No es la grieta, son los discursos de odio
El reciente intento de magnicidio contra la vicepresidenta es, sin lugar a dudas, un ataque contra el sistema democrático en su totalidad. Es un punto límite que debería -y ojalá lo sea- significar un freno -tardío- para quienes son parte de la política, el sistema de medios y la sociedad en su conjunto. Un basta y nunca más, ¿pero a qué?
La respuesta básica y simple, la primera que se viene a la cabeza de cualquier persona es: “el problema está en la grieta”. ¿El problema está realmente en la grieta? ¿Es un problema el disenso? Somos una país y sociedad democrática sin interrupciones desde 1983. Quienes sentaron las bases del consenso democrático son los partidos políticos, que si hay algo que los caracteriza es justamente el disenso. De eso se trata y en eso se sustenta el espíritu democrático: la pluralidad de voces y opiniones, la heterogeneidad de posiciones políticas. Quizás el primer acto de madurez política debería ser dejar de repetir hasta el cansancio que la grieta es un problema y seguir insistiendo en su connotación negativa. Necesitamos grieta, necesitamos disenso, y está bien que exista. Lo que no está bien es usarla para esconder manifestaciones de violencia.
En este sentido, hace tiempo estamos advirtiendo con preocupación sobre el crecimiento de los discursos de odio, que vienen mellando, de a poco pero cada vez con mayor intensidad, el humor social. Si hasta este momento venía siendo algo que observábamos con preocupación, el freno tiene que ser ahora mismo. La violencia es el límite. Quizás nunca logramos ver con la suficiente claridad que años de violencia simbólica, especialmente amplificada por el sistema de medios, podía llegar hasta este punto. Años de bronca, en gran parte dirigidos a una figura: mujer, política y con poder. La violencia, alentada y potenciada por la misoginia.
Quienes son parte de la esfera pública y política, tienen que ser conscientes que cualquier cosa que se diga, trae consecuencias. Es urgente empezar a actuar de manera categórica frente a manifestaciones públicas de odio, violencia e intolerancia. No puede dar lo mismo que un funcionario público, legislador o legisladora incite al odio. No hay absolutamente ningún motivo que justifique esto. Es inadmisible que un medio o una banca legislativa se conviertan en herramientas para generar incitaciones a la anulación física de otra persona.
Ya no hay condiciones para relativizar o banalizar expresiones de intolerancia que contengan violencia simbólica. El resultado estuvo más que a la vista este jueves por la noche y es un límite que debería ser más que claro, de ahora en más, si queremos seguir sosteniendo una sociedad pacífica.
Democracia o no, no da lo mismo. El sistema democrático no tiene valor de cambio. La democracia se sustenta, entre otras cosas, en el disenso, pero dentro de un marco de tolerancia, respeto y paz. No hay más lugar dentro de la política para el odio, las apologías a la violencia y la intolerancia.
(*) El autor es analista político especialista en comunicación estratégica.
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