad y encerrado en su mundo artístico también solía aparecer los fines de semana otro gran personaje que marcó una época en la historia de la radio: Jorge Edelman y a quien tuve el gusto de conocer y compartir micrófono.

El “Señor Radioteatro”, como le decían, venía con una larga trayectoria interpretando historias con actrices y actores de renombre que integraban la compañía que recorría pueblos y provincias con presentaciones teatrales de primer nivel que él mismo escribía.

En esa última etapa de su carrera, Jorge solía grabar capítulos de radioteatro los viernes a la noche, aprovechando que el estudio mayor estaba vacío por las transmisiones de fútbol. Presenciar esas grabaciones y participar como extra en algunas de ellas fueron para mí una experiencia maravillosa.

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Tomás Rodríguez, estuvo 47 años trabajando en LU5 Radio Neuquén.

Tomás Rodríguez, estuvo 47 años trabajando en LU5 Radio Neuquén.

LU5 Radio Neuquén: locos, bohemios, bichos raros

En la radio había bichos raros, como pueden apreciar. Aunque para bichos raros no había más raros que los que manejaban botones, cables y fierros.

En la operación técnica estaba Tomás Rodríguez, un incansable del trabajo. Tan incansable que se jubiló con 47 años de antigüedad (en la oficina de recursos humanos ya lo habían inventariado). Pero también lo acompañaron otros grandes operadores que hacían magia cuando la radio era analógica y no existía internet, como Gilda Carreño, la única mujer operadora, Jorge “El Negro” Iturra que poco después descubrió su pasión por el periodismo y siguió como movilero recorriendo las calles de la ciudad, Marcelo Barrientos, Alberto Demeyer, Jorge Rubén Sosa, multifacético hombre de radio que además de operar era columnista de deportes y exquisito conductor de programas de jazz, Sandro Hocquart (además conductor de programa de Turf, su gran pasión) y el Chuvy López, un ex disc jockey ochentoso que parecía escapado de una banda de rock británico. Así, tantos otros.

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Nené Molina, responsable del departamento de técnica.

Nené Molina, responsable del departamento de técnica.

Pero dentro del grupo de bichos raros había otro subgrupo más raro todavía, que era el de los de la sección de técnica y lo componían tres viejos, uno más mañoso que otro.

Julio César (Nené) Molina era el encargado de manejar el móvil y de hacer todas las conexiones imposibles con cables y jabalinas para poder salir al aire desde los lugares más remotos. Era una suerte de científico loco que todo lo resolvía. Y era tan eficaz con su trabajo como trabado y complicado a la hora de expresarse, lo que generaba risas y más risas aun en los momentos donde debía imponerse la seriedad. “Comenzás a hablar a la cuenta regresiva: 1, 2, 3” o “Pasamos a cargar nafta y de ahí nos vamos al aeropuerto así matamos un pájaro de dos tiros”.

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Miguel Angel Paileleo, en el centro, de anteojos oscuros y campera marrón. Era el guapo de la radio.

Miguel Angel Paileleo, en el centro, de anteojos oscuros y campera marrón. Era el guapo de la radio.

A Nené lo acompañaba Miguel Paileleo, un viejo serio y chúcaro con pinta de guapo del arrabal que primero estuvo en la planta transmisora y luego se dedicó a ordenar la discoteca de la radio junto al Negro Trujillo, otro histórico que también fue operador, y al Bicho Guillermel, entrañable veterano que alternaba su turno entre la radio y las juntadas de amigos en el bufete del club Pacífico.

Miguel Paileleo inspiraba respeto con tan solo verlo y escucharlo, pero detrás de esa fachada de malevo daba gusto hablar con él. Tenía una amplia cultura general, le gustaba mucho la música y detrás de una ginebra era capaz de analizar la teoría de la relatividad y la creación del universo.

El último de los bichos raros de técnica era Antonio Suárez, uno de los más longevos del grupo que anduvo trepado a los paredones y los techos arreglando antenas y tirando cables hasta pasados los 80. Para él, el vértigo no existía. Era una mezcla de abuelito bonachón y de hombre araña. Nunca se cayó.

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Meteoro, Jorge Leibovich, Carlos Marcel y Carlos Santillán.

Meteoro, Jorge Leibovich, Carlos Marcel y Carlos Santillán.

