Durante once días, Neuquén se convirtió en la ciudad de los libros. Desde el 15 de septiembre, diariamente miles de personas ingresaron a ese mágico universo que nos ofrece ese objeto que aún sigue perdurando a pesar de ser apuntado como una especie en extinción ante el avance incesante de la tecnología.
Ese objeto rectangular perdura porque siempre habrá alguien que recurra a él para mantener una relación de intimidad con un autor a través de un relato, un poema, una historia. Durante esta novena edición de la Feria Internacional del Libro, que culmina hoy, todo se iluminaba en el predio emplazado en el Parque Central donde más de 80 expositores ofrecían esos ejemplares que desde sus tapas esperaban llamar la atención de los visitantes, de los lectores y de aquellos que quizás no son habitúes a transitar la vida con un libro en sus manos.
“Cuando leo imagino, cuando leo aprendo y comprendo un poco más el mundo”, escuché decir mientras recorría los pasillos de la feria. Y recordé al periodista y escritor Tomás Eloy Martínez que afirmaba que “leemos para descubrir que el mundo respira de otra manera” y que “somos los libros que hemos leído o el vacío abierto por su ausencia”.
Los libreros expresaron su satisfacción por las ventas que tuvieron. Según la organización se vendieron aproximadamente más de 6.500 libros por día. Con lo cual podemos decir que no hay crisis que detenga ese acto de libertad absoluta e individual que es la lectura. Curiosos, apasionados, medianamente inteligentes, exigentes y caprichosos, así podemos definirnos como lectores. Leer nos lleva al placer de recordar lo que otros han recordado para nosotros, sus lectores.
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