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La Mañana Ruta 40

Piedra por piedra, la motoquera que construyó un refugio para viajeros al lado de la Ruta 40

Viviana Lucas, de 57 años, levantó con sus propias manos una casa autosustentable en Las Lajas. Con artrosis avanzada, demuestra que se puede vivir con menos, moverse para sanar y construir un hogar usando solo lo que da la tierra.

Hay historias que no se cuentan con cemento y ladrillos, sino con piedra recogida del mismo suelo, botellas rescatadas del olvido y noches de viento Zonda que ponen a prueba el cuerpo y el ánimo.

Viviana Carolina González Lucas tiene 57 años, tres hijos varones, un nieto, y un diagnóstico de artrosis “galopante” que avanza, pero no la detiene. Es motoviajera, profesora de cerámica y terapeuta en cosmética artesanal. Hace un año dejó el Valle por la inseguridad y volvió a Las Lajas, donde crió a sus hijos y viven su madre y su hermana.

En el Alto Lajeño construyó “El Refugio”, un espacio de simples dimensiones ubicado a solo 3 km de la mítica Ruta 40 pensado para viajeros. Es autosustentable, rústico, levantado con tierra del terreno, piedra que el viento dejó a mano y botellas que la gente le fue acercando. Sin contratistas ni planos, solo con la fuerza de quien decide que la enfermedad no define los límites.

Todo ha sido a pulmón. Piedra por piedra. Y la gente se ha sorprendido mucho. No sé si es porque soy mujer y soy sola que he hecho esto”, señaló Viviana. Su historia muestra que hay una salida más económica y sustentable, con la misma funcionalidad que una casa tradicional, y que inspira a otras mujeres a animarse a construir con sus manos.

Piedra por piedra: el viento, la tierra y la voluntad

Llegó a finales del año 2024 al Alto Lajeño con una camioneta Renault Express Mod. 96 adaptada como “casita” rodante. El terreno lo consiguió por un cambio con su casa en Balsa Las Perlas. “Me vine del Valle por una cuestión de inseguridad que me cansó. Yo pertenezco al mundo de las motos, soy motoviajera”, contó mientras mostraba orgullosa a su mota llamada “Lupita”.

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El primer día fue viento zonda. Cuando los vecinos supieron que era de la familia de la primera panadería con hornos rotativos de Las Lajas, “Panadería Sabores de Elías y Celia”, se quedaron tranquilos.

Sin experiencia en techos, empezó a construir con lo que tenía: piedra, tierra del lugar y botellas que le iban dando. “Fui trayendo de los costados, de todo el terreno que me brindó la piedra. Usé la tierra de acá. Fui probando y de ahí es casi toda la construcción”, relató con satisfacción.

El techo fue el mayor desafío. “Nunca había hecho techo. Se ve que me quedó firme porque hasta ahora no he tenido percance ni con el viento ni que se llueva”, detalló. El Refugio crece con muebles que le traen sus hijos Kevin, Emanuel y Mauro, una cocina y una vidriera donadas.

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Viviana sostiene su emprendimiento de cosmética emocional y terapéutica artesanal desde hace 8 años y vive con una pensión por discapacidad. Su objetivo es que el lugar sea autosustentable y brinde la tranquilidad que necesita el viajero de la Ruta 40.

Las Lajas no es un lugar de paso: es la tierra donde crió a sus hijos

Volver a Las Lajas fue volver a casa. Allí es la tierra donde crió a sus tres hijos y donde su familia dejó huella. “Mis tres chicos hicieron el ciclo primario en la escuela 170”, recordó. Ellos en principio, como familia, venían los fines de semana a pescar al río Agrio y hace más de 30 años su padre trajo la primera panadería con hornos rotativos, la cual hoy sigue en pie como “Punto Ideal”.

