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La Mañana Tatuadora

Piel, cuerpos y deseo: la tatuadora que eligen en Neuquén para llevar arte en la piel

Con estilo propio, belleza y dimensionando lo que implica intervenir a las personas, Lucia Eberhardt encontró en el tattoo una forma de resistir a lo efímero.

Es el año 2001, en el último banco del aula está sentada Lucia con la carpeta abierta y una lapicera en la mano. El flequillo le llega casi hasta los ojos que no despega de la hoja mientras dibuja. El resto del curso aceptó el debate que propuso la profesora Dolores y discuten acaloradamente sobre los cortes de ruta. Cada tanto, Lucia levanta la mirada y se ríe; a veces asiente cuando alguien dice algo que le gusta. Todo lo que piensa o, en realidad, todo lo que siente está en el papel: en su mundo de trazos delicados y puntos, de intentos tipográficos, de punk y ternura. Desde muy niña, Lucía dibuja intuitivamente. Aprendió sola, en el camino que ella misma se fue trazando. De alguna forma, eso que ahora la desconecta del mundo, es exactamente lo que unos años después la unirá.

Lucía siempre convivió con el arte: a través de la música, a través de la fotografía, de lo que pasaba en su casa, por los amigos que elegía. Cuando terminó la secundaria, estudió diseño gráfico y en ese transitar, también fue incursionando en otras artes visuales. Muy rápido, logró amalgamar en el diseño lo que ya traía: las búsquedas tipográficas, su obsesión por los detalles, el minimalismo. Y también su pulsión creativa, aunque su profesión no lograba contenerla del todo.

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“Mi búsqueda venía siendo más una representación estética, pero fue mucho después que fui adquiriendo el mensaje, o con qué herramientas podía comunicar determinadas cosas que para mi estaban bien”, explica.

Su proceso como tatuadora

El tattoo también estaba ahí, pero más allá de tatuarse un par de veces, de admirar y registrar en sus fotos el trabajo que hacían algunos conocidos, no lo elegía, no le interesaba. Hasta que alguien lo vio en ella, vio que del diseño al tattoo había un solo trazo, vio los desbordes, las preguntas abiertas, lo que no se llegaba a completar y entonces le propuso enseñarle. Lucía aceptó y sin imaginar, abrió una puerta inmensa que hoy no sólo es su cotidiano, sino una forma de sacar a la luz lo que le habita y de hacer para otros. O como ella dice: "Tatuar, para mí, es una forma muy completa de expresar. Me di cuenta un tiempo después de que empecé a hacerlo. Fui entendiendo lo que implica, el canal tan grande que es para comunicarme y enlazarme con otras personas. Se establece un lazo de permanencia, que antes requiere interpretar el deseo, para plasmarlo en el cuerpo”, sostuvo.

Empezó tatuando naranjas, pomelos. Después se compró una piel sintética donde practicó una y otra vez, hasta que finalmente tomó valor y pinchó a su guía: un triangulo muy pequeño con puntitos que padeció hacer. “Siempre fui muy consciente que estaba pinchando pieles y ante eso: mucho respeto. Las primeras veces me costó muchísimo porque no quería lastimar. Eso me sirvió, porque fui de menos a más, fui adquiriendo la confianza en mi tattoo. Fue un proceso evolutivo”, contó.

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Después de tatuar amigos, ex compañeros de la escuela y la universidad, familia, gente que llegaba preguntando por sus tatuajes, Lucía dejó su casa y empezó a tatuar en diferentes estudios que le abrieron las puertas y donde continuó su proceso de aprendizaje. Hasta que pudo llenarse de experiencia, equiparse mejor, pero sobre todo encontrar confianza y fue entonces cuando abrió Las Flores, su estudio.

Las Flores, su estudio de tatuajes

Las Flores nació de la búsqueda y la necesidad de Lucía de tener no sólo una marca, sino un espacio de creación. Hace más de 5 años, que también es un lugar de aprendizaje, intercambio, de compartir con otras mujeres vinculadas al arte. Ahí Lucía explora lo que ya es parte de su identidad, sus formas de poner en la piel de otros lo que a ella misma la habita, a través de un tatuaje que retoma elementos de la botánica, de lo orgánico, de la geometría y la simbología. “Intento que sean piezas vivas, que puedan generar en el cuerpo cierta dinámica. Me gusta mucho trabajar las texturas, los detalles pequeños dentro de grandes piezas, la línea y el punto, el puntillismo, barriditos, sombras sutiles. Me gusta jugar con esas fases más naturales, que las clásicas”, dice sobre su obra.

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También es el lugar donde se genera un intercambio necesario con las personas para darle forma a eso que van a llevar para siempre en su piel. Hay piezas simples que no requieren más que un cruce de mensajes, que se pueden ejecutar con facilidad. Algunas personas también llegan con ideas muy concretas, que tienen algunas cargas simbólicas, emocionales o estéticas muy puntuales. Pero hay trabajos complejos que requieren un encuentro presencial, cara a cara, lo que para Lucia representa una instancia fundamental, porque es a partir de la lectura de los gestos, las formas, lo que expresan, en que ella puede ir formando imágenes. Y en ese intercambio es justamente donde se pone en juego la imaginación, el deseo de la persona y el arte de Lucía.

