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Reconocen a un valletano de 15 años por producir un fertilizante orgánico

El adolescente, que estudia en un secundario de la región, sueña con la producción de alimentos sin agroquímicos ni cualquier tipo de productos nocivos para la salud.

Un paso sustancial, donde se brinda reconocimiento al esfuerzo y la labor de un adolescente de Allen, se brindó en los últimos días en apoyo a la empresa “verde” que creó para cuidar la fruticultura en la región.

Es Mateo Fernández, un estudiante inquieto y brillante de Nivel Medio que creó un fertilizante orgánico y ya lo produce para la venta. Se trata de un producto que, en el futuro, podría evitar el uso de agroquímicos, y por el cual ya mostraron su interés universidades, multinacionales y hasta el INTA.

Criado entre perales y manzanos, con familias que aferraron sus manos a la tierra, el adolescente –desde cortísima edad- abrazó los sueños de su padre y de su abuelo. El interés de cuidar el medioambiente, producir alimentos sin productos nocivos para la salud y revolucionar la actividad que es el motor del Valle, siempre estuvo entre sus principales ideas.

Mateo, junto con su padre, crearon AgroArg Fertilizantes, una firma que está cobrando impulso.

Y durante los últimos días la firma fue declarada de interés provincial. “Nos declararon de interés económico, productivo y social y ambiental”, destacó emocionado Mateo.

El joven emprendedor comenzó con su proyecto desde los 10 años aproximadamente y logró crear un fertilizante orgánico que él mismo ensayó en el campo y que ya está a la venta.

Ha firmado convenios con el INTA, con organismos de Fruticultura y con la Universidad Nacional del Comahue para estudiar, desarrollar y potenciar sus creaciones y fue reconocido, en Río Negro, por ser el emprendedor más joven.

Desde sus 9 o 10, aproximadamente, con un tacho de 20 litros, un palo y debajo de un nogal comenzó a pensar cómo “alimentar” y ayudar a las plantas a crecer fuertes y vigorosas, de forma que fueran tan resistentes y sanas que pudieran hacer frente al embate de cualquier plaga. Fue probando con estiércol de conejo, agregándole cosas, mezclando otros productos, leyendo manuales del INTA, investigando en Internet, hasta que logró su primer fertilizante orgánico, tal como contó a LMN.

“Con mi mejor amigo empezamos esto. Nos metíamos en la chacra y pasábamos horas y horas. Hicimos parcelas especiales con cultivos, con una huerta grande, para probar: una con nuestro producto y la otra no, y los resultados fueron muy buenos, esto nos entusiasmaba más”, contó el estudiante del CET 14 agroindustrial.

Futuro “verde”

El joven emprendedor impulsa el uso de la biotecnología para hacer más eficientes y “limpios” los procesos en las chacras.

“Mi meta es crecer y por eso me dedico a esto con disciplina, con ganas, siendo responsable, como dice mi abuela Mirta: cuando uno quiere cumplir un sueño tiene que estar comprometido al 100% con el proyecto”, reflejó.

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Detrás de un “bioestimulante revolucionario”

Siempre interesado en las labores culturales en las chacras, Mateo se interesó por las “curas” de las plantas y una duda lo invadió: por qué se usaban tantos productos tóxicos. El tiempo pasó y junto a un amigo comenzó a investigar más sobre los agroquímicos y puntualmente sobre los fertilizantes. A mitad del proceso de investigación, llegó su cumpleaños número 10. Y junto con él, varios manuales del INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) sobre el desarrollo y formulación de bioinsumos y herramientas ‘caseras’ para cultivar la tierra”.

Con esos manuales, extendió sus conocimientos y comenzó a hacer los primeros intentos de formular un Purín Orgánico, un tipo de bioinsumo formulado a base de estiércoles y agua, biodigestado anaeróbicamente durante varias semanas.

“El intento fue válido y logró obtener un producto simple, pero eficaz. Pasaron los años y ese primer prototipo fue evolucionando, cambiando las materias primas que se utilizaban para su formulación, y las técnicas de procesamiento que se les aplicaban a las mismas, hasta llegar al producto que con éxito presentó al mercado regional de bioinsumos, Feraud Mineralmix. Una enmienda orgánica utilizada para la nutrición de cultivos hortícolas y ornamentales”, se destacó en el proyecto de declaración de interés.

Actualmente se encuentra en vías de desarrollo de un bioestimulante revolucionario a base de bacterias actinorrícicas, Frankia. Denominado “Proyecto Frankia”, este producto prevé que sea el precursor de una nueva generación de bioestimulantes actinorrícicos y que genere un alto y positivo impacto en la producción agrícola nacional e internacional.

“Técnicamente, Frankia es un género de microorganismos llamados actinomicetos, los cuales son capaces de inducir la formación de nódulos radiculares fijadores de nitrógeno atmosférico en algunas angiospermas no leguminosas, denominadas plantas actinorrícicas. Las capacidades únicas de asociación que posee Frankia le permiten vincularse con numerosas especies de plantas, lo que la convierte en la responsable del 15% del nitrógeno total fijado en el mundo”, se detalló.

La obtención del producto proyectado significaría haber generado el primer bioestimulante a base de bacterias actinorrícicas en el mundo. Permitiendo así la reducción en el uso de fertilizantes químicos en cultivos que antes, debido al corto rango de acción de los microorganismos fijadores biológicos de N tradicionales (pseudomonas y rhizobios) era impensado e imposible, se argumentó en la iniciativa.

Por ejemplo, un productor frutícola, utilizando esta tecnología podría reducir hasta en un 60% el uso de fertilizantes químicos durante el ciclo de cultivo de la manzana o la pera, disminuyendo así su impacto en el medio ambiente y reduciendo la huella de carbono, se afirmó.

Por eso, se destacó en el proyecto, “la oportunidad que se presenta en relación a las biotecnologías es realmente única. Pues, los cambios sociales donde los consumidores reclaman una producción agrícola más sustentable y menos contaminante, generan una presión en la industria agrícola de cambiar sus métodos de producción. Además, las consecuencias de la producción intensiva desmedida e inadecuada, está generando un impacto negativo cuantificable en la biodiversidad de los ecosistemas, además de registrarse trazas de principios activos nocivos en los alimentos que consumimos”.

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