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Viviana también dejó marca: montó uno de los talleres de cerámica más grandes del pueblo, con más de 80 alumnos. El taller cerró cuando sus hijos empezaron el secundario. Después vivió en Neuquén y casi 20 años en Balsa Las Perlas, donde retomó las motos y creó “Aromas Alma”, su línea de cosmética natural. Ahora volvió para construir su Refugio en el departamento Picunches, donde su padre enseñó panadería y ella enseñó cerámica.

Construir con lo que da la tierra: la receta simple y efectiva

En Balsa Las Perlas ya había hecho una casa de piedra y madera. En el Alto Lajeño el desafío es el agua y lo árido del terreno. Compra tres bidones por semana para tomar y va al canal de riego que pasa a 200 metros para construir.

La técnica es simple: tierra del terreno, cuatro cucharadas de cemento, agua del canal y piedra del lugar. “Son cinco viajes de cemento, cinco de tierra, cinco de piedra”, sostuvo. Al mismo tiempo contó que “más de cinco o seis viajes no hacía por jornada, ya que al otro día ya no lo podía hacer por el cansancio”, admitió.

El esfuerzo le dejó las manos ampolladas, pero las paredes soportan vientos de 90 y 100 km/h y el techo no se voló ni se llovió. Usa botellas como relleno y decoración para que entre la luz. Para ella es una alternativa concreta para quienes no acceden a una vivienda tradicional. “Mi afán es que las mujeres, cuando los chicos ya están grandes, podamos soltar amarras y construir la vida de un lado diferente”, comentó con determinación.

Muchas le escribieron diciendo que empezaron a construir después de verla o que tienen muchas intenciones de hacerlo.

Libre, en moto y sin protocolos: la ruta que la trajo hasta acá

“La pasión por las motos me ha llevado a conocer gente. Acá pasan motos todo el año”, dijo señalando la Ruta 40. Recorrió toda la Patagonia, los Siete Lagos y salió del país en moto, siempre sola, acampando en lugares agrestes.

Era consejera de la Confederación Internacional de Mujeres Biker para la Patagonia, pero renunció. “Prefiero estar sin títulos y poder ayudar sin cumplir protocolos”, afirmó. El refugio es un punto de parada para viajeros, pensado desde quien pasó años durmiendo en carpa.

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Se maneja con datos del teléfono y dos paneles solares chicos. “Restrinjo el uso porque tengo bombitas de agua y la bomba de la ducha que cargo por USB. Me manejo lo más bien”, indicó. Llegar acá fue volver a moverse después de un accidente con un portón de 200 kilos que la dejó casi un año sin caminar. “El movimiento me volvió a la vida”, relató con emoción.

“El movimiento me volvió a la vida”: la filosofía que sostiene su cuerpo

La caída y fractura de cadera de su madre, de más de 80 años, por falta de movimiento fue un clic. “Quiero una adultez tranquila, con fortaleza, viva viviendo. No con bastón ni silla de ruedas, porque ya lo pasé”, declaró.

A los 57 años y con artrosis, convertir la construcción en gimnasio fue la decisión. “Cada piedra que voy a buscar es mi cardio, mi momento de sentirme viva”. El aire puro y el trabajo físico diario hicieron lo que la quietud no pudo”, aseguró.

Al mismo tiempo manifestó que “en las grandes ciudades se sobrevive. Acá yo vivo. No tengo abundancia en dinero, pero sí en paz y tranquilidad, y eso te fortalece”. Su mensaje a los hijos es claro: “Si mi mamá puede, yo puedo”. Y su mantra: “El movimiento es salud. Dejar de procrastinar. Hacer, hacer, acción. Eso cambia la vida”.

“Andá con el terreno, no en contra”: la obra sigue y el proyecto no para

La casa está en pie, pero la obra no terminó. El baño ya funciona con un biofiltro que aprendió a construir con ayuda de inteligencia artificial. “Me dijo el chat GPT: andá con el terreno y no en contra del terreno”, apuntó.

