“Mis hijos, son lo primero para todo”, asegura Gonzalo “Lalo” Guerra, a sus 46 años. La afirmación no es distinta a la que pudiera expresar cualquier otro padre cuando habla de sus hijos. Tal vez, en su caso puede sentirse más sentida, más profunda, porque proviene también desde el dolor de una ausencia –repentina, inexplicable, injusta- de su compañera y madre de sus tres hijos.
Hace cuatro años, precisamente la noche del 29 de mayo de 2019, Lalo le dio un beso en la frente a Clara y a sus tres hijos, le dijo que volvería tarde porque después del entrenamiento seguramente iba a comer algo con sus compañeros "veteranos" de Patagonia Rugby Club. Ese beso en la frente de su mujer sería el último que le iba a dar a quien había elegido para transitar el resto de su vida desde aquella reunión con amigos, en 2007, en que la vio por primera vez. “Fue raro, porque esa noche fui a entrenar, no agarré en ningún momento el celular y cuando lo abrí, ya tarde, tenía veinte mil llamadas y mensajes de Clara diciéndome que se sentía mal. Tardé cinco minutos en llegar desde Ciudad Deportiva hasta casa y cuando llegué mi suegro estaba tratando de reanimarla sin éxito”, cuenta. Los chicos estaban durmiendo cuando Clara comenzó a ahogarse y sentirse mal. El diagnóstico fue que murió a causa de un tromboembolismo pulmonar. “Los chicos no se enteraron de nada”, aclara Lalo, quien al otro día cuando sus hijos se despertaron tuvo que contarles con inmenso dolor y tristeza lo que había ocurrido. “Fue un momento de mierda, decirle a mi hijo mayor de 7 años que mamá se había ido al cielo, la del medio, que en ese momento tenía 2, no sé qué entendió, y el más chiquito no había cumplido los dos meses de vida. El otro día vio una foto de Clara y él más chico me dijo: ‘Esa es la mamá de mis hermanos’”, describe.
Lalo nació en Buenos Aires y cuando tenía 14 años la familia decidió mudarse a San Martín de los Andes. Al terminar la secundaria en la EPET 12 de la localidad cordillerana volvió a su ciudad natal para estudiar Producción Musical en la Escuela de Música de Buenos Aires (EMBA) y más tarde Dirección de Sonido en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC). Clara era neuquina, estudió medicina y se especializó en tocoginecología.
“Nos casamos en el 2009, ella trabajaba en el Hospital de Vicente López y yo había armado una productora con unos compañeros de estudio”, señala el hombre que a pesar de destacarse en la producción de sonido en películas como “Juan y Eva” dirigida por Paula Luque; “Luca”, la historia de Luca Prodan del director Rodrigo Espina; “Pájaros volando” de Néstor Moltalbano, entre otras, pero actualmente trabaja en sistemas.
La pareja decidió volver a Neuquén cuando a Clara le ofrecieron un puesto en el Hospital Castro Rendón. “Ella estaba cansada de hacer guardias, teníamos un hijo chiquito y no queríamos vivir en Buenos Aires. En mi caso fue la posibilidad de volver a mi primer amor, los sistemas, y nunca más volví a hacer producción de sonido”, explica. Además siempre soñaron con la posibilidad de vivir en San Martín de los Andes, donde Lalo había pasado su adolescencia.
Confiesa que después de la muerte de Clara se convirtió “en un zombie, seguía haciendo muchas cosas porque había que hacerlas pero mi vida fue un trombo y tuve que reconfigurar todo”. Igualmente, señala, su cotidianeidad como padre solo “no era muy diferente” cuando estaba con Clara.
“Ella a los pocos meses de tener nuestro primer hijo volvió a hacer guardias así que había días que yo estaba solo con nuestro hijo. Siempre lo tomé como algo muy natural, no fue pesado para mí”, describe. Sin embargo, su situación emocional cambió y se refleja cuando entre lágrimas relata: “porque no está más la persona que elegiste, con la que no te pudiste despedir y sobre todo te falta ese transitar de a dos, te falta con quien podés apoyarte y guiarte en alguna decisión, en algún pensamiento, en lo que te imagines. Eso es lo más difícil de sobrellevar para mí”.
Lalo se define como papá las 24 horas del día por más que esté ocupado en el trabajo o cuando los miércoles se va a entrenar con sus compañeros de Patagonia Rugby Club. “No puedo relajarme nunca, entiendo que es mi responsabilidad porque no hay una responsabilidad compartida y uno convive con esa sensación de si está haciendo las cosas bien, si no la estás pifiando en algo”, relata. Más allá de este tiempo completo, Lalo destaca la ayuda que recibe de parte de sus familiares. Y recuerda el tiempo de pandemia junto a sus tres hijos como "un tiempo de un compartir más íntimo, más interno”.
Lalo tiene la figura de su padre que siempre estuvo presente en cada uno de sus pasos. “De chico jugaba al rugby y era quien me llevaba a entrenar y a los partidos los fines de semana. Me quedó esa figura del padre siempre presente y hoy hago lo mismo con mi hijo mayor que practica fútbol. Siempre digo que tengo esa figura del padre que entrega todo para los otros y después para él. Para mí es fundamental acompañar a mis hijos en cada paso”, relata.
Expresa que su mayor deseo para sus hijos es “que sean muy felices”. Y agrega que dedica toda su energía para ofrecerle la mejor educación “porque con educación todo es más fácil afrontar en la vida”.
Cuenta que es alguien que le busca explicación a todo y lo que no sabe lo estudia. Pero la muerte inesperada de su mujer “es una de esas explicaciones que no cambia nada”.
Cuando habla de Clara se le ilumina el rostro a este hombre que menciona la letra de la canción “When im sixty four” de The Beatles: “Cuando tenga 64 años/ Cuando sea más viejo y se me caiga el pelo/ Dentro de algunos años/ Aún me seguirás necesitando,/ aún me seguirás alimentando”. “Yo esperaba con Clara eso que dice la canción y no lo voy a tener”. Y de inmediato cuenta como si lo estuviera reviviendo esa noche en que la conoció, aunque no hablaron ni un minuto pero al verla tuvo la convicción de que se iba a casar con ella. “Siempre tuvimos mucho diálogo, siempre nos hicimos compañía y eso es lo que añoro”, asegura el hombre y abraza a sus tres hijos, la mejor postal para su Día del Padre.
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