Poner el cuerpo

Los primero registros de tatuajes se remontan a más de 5 mil años. De la momia de la sacerdotisa Amunet en Egipto que llevaba líneas y puntos repartidos por el cuerpo, a Ötzi, el hombre que estuvo congelado por 5300 años, y que tenía 61 tatuajes en su piel hechos con un elemento punzante y carbón. En la Antigua Grecia se usaban para distinguir a los esclavos y en la Antigua Roma a los desertores del ejército. Y así a lo largo de la historia. El tattoo fue parte de procesos rituales, religiosos, colectivos o de formas de disciplina y control social que fueron mutando. Fue a partir de mediados del siglo pasado, donde el cuerpo comenzó a mirarse distinto, a atravesar un proceso de destape, con mayor grado de libertad: a tomar otros significantes, que permitieron construir a partir de él más subjetividad, más identidad.

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“El tatuaje es modificar tu cuerpo para siempre, hasta que ese cuerpo deje de existir. A mí me gusta pensar que le estás sumando algo. El tatuaje permite una cuestión de estética positiva. Muchas personas, sobre todo mujeres, quieren modificar su cuerpo y encuentran en el tatuaje una forma de hacerlo, para resignificar cicatrices o marcas de alguna enfermedad; para sentirse más cómodas y seguras con alguna parte. El tatuaje es poderoso y te encanta, porque decís, me siento hermosa. Lo atravieso, hago esta acción y estoy transmutando totalmente”, explica Lucia sobre lo que encuentra en Las Flores.

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En el pincharse hay un grado de adrenalina, es la posibilidad de tomar una decisión perpetua. Eso genera una química corporal, un estado que da placer, que posiblemente lleve a muchas personas a querer tatuarse constantemente. Y si bien es algo de lo que Lucía también disfruta, lo que más la moviliza además de lo estético o el hecho artístico, es la oportunidad de ayudar a las personas a sentirse mejor, a reconocerse más fuertes frente al espejo.

Y con el mismo respeto y amor que tatúa a otros, también lo hace con ella misma como un regalo. Elige para tatuarse momentos de cambio, puntos de inflexión y de alguna forma se permite cartografiar su propia piel, en una suerte de meditación, en una intimidad de dolor. Porque en definitiva, un tatuaje es una huella de un tiempo social, una historia propia, un instante que elegimos poner en la piel.

Lo permanente en un mundo efímero

La primera vez que terminó un tatuaje que la movilizó por completo fue el que le hizo en el pecho de Martín. Una mano con un ojo en el centro y una ornamenta cargada de otros simbolismos que lo cubrían de hombro a hombro, donde se permitió jugar, crear, como si ella misma habitara esa piel. Para eso estuvo un par de años, fue un proceso largo, Lucía estaba aprendiendo y tampoco tenía las máquinas con las que cuenta hoy. Siempre disfrutó de tatuar lo que va de frente, lo que dice “acá estoy”: pechos, espaldas, panzas. Pero más, el poder tener la libertad de crear desde su percepción, desde el sentido que le da a las cosas, o que la elijan por su obra, mínima y subyugante, con la consciencia de que eso estará ahí para siempre.

Lucía dice que este es un momento difícil para el tattoo, un poco por la situación económica , un poco porque existe un grado de compulsión en tatuarse cualquier cosa que escapa bastante a la posibilidad de generar un hecho artístico, pero sobre todo por el nivel de exigencia y liviandad que hay a la hora de mostrar lo que se hace.

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Antes, las personas se enteraban de que alguien tatuaba por un de boca en boca, por amigos, por un papelito que pegaban en el negocio o en la parada del colectivo, ahora si eso no sucede en las redes sociales, simplemente no existe. Y las redes sociales exigen una creación de contenido permanente. “Es agotador el algoritmo, es muy perverso, porque si no estás dándole lo que pide, te saca de circulación. Y es imposible que haya cualquier hecho artístico con la inmediatez o las reglas que plantea”, explica Lucía, sobre un momento que no sólo es crítico para el tatuaje, sino para el arte en general.

Aunque hay algo en todos nosotros que se mueve a una velocidad tal que ni siquiera nos permite pensarlo, en un escenario donde lo descartable es lo que se impone, el tatuaje tiene la ventaja de resistir, de aferrarse al cuerpo, a lo real. Lucía sabe que es un momento que también pasará, como otros, que siempre la encontraron creando la ilusión de otro mundo posible en su obra. Y aunque la angustie la imposición de lo efímero, lo permanente la salva, porque el arte es su pulso, su refugio y su fe.

Podés conocer más sobre el trabajo de Lucía en los IG @lasfloresstatt y @lvxtttnuevo

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