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Falta levantar la chimenea y terminar detalles, cuidándose de no caerse como le pasó antes. Por ahora se calefacciona con una cocina. El próximo proyecto es una galería con ventanales hacia la cordillera, usando el mismo sistema de tierra y piedra. También avanza en un biodigestor reciclado para el baño.

La casa ya es punto de encuentro. Ex alumnos y vecinos de la panadería vuelven a visitarla. Le escriben desde Colombia. Para ella, fomentar el turismo en Las Lajas es clave: “Mi granito de arena es hacer refugios agrestes para viajeros y motoviajeros”, apuntó.

Una casa sin forma definida y un emprendimiento que crece con ella

La casa no tiene ángulos perfectos. “Es bastante redonda porque le di entradas y salidas para el cardinal este para evitar el viento cordillerano. Es irregular, pero práctica, cómoda, funcional”, describió.

Tiene una habitación redonda de 2x4,30 metros, cocina, escritorio de “Aromas Alma” y un baño pequeño hecho antes del invierno.

Hacia la oeste mira la cordillera por el parabrisas de un R12 fijo como ventana. Los vidrios son todos reciclados de construcciones en Cipolletti y de heladeras que le dio su hijo. El techo es de fenólicos, postes, chapa de cartón y zinc, con aislante donado por un corralón de Plottier. Ahí vive y ahí elabora su línea de cosmética con aceite de cannabis. “A medida que mis complicaciones físicas avanzaban, crecía mi emprendimiento”, relató.

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La historia de ese producto tiene nombre: Ítalo Enríquez, un chico de Zapala. “A Ítalo yo le daba el aceite y con eso empezó a comer, a moverse. Se reía mucho, interactuaba”, destacó. La casa se volvió viral en redes y la gente empezó a conocer su forma de construir.

Salir del ruido para encontrar tu lugar en la vida

Para llegar hay que entrar por el pórtico de Las Lajas, seguir la Ruta 40, pasar el museo paleontológico y la terminal de ómnibus, y tomar la calle grande a mano derecha hacia el basurero y el antiguo aeropuerto. Son tres kilómetros, luego 300 metros por una calle lateral que bordea un canal de riego. A mano izquierda está el “Refugio” de Viviana, la motoviajera.

No hay cartel, pero quien llega lo reconoce. Mostrar dónde vive es abrir una posibilidad: “Si esto colabora para que otras mujeres se animen, o para quien esté sin hogar, que sepa que hay otras maneras de hacer una casa y de vivir”, reflexionó.

Su mensaje es directo: salir de la masa, del ruido, dejar la zona de confort y afrontar desafíos con firmeza, constancia y determinación.

“Refugio”: la palabra que define a Viviana y a su forma de vivir

“Cómo me defino: una mujer que ve las cosas diferente. No voy con la masa, no voy con la sociedad. He roto todas las reglas habidas y por haber”, respondió ante la pregunta.

Para ella las limitaciones están en la cabeza y se reflejan en el cuerpo. Aprender a convivir con eso la fortaleció. Por eso eligió el nombre “Refugio”. “Es un lugar donde te sentís pleno, con calorcito humano. Lo que estamos perdiendo últimamente: la humanidad hacia el otro y hacia nosotros mismos”, enfatizó.

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A los 57 años, abuela, hija y mujer con artrosis, no negocia el movimiento. “El movimiento es salud y apunta a tener mejor calidad de vida en mis años de adultez”, se sinceró. Su proyecto es replicar refugios para viajeros que puedan descansar, bañarse, comer algo rico y escuchar anécdotas.

Viviana no construyó solo una casa. Construyó un argumento: se puede vivir distinto, salir de la zona de confort sin romperse, cuidar el cuerpo y el alma. A veces, para encontrar eso, hay que salir del ruido y animarse a quedar solo con una piedra, un poco de tierra y la decisión de seguir moviéndose.

Refugio para los viajeros Viviana Lucas.prin

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