Cuando la juventud se hizo presente en LU5 Radio Neuquén

Y contrastando edades y experiencias estábamos nosotros, los gurrumines, los que recién arrancábamos, lo que teníamos ganas de aprender. En el informativo, deportes, operadores, administración, publicidad y en la locución éramos mayoría: Alejandro Lillo, Alejandra Pérez, Miriam Jalil, La Negra Azcúa, Darío Soto, Alejandro Ascón, Susana Penchulef, Marcelo Pérez Lizazo, el Perrito Santillán, Pitu Aranda, Gipsy Lavín, Adriana Vega, Mauricio García, Alejandra Pereyra, María Del Carmen Kegel, Hugo Amaolo, Pablito Brandi, Luis Caballero, El Rata Graziosi, Fabián Sanzana, Fabián Rodríguez, Carlitos Gamero, Ramiro de los Ríos, Pablo Salaburu, Maxi Albar Díaz, Laura Plaza, Alejandro Polizzo, Verónica Viegas, Carlitos Marcel, Abel Rojas y tantos otros que pasaron un tiempo y después se fueron en busca de otros destinos. Después llegarían otros.

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Hugo Amaolo, Mario Valentín, Elio Fragoza y Jorge Rubén Sosa.

Hugo Amaolo, Mario Valentín, Elio Fragoza y Jorge Rubén Sosa.

Afortunadamente, la juventud de la época tenía el respaldo de la dirigencia de la radio que también era veinteañera. En el 90 se hicieron cargo de la radio Juan Carlos Schroeder un contador recién recibido (en aquel tiempo era morocho) y Claudia Chomicki, una joven con mirada de celadora de colegio pupilo, pero divertida y amable en los momentos distendidos. Ambos tenían tantos conocimientos de radio como los que recién empezábamos, es decir, ninguno.

Sin embargo, con el correr de los años todos fuimos evolucionando, mirando a los que más sabían, capacitándonos y aprendiendo de todos los errores imaginables y cotidianos que cometíamos en ese grupo que en pocos años se convirtió en una pequeña gran familia.

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Darío Soto, Alejandro Ascón, Pablo Salaburu y Alejandro Polizzo, en un afiche de LU5.

Darío Soto, Alejandro Ascón, Pablo Salaburu y Alejandro Polizzo, en un afiche de LU5.

Y los lazos de trabajo y amistad se fueron forjando a través de juntadas y fiestas para los aniversarios, de asados para festejar un cumpleaños o de reuniones porque sí, donde nos divertíamos a rabiar y la música y el alcohol hacían olvidar los cargos y responsabilidades hasta que la madrugada nos marcaba el final. Por una noche –como decía Serrat-, nos olvidábamos que cada uno era cual, pero al otro día volvíamos a la rutina con la resaca a cuestas para retomar nuestras tareas, desde el director hasta doña Elena, la encargada de darnos a la mañana el mate cocido y las facturas, siempre cuando anduviera de buen talante porque había cosas que le molestaban mucho y que nosotros aprovechábamos para organizar bromas, muchas de las cuales que quedaron en grandes anécdotas.

Un día nos enteramos que Doña Elena le tenía tanto miedo como odio a las brujerías y las cuestiones vinculadas al ocultismo. Aprovechando ese dato la convencimos de que Francisco Casado había empezado a frecuentar una secta y le hicimos escuchar una grabación que preparamos cuidadosamente en el estudio donde se escuchaba una sesión espiritista donde a él lo nombraban “Pai Francisco”. Para que la broma fuera más convincente, en el informativo colgamos un adorno hecho con un plumero viejo diciéndole que el gran conductor de Línea Abierta lo había colocado para atraer espíritus.

Durante una semana Pancho no recibió ni mate cocido ni facturas y no sabía por qué. Cuando se enteró lo que habíamos nos quería matar, pero antes tuvo que dar miles de explicaciones a Doña Elena para convencerla de que él solo estaba trabajando de periodista y que de pai no tenía nada. Le costó bastante, pero el mate cocido lo recuperó pronto.

En esa fauna variopinta de profesionales e inexpertos, de gente seria e inmadura, de sabiondos y suicidas y de locos y artistas, di mis primeros pasos como periodista y aprendí a amar este oficio tan apasionante.

Por eso, cuando me pidieron que escriba algo por el cumpleaños 79 de LU5, me cargué de nostalgia y melancolía para recordar los buenos tiempos y para homenajear a los que ya no están y a los que se fueron.

Y así salió esta crónica larga, coloquial e informal que de informativa tiene poco, pero que de íntima tiene mucho.

Y la escribí así en primera persona porque tenía ganas, porque pasó mucho tiempo, porque desenterré imágenes lejanas y bonitas, y porque estoy por cumplir 60, tanto o más que todos aquellos de los que aprendí y que yo llamaba viejos.

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